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Victoria del californiano 16 años después con una vuelta final estratosférica de nueve bajo par

Anthony Kim tumba a Rahm y DeChambeau y escribe una de esas bellas historias del deporte

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Anthony Kim celebra su victoria en el LIV Golf Australia este domingo.
Anthony Kim celebra su victoria en el LIV Golf Australia este domingo. (Photo by Charles Laberge/LIV Golf)

Al grito de «let’s fucking go», Anthony Kim fue embocando un putt de birdie tras otro en los hoyos 12, 13, 14 y 15 para terminar de escribir la historia del año en el mundo del golf y uno de esos bellos cuentos que el deporte regala cada cierto tiempo.

Después de estar doce años sin jugar al golf (2012-2024), casi dieciséis desde su última victoria, comprar todas las papeletas para protagonizar titulares en las secciones de sucesos y bailar con la muerte agarrado de la cintura, este californiano de 40 años ha regresado del más allá para tumbar a Jon Rahm y Bryson DeChambeau y ganar el LIV Golf Australia.

La última jornada en el The Grange Golf Club de Adelaida se dibujó como un mano a mano salvaje entre Rahm y DeChambeau, las dos figuras principales de LIV Golf. Anthony Kim, tercer integrante del partido estelar, parecía el adorno de lujo para esta batalla, la anécdota, quizá la guinda de una historia redonda. Partía a cinco golpes, una distancia que se antojaba sideral a la vista de los dos morlacos con los que debía lidiar.

Sin embargo, el duelo entre Jon y Bryson fue de errores. Uno tras otro. Primero y especialmente del estadounidense. Cuatro bogeys en los siete primeros hoyos con un golf caótico. Mal desde el tee, pobre con los hierros y muy desacertado en los greenes. La puntilla fue un putt de apenas un metro para par fallado en el 7. La efervescencia que alcanzó en la ronda del sábado pareció apagarse con el eagle de Jon en el 18 y ya no la volvió a recuperar. Se quedó atrás muy pronto y esta vez no encontró la manera de volver. Amagó con dos birdies en los hoyos 12 y 13, pero no fueron más que un espejismo. Ya para entonces, Anthony Kim se había hecho dueño del cotarro.

Rahm tampoco brillaba. Más bien al contrario. Sufría como el sábado. Le costó una barbaridad encontrar la calle. En el 1 terminó en el fairway del 2, mucho metros a la derecha del objetivo. En 2 falló por la izquierda. En el 3 salvó un par sensacional desde el búnker. En el 4 volvió a hacer birdie con otra sacada descomunal desde la arena. Era Jon en estado puro. Sin jugar ni de lejos su mejor golf estaba uno bajo par y, además, dibujaba un hoyo 5 de libro y se dejaba un putt de birdie de dos metros en el 5. Todo bajo control.

Sin embargo, se le escapó ese putt y aquello fue la crónica anunciada de lo que iba a pasar. Esta vez no hubo magia en los greenes para contrarrestar demasiada laguna con su juego largo. Se le escaparon otras dos buenas opciones en el 7 y en el 10. Mientras, el ciclón Anthony Kim ya se había apoderado del escenario.

Primero fue poco a poco. Jugando de largo el mejor golf de los tres, sacó birdies sin sufrir demasiado en los hoyos 4, 5, 7 y 9. Se iba acercando. Se colocaba a uno a falta de nueve hoyos. La historia iba fraguando, pero aún parecía inverosímil. No había manera de creerse que eso iba a pasar. Bueno, ya caerá o, sobre todo, DeChambeau o Rahm se pondrán las pilas, pisarán el acelerador y acabarán con esto. Era la idea que flotaba en el ambiente.

Fue entonces cuando Kim entró en éxtasis en los greenes. Metió cuatro putts seguidos de entre tres y seis metros. A golpe de tambor. Con Australia rugiendo como si aquel fuera uno de los suyos. Con Estados Unidos trasnochando para comprobar en directo que aquello era real. Y tanto que era real. Uno, dos, tres y cuatro. De pronto, a falta de tres hoyos, Kim se colocaba con tres golpes de ventaja sobre Jon Rahm, que no conseguía convertir sus opciones de birdie, ninguna muy corta en ese tramo, al tiempo que DeChambeau se había salido de la ecuación. Jamás llegó a entrar en ritmo.

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La historia era de Kim. Primero fue con un «let’s go» que resonó en todo el mundo, después otro «let’s go» y, por último, desatado por la euforia, dos incontenibles «let’s fucking go». Y el público, borracho de emoción y felicidad. Si tienes que escribir una historia de este calibre, que sea en Australia. Anthony, cuya única misión en la vida ya era mantenerse sobrio cada día, lejos del alcohol y las drogas que a punto estuvieron de llevárselo por delante, lo había hecho.

Su última victoria fue hace 5.795 días en el Shell Houston Open, en 2010, una semana antes de quedar tercero en el Masters. Eran días de vino (literal) y rosas. El jugador que enamoró al golf en 2008, con dos triunfos en el Wachovia y en el AT&T National, que arrasó en la Ryder Cup de Valhalla y llegó a colocarse sexto en el ranking mundial ha regresado de la muerte para volver a ganar un torneo de golf. Y qué torneo.

Jon apretó con un birdie en el 16, tratando de testar la capacidad de resistencia de un emocionado Kim. Pero la historia ya estaba escrita. Todavía metió un putt más de birdie de otros cinco metros en el 17 para poner el broche de oro a una jornada memorable de golf. Porque sí, porque ha metido muchos putts cuando hacía falta, pero además ha jugado al golf como los ángeles, sin fallar un tiro, pegando al sitio cada vez. Jugando hierros desde el tee en los últimos hoyos cuando la situación ya estaba bajo control. Como si fuera de nuevo el Número 6 del ranking mundial. Como si nunca hubiera dejado de serlo.

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Kim terminó con par en el 18 para un total de -23, vuelta de nueve menos este domingo. Estratosférico. Rahm vuelve a terminar segundo a tres golpes. Vuelta de uno menos en la última ronda. Empatados en la tercera posición acabaron Tyrrell Hatton, Peter Uihlein y Bryson DeChambeau. Los australianos de Cameron Smith se llevaron la victoria por equipos.

Resultados finales del LIV Golf Australia