En este año 2023 que ya nos deja se jugaron un total de 1.647 rondas de golf en los Grandes. Seguro que cada una de ella encierra una historia, al menos un momento especialmente interesante, alguna anécdota, peculiaridad, rareza, unos cuantos golpes soberbios, algunas malas decisiones, puede que una pifia sonrojante y desde luego un registro final que cada cual firmó.
De esas 1.647 rondas de competición en los majors, 277 se jugaron en el Masters, 464 en el PGA, 442 en el US Open y 464 en el Open. Y, qué cosas, sólo 384 arrojaron un resultado final por debajo del par: 85 de ellas fueron en el Augusta National, sólo 78 en Oak Hill, donde se disputó un durísimo PGA, 103 en el US Open de Los Ángeles y 118 en el British de Royal Liverpool. Están caras las alegrías en estos torneos, como se ve: sólo 384 rondas por debajo del par, lo que nos lleva a un escaso 23,31 por ciento.
Ni que decir tiene que por su peso o trascendencia enseguida se nos aparecen algunas de esas 1.647 rondas. Seguramente, aquellas cuatro con las que Jon Rahm, Brooks Koepka, Wyndham Clark y Brian Harman fueron capaces de cerrar el torneo con victoria. Pero también aquel 65 dominical de Phil Mickelson en Augusta, aquel 62 con el que Fowler abrió el US Open, o el 63 de Fleetwood el domingo, también en Los Ángeles, o bien aquel 63 de Rahm en la tercera ronda del Open…
No obstante, de las 1.647 vueltas nos vamos a quedar con aquel 69 imposible que entregaba Pablo Larrazábal en la primera jornada del PGA, en un Oak Hill que era un auténtico ogro, y en un jueves en el que además apenas dejó de llover y hasta de soplar el viento, por momentos con mucha fuerza, complicándolo todo mucho más. De hecho, sólo 16 jugadores, con toda la flor y nata del golf mundial presente, consiguieron jugar por debajo del par aquel día. Entre ellos, tipos de la talla de Viktor Hovland, Scottie Scheffler, Dustin Johnson, Justin Rose, Corey Conners, Bryson DeChambeau, Sepp Straka o Adam Scott.
Sin embargo, como no podía ser de otra manera, el español dejaba su sello especial, puesto que apenas era capaz de coger tres de las catorce calles en el bravo recorrido de Rochester, una circunstancia que, tal y como se estaba jugando el campo, con un rough tremendamente penalizador y aún más pesado por el agua, sencillamente imposibilitaba un resultado por debajo del par. Aquel día tipos como Scheffler, DeChambeau, Johnson o Straka cogieron ocho o nueve calles, y sólo Rose se ‘acercó’ al mal registro de Pablo, con seis calles cogidas, el doble que el español…
“Si lo analizamos desde el aspecto mental, emocional, es por goleada la mejor vuelta de golf que he jugado en toda mi carrera, sin discusión, eso lo tengo clarísimo”, explica el barcelonés. “No es que cogiera sólo tres calles, que también, es que hay que pensar que la mayoría de las veces mi bola terminaba desde el tee en posiciones muy, muy complicadas”.
Han pasado unos cuantos meses, pero no le cuesta demasiado a Larrazábal poner en pie algunas situaciones de verdadera locura. Había salido a jugar por el hoyo 10 y, por ejemplo, en el 12 se encontraba en una posición muy delicada… “Fallé la calle por la derecha, estaba en el rough y con un árbol grande que me tapaba la línea. Tenía que pegar un hierro 8 a tope, muy fuerte, pero abriendo mucho, buscando un fade pronunciado desde el rough y además asegurándome de que volara mucho, de que hiciera los metros… Fue un golpe milagroso, para qué nos vamos a engañar, porque dejé la bola en green e hice los dos putts. Par y a por el siguiente”, recuerda.
Hubo situaciones para todos los gustos y sólo le cayó un bogey, en el 8, el penúltimo de su ronda, donde para no variar había fallado la calle unos treinta metros a la izquierda. “Me dolió mucho ese único bogey porque además tuve un putt de unos tres metros para hacer el par”. Justo antes, eso sí, en el 7, se había vivido el gran momento de una ronda de golf absolutamente estremecedora. “Había fallado la calle y tenía la bola sencillamente injugable en el rough, es que no había manera de meter el palo ahí. Pero cogí mi madera 5, que ya había utilizado ese día desde el rough en varias ocasiones, y me la jugué…”. Estaba a unos 175 metros de la bandera y aquella bola salía a poco más de dos metros de altura, superando por los pelos una ría que cruzaba el hoyo, para después, rodando, rodando, cruzar todo el green y quedarse por detrás, en un rough alto y espeso… Desde allí, con un chip que sólo ciertas manos pueden acometer, estaba a punto de embocar para birdie (la bola se quedaba literalmente asomada al hoyo). “Sin duda, destaco esa madera 5 desde el rough como el mejor golpe del día, el más valioso, porque de verdad que esa bola no se podía jugar y además tenía que pasar la ría, que estaría a unos cien metros de mi posición”, puntualiza.
En el 9, su ultimo hoyo, el gran broche final, precisamente para terminar con birdie y ganarle el pulso al campo. “Fallé a la izquierda, pero esta vez sí que tuve más suerte, porque tenía línea a green y además la bola estaba en el rough, pero en una zona algo más pisada y se podía hacer buen contacto”, reconoce Pablo. Por lo demás, hay que añadir que estaba en una hondonada, con un desnivel muy pronunciado respecto al green, que estaba allá en lo alto, y con un viento fuerte que soplaba desde la derecha y más bien en contra. “La madera 5 del 7 fue el golpe más valioso, pero el de mayor calidad fue aquel hierro 5, pegando desde allí abajo y a unos 180 metros de la bandera”, asegura. La bola se quedaba a poco más de un metro y el español no perdonaba un birdie que al final del día iba a dejarle situado dentro del top ten del torneo.
Es una historia más, claro, de las 1.647 que podrían contarse con más o menos detalle, pero desde luego no es una cualquiera.



