Inicio Blogs Golpe a golpe Los surcos del azar
Óscar Díaz relaciona el golf con su resolución del rosco de Pasapalabra con la letra F

Los surcos del azar

Compartir
Villa Wenhold en Bremen, de Emil Fahrenkamp.
Villa Wenhold en Bremen, de Emil Fahrenkamp.

Perdonen el ataque de ombliguismo semijustificado (y sé que empezar con una excusatio non petita es una red flag, como dicen los modernos, tremenda). Por circunstancias que no vienen al caso (o sí, o vendrán dentro de un tiempo), estoy repasando lo que he escrito sobre golf en los últimos 20 años, desde el material en la web que fundé tiempo ha, Crónica Golf, los guiones de más de 250 programas de Locos por el Golf, el formato que creamos Carlos Palomo y yo y que sigue en antena en Golf en Movistar, o mis colaboraciones en Golf Digest, Jot Down y, por supuesto, Ten Golf. Además de releer estoy agrupando todo lo que escribí en bloques temáticos, y he descubierto que hay asuntos o referencias sobre los que recalo con cierta frecuencia, bombillitas que atraen a la polilla que llevo dentro. Uno de ellos: el azar.

No me va el determinismo ni creo en el fatalismo ni en la inmutabilidad de los destinos prefijados, pero sí creo que la suerte de los mejores planes, de las rutas marcadas y bien calculadas, de los propósitos y objetivos trazados con más cuidado, en ocasiones dependen de circunstancias que escapan a cualquier control. Para bien o para mal, por supuesto.

“Creo firmemente en la suerte, y he descubierto que cuanto más trabajo, más suerte tengo”, dijo Stephen Leacock, un economista y humorista (menuda combinación) canadiense que sirvió de inspiración de Groucho Marx o Jack Benny

Me permitirán que vuelva a mirarme al ombligo (que está limpito, no se asusten). Como seguramente sepan, hace unos meses gané un buen dinero al llevarme el bote en el concurso televisivo Pasapalabra. Mi rendimiento en el programa dependió en gran medida de mi preparación previa y del excelente nivel de mi contrincante, que buscaba el mismo objetivo que yo. Durante casi seis meses estuvimos bregando en antena, la culminación televisiva de un proceso más largo y que incluía el estudio previo, una preparación sembrada de la incertidumbre de quien no sabe si algún día recibirá la llamada para competir. Una vez en el programa, hubo rivalidad amistosa, competencia intensa, más preparación… y fruto de todo ello, y fruto también del azar, llegó el desenlace, grabado un 22 de abril y emitido un 15 de mayo, en el que gané el bote del concurso, el famoso “rosco”. En dicha prueba tuve que resolver 25 preguntas, de las cuales podríamos decir que unas 15-17 eran sencillas, cuatro eran tirando a puñeteras y otras cuatro, como dicen los franceses para nombrar los puertos especiales en el Tour de Francia, eran hors catégorie, de categoría especial. Y si nos ponemos más pejigueros con el análisis, una de esas cuatro entraba directamente en el terreno de las marcianadas extremas, ya que (por la F) me preguntaban por el apellido de un arquitecto que había diseñado una casa (la villa Wenhold) en Bremen. Yo no conocía esa obra, ni sabía a ciencia cierta si el arquitecto por el que me preguntaban era alemán, y por la F tenía en la cabeza un buen número de arquitectos, bastantes de ellos centroeuropeos (Ferre, Fuchs, Fellner…), pero llegado el momento pensé que, si daba por supuesto que podía ser alemán (dado que me preguntaban por un edificio sito en Bremen) solo conocía a un arquitecto alemán cuyo apellido empezara por F: Emil Fahrenkamp, célebre en su país por su trabajo en el periodo de entreguerras (aunque aquí podría haber encajado casi perfectamente el castizo “célebre en su casa a la hora de comer”), pero absolutamente desconocido en el nuestro. Y eso respondí… y acerté. El caso es que el acierto fue fruto de mi esfuerzo, porque fui yo el que lo incluyó en mis bases de datos de estudio, en una lista de arquitectos ignotos, y fui yo el que se quedó con el apellido, pero el azar intervino cuando puso a Fahrenkamp también en el camino de los guionistas. Mi base de datos se compone de más de 70.000 palabras y definiciones, pero el triunfo final, la consecución del bote, dependió de solo una, de la identidad de un oscuro arquitecto teutón. Aún me sigue asombrando que todo aquello, que la película que me tocó vivir y protagonizar, tuviera lugar.

