
La Ryder Cup ha tenido capitanes capaces de cambiar el curso de la historia y otros que, con un equipo más que potente y brillante dejaron escapar la gloria, o, como diría Peter Alliss –uno de los golfistas reciclados a comentaristas más icónicos- sin ningún tipo de sentimentalismos edulcorantes, la oportunidad de “dar al otro equipo hasta en el carnet de identidad de la forma más educada posible”.
Ya lo decía el mismísimo Cantar de Mio Cid: “¡Qué buen vasallo sería si tuviera buen señor!” Y pocas frases hay que describan esas situaciones en las que el talento, el mérito, el esfuerzo, la inteligencia competitiva, la autoconfianza y la adaptabilidad estaban ahí, pero falló la figura de un auténtico líder, de esos visionarios, que, intuye antes, sirve primero y actúa después, y que al final acaba por volverse innecesario porque ha inculcado al resto lo que necesitan para caminar por sí mismos.
Porque en ese bienal duelo de continentes, antes de que el marcador empiece a contar verdades como puños, hay algo que ya está decidido: cómo se ha preparado cada equipo, qué voz lo ha guiado en la penumbra del vestuario y qué decisiones se han tomado cuando nadie miraba…
Huelga decir que la copa de oro macizo con la figura de Samuel Ryder en la parte superior y que ha sido testigo de noventa años de rivalidad, se empieza a ganar —o a perder— mucho antes de que suene el primer atronador rugido en la grada, ese que por tradición suele recibir al primer partido del equipo local y que puede hacer que a los rivales les cueste respirar tras escucharlo. Es más, ningún capitán, haya sido o no exitoso, desde que en 1979 la Ryder tiene su formato actual, ha cedido ese privilegio estratégico y psicológico al equipo visitante.
En la Ryder, como en las empresas de primer nivel que mueven el mundo, no siempre se consigue la excelencia (o se gana) solo en función del talento individual. En golf el apellido Collins nunca ha levantado trofeos en los grandes torneos, pero en el mundo del liderazgo corporativo uno de ellos, Jim, profesor de la Universidad de Stanford, ha sido el padre de valiosas teorías sobre como transformar equipos buenos en imbatibles. Su libro Good to Great debería ser el de cabecera de cualquier capitán que se precie (Keegan y Luke, todavía estáis a tiempo de que acompañe en la maleta a El arte de la guerra de Sun Tzu).
Extrapolando sus claras enseñanzas, las grandes victorias no llegan por tener a los más brillantes, sino por conseguir que todos remen hacia una misión común, bajo un liderazgo capaz de alinear el propósito, valores y la ejecución. Y, en el golf, esa tarea tiene muchas dificultades añadidas. Aquí los egos que los han llevado a ser los elegidos, no se diluyen cada semana en un vestuario de once, como en el fútbol, sino que se forjan en la soledad de horas y horas de práctica y en la independencia e individualidad de jugadores acostumbrados a su propio entrenador, caddie, psicólogo y equipo de ayudantes sin rendir cuentas a nadie más que a ellos mismos.
El verdadero prodigio es conseguir que doce voluntades acostumbradas a ser versos sueltos se muevan como una sola. El capitán tiene que ser el Zeus que evite que Olimpo se autodestruya y con ello sus doce dioses (y el símil sólo encaja por ahora en los casos de Walter Hagen, Ben Hogan, Sam Snead, Byron Nelson, Jack Burke y Arnold Palmer en los que sí se aunó la figura de capitán jugador).
Y justo ahí, cuando una se cree que liderazgo es cuestión de carisma y Moleskine, como caído del cielo (o del I Ching, si me pongo esotérica y determinista), aparecen varias conexiones que espero que te hagan sonreír como a mí: el aludido Jim Collins —el tipo que diseccionó cómo pasar de lo bueno a lo excelente— fue profesor en Stanford, ese campus que parece una incubadora simultánea de líderes y golfistas. Por sus aulas pasaron Tiger Woods, Tom Watson, Michelle Wie, Maverick McNealy o Rose Zhang. Y hoy entrenan allí dos de nuestras autodenominadas “peleonas” favoritas: Paula Martín y Andrea Revuelta.
Stanford es el mismo lugar donde Andrew Huberman —neurocientífico, estrella de podcast y gurú de rendimiento seguido por mi querido Rory y por Viktor Hovland— traduce el funcionamiento del cerebro como si fuera una ronda en un US Open. Entre claustros y palmeras parece tener una sucursal permanente del golf de élite además de ser el semillero de otros líderes políticos, empresariales y sociales. Eso sí, Elon Musk no consiguió terminar allí su doctorado (ahí lo dejo). Por si acaso faltaba simbolismo, en sus arcadas tiene un lema que reza: “Sopla el viento de la libertad”.
