Cada día tenía una tarea distinta y las fue ejecutando a rajatabla. El jueves paseó descalzo por el campo de prácticas del Silverado Resort. El viernes abrazó un árbol. El sábado tarareó una canción de Disney. Y el domingo, desde el balcón de la casa club, cantó un rap cuya letra y música le habían mandando al móvil. Todo esto lo hizo Patton Kizzire antes de ganar el Procore Championship, el primer torneo de las series de otoño del PGA Tour, su primera victoria en seis años, la tercera de su carrera en el circuito americano.
No es ninguna broma, ni una exageración. Son los métodos poco convencionales de Aimee Smith-Schuster, una psicóloga que reside cerca de Sea Island, Georgia, y con la que Kizzire ha empezado a trabajar desde hace menos de un mes. «Admito que al principio era un poco escéptico –señaló el golfista de 38 años al acabar el torneo– pero es simplemente dar luz a la vida, no tomarse a uno mismo tan en serio, hacer tonterías y romper el hielo, no mucho más», explica.
La cabeza, claro está, es fundamental. Nadie lo duda ya. Pero al final se trata obviamente de jugar al golf. Este aspecto hace tiempo que estaba resuelto. Justin Parsons, entrenador de Kizzire, estuvo esta semana en el Silverado Resort. «Técnicamente estaba igual de bien hace seis meses, cuando falló seis cortes seguidos… o poco antes del Wyndham, cuando estaba peleando por acabar entre los 125 primeros de la FedEx y falló igualmente los dos últimos cortes. El problema era otro», explica.
Dean Emerson, caddie de Kizzire, puede dar fe de que el swing de su jefe estaba en perfecto estado de revista. Lo sufrió en su propio cuerpo. Parsons se inventó un juego el martes previo al torneo. Estaban en la cancha de prácticas. Cada vez que Kizzire clavaba el número que se le pedía con un golpe, Emerson tenía que hacer 10 flexiones. Al final del día había hecho 150. «Le dije: tu juego está al nivel del mejor jugador del mundo», afirma Parsons. Si en algo ha destacado siempre Kizzire ha sido en su extraordinario, casi sobrenatural, control de las distancias.
Los ejercicios de Smith-Schuster tenían como objetivo desengrasar, desconectar de la competición. Kizzire y Emerson debían grabarse un vídeo cantando el rap el domingo y la canción de Disney el sábado. Ambas eran a elección de la psicóloga. Para la segunda eligió el «heigh ho, heigh ho…» de Blancanieves. «Está un poco loca, nos hace hacer cosas raras», remarca el caddie. Y qué más da si funciona. «Se mantuvo en comunicación con nosotros y me hizo reforzarlo durante el torneo, diciendo cosas como: ‘Eres imperturbable’. Reforzadores de confianza. Estuvo genial».
Como medida extra, el campeón decidió escribir en su libro de medidas del Silverado una frase: «estoy aquí y ahora». Era su manera de combatir el peligro de adelantarse en un torneo de golf. Salió con cuatro golpes de ventaja y nunca llegó a bajar su distancia a menos de dos. «Lo tuve que leer en varias ocasiones y funcionó», admite.
Kizzire ganó el Procore Championship con dos golpes de ventaja sobre David Lipsky y ha pasado del puesto 132 al 70 de la FedEx Cup. Por supuesto, ha asegurado la tarjeta para el próximo año. Hace seis años ganó dos torneos en el periodo de menos de dos meses. Ojo con Kizzire las próximas semanas.
«Me reunía con él sobre las 12:30, hacíamos los vídeos y se los enviábamos. Esa era nuestra preparación para el día. Cada mañana me preguntaba: ¿qué nos va a hacer hacer hacer hoy ¿Hay agua en el campo? ¿Nos va a hacer nadar desnudos?», relata Emerson.
Lo hubieran hecho. No había ninguna duda.
El otro gran movimiento de la semana fue de Lipsky. Con su segundo en solitario ha pasado del puesto 163º de la FedEx al 101º, tarjeta casi asegurada, mientras que Mackenzie Hughes, que acabó cuarto, se mantiene en la pelea por meterse entre los 50 mejores para disputar todos los designados el próximo año.
Si en unas semanas van a jugar ustedes un torneo de golf y a la hora de dar bolas se encuentra con quince o veinte jugadores abrazos a un árbol, ya saben de dónde viene la historia…



