Hay dos palabras que definen bien el estado de ánimo de Fátima Fernández Cano en los últimos siete días. La primera es incredulidad y la segunda es ilusión. «Mira que ha pasado ya un tiempo, pero aún me cuesta creer que he quedado tercera del ranking del Epson y he conseguido la tarjeta del LPGA Tour«, asegura la golfista gallega a Ten Golf en mitad de unas más que merecidas vacaciones.
Puede sonar a tópico deportivo, pero en el caso de Fátima es una auténtica realidad. «En agosto del año pasado estaba bastante convencida de que iba a tener que dejar de jugar al golf y empecé incluso a pensar a qué podría dedicar mi vida», explica. Todo viene de una extraña lesión en su codo derecho que tardó mucho en ser diagnosticada y que provocaron los pensamientos más oscuros. De médico en médico y tiro porque me toca hasta que en octubre dieron con la solución y pasó por el quirófano. Jamás pensó, ni en sus sueños más dulces, que un año después tendría en el bolsillo la tarjeta del circuito americano.
Nunca fue el objetivo de la temporada, desvela Fátima. «Llevaba casi dos años compitiendo con dolor y sin jugar bien. Tenía heridas mentales que no habían cicatrizado. Muchos malos momentos en mi cabeza. Me costó mucho superar eso. El objetivo este año era intentar mantener la tarjeta del LET y acabar el año entre las 35 primeras del Epson para jugar directamente la Final de la Escuela del LPGA». Sin embargo, todo se precipitó en verano.
El proceso del año ha sido muy emocionante. Empezó poco a poco, lenta y con muchos nervios, sin jugar mal, aunque admite que le faltó paciencia las primeras semanas. Tenía cierta ansiedad por hacerlo bien, pero al mismo tiempo sentía ese extra de felicidad por el simple hecho de estar haciendo algo que pensaba meses atrás que se había terminado para siempre.
Poco a poco las piezas fueron encajando. «En junio en Italia empecé a jugar muy bien y en Suiza estuve cerca de ganar. Eso me dio un extra de confianza y quizá la clave técnica fue que comencé a pegar mejor al driver. En el LET tenía el trabajo muy adelantado y eso me dio un extra de seguridad y más libertad en mi juego. Me fui al Epson con la idea de a ver qué tal me va y a finales de año me centró en un circuito u otro. Me fue muy bien, acabé tercera, cuarta, ya estaba entre las 35 mejores y de pronto llegó la victoria en el Guardian Championship. Ahí cambió todo porque la posibilidad de conseguir la tarjeta del LPGA por el Epson era muy real. Cambiamos los objetivos sobre la marcha y todo salió bien, menos el último: quería acabar como Número Uno del ranking. Me faltaron algunas semanas», asegura risueña.
Fátima se propuso no emocionarse demasiado durante la ceremonia de entrega de las tarjetas del LPGA Tour. Fracasó. Era imposible. Después de todo lo que había pasado, tenía que dejar que afloraran todos esos sentimientos. Era el momento de acordarse también de todos los que han estado junto a ella en los buenos y malos momentos. Nada más asegurar su regreso a la élite, su teléfono no dejó de sonar. Eran miles de mensajes y llamadas de ida y vuelta. Si tuviera que elegir a qué personas hizo las tres primeras llamadas, Fátima lo tiene claro: «Patxi Amatriain, mi entrenador de siempre de Fuerteventura. Allí vamos de vez en cuando a poner las cosas en su sitio. Me conoce muy bien y me ha ayudado mucho. La segunda a mi tío Bruno. Ha estado muy cerca de mí durante la lesión. He estado en su casa. Me ha ayudado mucho cuando ni siquiera sabía lo que iba a pasar con mi vida. La tercera a Eric Williamson, director de Shoal Creek y me jefe cuando trabajaba en Birmigham, Alabama. Cuando estuve en lo peor de lo peor, perdida con mi swing, en lo más bajo de todo, supo tocar la tecla adecuada. Recuerdo que lo llamé después de hacer 89 golpes, sin saber lo que me estaba pasando y me dijo: antes de dar ninguna bola más, vete a ver a un médico. Tenía razón», cuenta.
La jugador de Santiago de Compostela ha pedido invitación para jugar el Aramco de Riad, en Arabia Saudí y va a disputar el Andalucía Costa del Sol Open de España en Guadalhorce, Málaga. Así va a terminar la temporada. Quedan meses por delante para combinar bien el trabajo con el descanso y la desconexión. «Yo antes pensaba que si estaba cinco días sin jugar al golf se me podía olvidar el swing, pero ahora me he dado cuenta de lo importante que es también parar.
Fátima siempre ha soñado en grande. No hay quien le gane en ambición. Ahí, en el horizonte, cómo no, están la Solheim Cup, los Juegos Olímpicos, así como jugar y hacerlo bien en los Grandes, sin embargo, si algo le ha enseñado la vida en los últimos meses es que hay que ir paso a paso. Todo lo bueno que venga es una consecuencia del ahora. «No me voy a obsesionar con los grandes objetivos. Claro que quiero jugar todo eso, pero hay que ir golpe a golpe, disfrutando del momento. Me centro sólo en lo que quiero controlar y, por ejemplo, quiero mejorar cosas en mi golf, como el control de las distancias con los wedges y el juego alrededor de green. Sé que eso me va a dar más libertad para pegar los golpes a bandera. Soy una jugadora que hace muchos birdies y también muchos bogeys, y esto es lo que quiero mejorar, no hacer tantos. Tampoco me importaría ganar más distancia con el drive, pero sobre todo, control de distancias con los wedges», asegura.
Y todo porque tiene muchas ganas de sacarse una enorme espina, aunque eso vendrá luego. «Ascendí por primera vez al LPGA el año del COVID y sólo puede jugar un torneo, a la siguiente tuve la lesión y no pude jugar en plenitud. Ahora, por fin, quiero demostrar que tengo el juego suficiente para competir en el LPGA y no sólo mantener la tarjeta, sino subir en los rankings y pelear por las victorias». Ahí está el desafío. Esa es la gran ilusión. Ahora sí, Fátima.