Estoy segura de que es justo ese viento el que hay que aprender a leer, como si fuera un green traicionero. Porque, aunque seas un avezado lector, puede que estas conexiones no signifiquen nada para ti. O puede que, como en la Ryder, apunten con disimulo hacia el camino correcto. El liderazgo, al fin y al cabo, a veces se trata de eso: de atar cabos improbables con fe de capitán e interpretar señales que otros no perciben. Eso sí, cuando asumes el riesgo y al final todo encaja, no te sorprenda encontrar a alguien, que inicialmente fue escéptico, y que sin embargo te diga que era evidente desde el principio.
Tony Jacklin abrió la puerta en 1983. Encontró a un equipo europeo que jugaba siempre con alma de invitado y lo obligó a pensar como anfitrión. Su visión estratégica y audaz cambio la cultura del torneo llevando a Europa a ganar en The Belfry, Inglaterra, en 1985, tras 28 años de derrotas sistemáticas. Además, obtuvo su primera victoria en suelo estadounidense en toda la historia de la Ryder Cup en 1987 en Muirfield Village, Ohio.
El hombre que salvó la Ryder Cup lo hizo profesionalizando cada gesto, con un estilo inclusivo, cercano, comunicativo centrado en la cohesión y en la unión. Resuena con el liderazgo en equipo, colaborador y auténtico que tanto predican los verdaderos expertos y que Daniel Goleman, otro afamado psicólogo californiano, lo habría catalogado de visionario y democrático.
Seve Ballesteros en 1997 tomó ese legado y le añadió pasión y energía extrema. Valderrama fue suyo antes de que empezara el torneo. Mandaba e inspiraba a la vez generando un sentido de urgencia de propósito. Sus jugadores no solo querían ganar: querían ganar para él y para que, como dijo Colin Montgomerie, “no se derrumbara en un mar de lágrimas” (por cierto, ese mismo leitmotiv se ha mantenido vivo en el equipo europeo). Nacho Garrido subrayó su omnisciencia y su reconfortante figura paternal que siempre aparecía cuando dudaban de un golpe. Ese liderazgo visceral y carismático (Timonel, Visionario y Coercitivo para Goleman) llevó al equipo a la victoria si bien es cierto que su energía excesiva y la “microgestión” podrían haber generado presión y estrés entre los jugadores. Tampoco el hecho de que algunos jugadores descubrieron por televisión el hecho de que no iban a jugar la primera sesión se corresponde con una de las estrategias que más se aplaudirían en una escuela de negocios por más que la rabia frustrada que les generó fuera la inspiradora de las victorias el sábado.
En 1999 Mark James heredó un equipo europeo fuerte y lo llevó hasta la orilla. El domingo amaneció con un 10–6 a favor. Tres novatos, Jean Van de Velde, Andrew Coltart y Jarmo Sandelin, hasta entonces encerrados en la espera, salieron al campo por primera vez… y cayeron uno tras otro. James también había dejado fuera, ni más ni menos, a Sir Nick Faldo, ignorando una carta de ánimo que éste escribió a los tres debutantes y levantado un muro entre “los suyos” y el resto. El talento no puede salvar a un capitán que se aísla y el estilo catalogado de coercitivo por Goleman solo funciona en escenarios de crisis y mientras no sea continuado. Dixit.
Bernhard Langer, en 2004, fue la antítesis. Serenidad alemana y planificación milimétrica: calculó cada paso. Nada quedaba al azar, ni el desayuno ni el último putt. Su Europa ganó con un margen aplastante en suelo americano (18 ½ – 9 ½). Pero su estilo recordaba que la búsqueda de la perfección, a veces, es frágil porque depende de que nada —ni nadie— se salga del guion. En cualquier caso, óle por el alemán que -polémicas con el putter escoba aparte-, sigue cosechando triunfos siendo abuelo, y que fue un ejemplo de cómo un liderazgo visionario, que genera unidad y camaradería entre los jugadores y que refuerza sus fortalezas, puede aplastar a un rival en teoría más fuerte y en territorio hostil.