“Creo firmemente en la suerte, y he descubierto que cuanto más trabajo, más suerte tengo”, dijo Stephen Leacock, un economista y humorista (menuda combinación) canadiense que sirvió de inspiración de Groucho Marx o Jack Benny, y cuyo aforismo a veces se atribuye a Mark Twain, George Allen, Samuel Goldwyn o incluso a Thomas Jefferson. Gary Player, el caballero negro, se lo llevó al terreno del golf y cambio el “cuanto más trabajo” por “cuanto más entreno”, y es fácil verle la gracia a la frase y sentirse identificado.

No me va el determinismo ni creo en el fatalismo ni en la inmutabilidad de los destinos prefijados, pero sí creo que la suerte de los mejores planes, de las rutas marcadas y bien calculadas, de los propósitos y objetivos trazados con más cuidado, en ocasiones dependen de circunstancias que escapan a cualquier control

Los jugadores de golf (especialmente los amateurs de hándicap medio o alto) solemos pensar que los dioses que rigen este deporte se ceban con nosotros y nuestra volátil memoria hace que nos acordemos a la perfección de todos aquellos reveses que el destino nos reserva cada vez que pisamos un campo. Sin embargo, en nuestras conversaciones de barra de bar rara vez salen a relucir los botes afortunados o los golpes de suerte que acaban beneficiándonos, como si creyéramos que nos los merecemos.

En el campo profesional también hemos tenido ocasión de presenciar situaciones inverosímiles que solo podemos achacar a la buena suerte o, si no creemos en la dama fortuna, a los caprichos de la física. Hace escasas fechas, en el segundo hoyo del desempate del Abierto de México, vimos cómo la salida de Brian Campbell se dirigía irremisiblemente hacia el fuera de límites hasta que tropezó con una rama que llevó su bola al rough. Después, un buen segundo golpe y un tercero magistral le llevaron a convertir un birdie en el 18 de Vidanta World y adjudicarse su primer triunfo en el PGA Tour. Como dijo el comentarista, “ha sido un rebote que marca toda una carrera”. Pero no todo fue azar, por supuesto, ya que el trabajo de Campbell, sus esfuerzos desde chaval, su capacidad canalizada en el Korn Ferry Tour hasta ascender al PGA Tour, la calidad que exhibió durante los 72 hoyos del torneo, le permitieron estar en disposición de beneficiarse de ese giro del destino.

Hay innumerables ejemplos de senderos que se bifurcan de manera similar, como escribió en su día Borges. La bola de Fred Couples agarrándose a unas briznas de hierba que no debían estar ahí en el hoyo 12, el par 3 custodiado por el Rae’s Creek, en el Masters de 1992; Gary Player sufriendo un apretón de manos excesivamente efusivo de un aficionado antes de afrontar la vuelta decisiva del Masters de 1962 y acabando maltrecho; Sean O’Hair salvándole la vida a un espectador al pegarle un bolazo durante el AT&T National de 2010 ya que, al ser reconocido en un puesto de socorro cercano, el médico le encontró un bultito que tenía en la garganta y le pidió que fuera a revisárselo. El bulto resultó ser un tumor maligno en la tiroides, que le pudieron extirpar a Chris Logan, que así se llamaba el aficionado en cuestión, tras dos operaciones seis semanas después del bolazo.

“¿Para qué llamar caminos a los surcos del azar?”, escribió Antonio Machado en el poema empleado por Paco Roca en la obra cuyo título tomo prestado en esta columna y que cuenta las andanzas de los miembros de La Nueve, la compañía de soldados republicanos que encabezó la liberación de París contra las fuerzas nazis. No sabemos dónde nos llevarán esos surcos, desde luego, pero sí podemos esforzarnos para, al menos, intentar emprender el camino adecuado, el que trazamos nosotros.