
Con permiso de Carlota y Beatriz, ella ha sido la razón de mis plegarias (maitines en toda regla) durante los últimos cuatro días de esta semana.
Alguno de los desvelos fue chafado por no haber forma humana de ver en directo el HSBC. Y ahí seguía al pie del cañón implorando para que Azahara, a quien Dios se le dio y San Pedro (de Alcántara) se la bendijo, saliera triunfante de Singapur. Palpó la corona hasta que un putt kilométrico de Creamer (de nombre Paula y que vivió algo parecido a una conversión a lo de Saulo camino de Damasco) en el segundo hoyo de desempate.
A todo esto, tras tantas horas con las pestañas pegadas al portátil, me acosté cerca de las cuatro de la mañana con dos bogeys de Azahara en el 1 y en el 2. «Me echo un rato y todo cambiará luego», me dije. Antes de las seis estaba en planta y las noticias eran mucho mejores. Un birdie aquí (4) y otro allí (5) y situación restablecida. Ya ni recuerdo por dónde cogí a Azahara porque fui dando cabezadas considerables y despertándome a cada rato. Es imperdonable que me perdiera el playoff por dejarme derrotar por el sueño. Y eso que abrí los párpados medio minuto en la salida del hoyo a la postre definitivo.
Menos mal que no lo vi porque habría sido capaz de vestir de limpio a esa yanqui apodada La Pantera Rosa por embocar ese tiro. Azahara, tranquila, ya se la devolverás y yo espero ser testigo, pero a una horita más decente, que los domingos en Andalucía, como sabes, son sagrados para levantarse tarde y desayunar churros en Sevilla o un pitufo en Málaga.