En 2008 Paul Azinger rompió los moldes y una racha de nueve años sin victorias de los americanos. Con ciertas reminiscencias militares, dividió a sus jugadores en pequeños grupos de tres pods, unidos por química y datos, lo cual generó entre ellos una confianza natural. Además, inspiró desde su propia resiliencia personal, ya que venía de superar un melanoma, y dio a los jugadores autonomía y voz para alinear estrategias. Los hizo responsables de su destino. Y ganó. A veces, para mandar, hay que soltar. El contrapunto en esta Ryder fue el estilo desconectado, distante y frío del capitán europeo, Nick Faldo, quien evidenció que ser un gran jugador no garantiza ser un gran líder y que también impuso decisiones sin generar consenso y se olvidó del estilo afiliativo y del coaching de Goleman. Seguramente, para cuando quiso tirar de inteligencia emocional y motivar, el equipo ya había recogido los palos…
En 2012 José María Olazábal convirtió Medinah en la geolocalización de un milagro y en un altar para Seve que todos tuvieron presente. Plantó cara al 10-6 del sábado con un discurso sentido, casi bíblico. Fue un visionario con un mensaje claro: ”se puede porque juntos somo más fuertes». No fue nostalgia, sino gasolina pura. Europa remontó contra todo pronóstico y cada golpe parecía un tributo. Ganar se volvió una forma de despedida a su amigo y compañero fallecido un año antes. Y Erin Sand, que no Goleman, se atreve a calificar su estilo como el más humano y emocional que se ha visto en una Ryder. Así es él: Ollie o Txema, para los amigos.
Tom Watson volvió en 2014 con la autoridad de sus viejas glorias en The Belfry en 1993, donde consiguió ganar en suelo europeo. Pero la Ryder que había conocido entonces ya no existía. Sus métodos, inamovibles y que no se adaptaron al cambio generacional, chocaron con un vestuario que quería un liderazgo afiliativo y democrático y que no entendía ni compartía sus decisiones (solo hay que tirar de hemeroteca y ver las declaraciones de Mickelson al respecto). La derrota no fue solo en el marcador fue en la conexión. El éxito o el fracaso dependen tanto del contexto como del estilo.
Steve Stricker en 2021 probó que se puede liderar sin gritar. Escuchó, simplificó, apartó el ruido. El resultado fue un marcador histórico, 19–9 a favor de América, que rompió todos los márgenes y que nos enseñó la vulnerabilidad del mismísimo Rory quien no pudo contener las lágrimas de culpabilidad en la entrevista de Sky Sports ese domingo. Stricker entendió que liderar no siempre es ocupar el centro: a veces es crear el espacio para que otros lo ocupen. Todo lo contrario que Watson. Él no impuso, sino que fue facilitador intentando, como él mismo dijo, no interponerse en el camino de sus jugadores. Y le recordaremos por la osadía de poner al rookie Scheffler contra Rahm, entonces número uno del mundo. Para el debutante fue su primera victoria mediática y el que podemos considerar arranque se esa rivalidad visible que solo el LIV ha conseguido emborronar.
Zach Johnson en 2023 no escuchó al tablero ni al instinto. Tenía un único plan inamovible y lo siguió incluso cuando los números gritaban lo contrario. La derrota fue la factura de su rigidez. Se vio superado por la presión y no tuvo cintura táctica para responder a los golpes europeos. Su estilo fue coercitivo dejando poco margen a la iniciativa de los jugadores, lo cual acabo de golpe y porrazo con la motivación del vestuario.
Luke Donald, que fue quien ese año llevó a los europeos a la victoria en Roma, vuelve en 2025 con un estilo meticuloso y empático. No necesita imponer respeto: lo inspira. Keegan Bradley, su rival, podría haberse convertido en el primer Playing Captain desde Arnold Palmer. Dirigir y competir es una cuerda floja: si se mira demasiado a la bandera del hoyo, se pierde al equipo; si se mira demasiado al equipo, se pierde el hoyo.
La Ryder Cup es un espejo. En ella, como en las empresas, se confirma que no hay un único estilo ganador, pero sí una constante en las derrotas: la desconexión entre capitán y equipo. El talento, sin un buen timonel, es un velero que navega en círculos.
Arthur Brooks lo resume mejor que nadie: el liderazgo no se mide por la autoridad, sino por la capacidad de servir; no por el control, sino por la adaptabilidad; no por el brillo personal, sino por la conexión real con la gente. Mirando esta galería de capitanes es fácil ver quién entendió que dirigir es remar con otros y quién pensó que el timón era un trono. Porque al final el vasallo puede ser excelente, pero solo florece cuando el capitán entiende que su verdadera victoria no es alzar la copa, sino elevar a su gente.


