Collin Morikawa está obsesionado con ganar. A bote pronto, parece un sentimiento positivo en un deportista, denota ambición y pasión por la gloria. Pero al mismo tiempo puede ser algo muy peligroso. El deseo es magnífico, irreprochable, pero cuando se convierte en obsesión, cuidado, porque llega un momento en que se puede enquistar y la bola de nieve se hace ingobernable. Todo esto viene porque el golfista de California ha reconocido su enorme frustración por lo que ocurrió el domingo en el Arnold Palmer Invitational. Como saben, fue ganando el torneo durante toda la última jornada hasta que fue superado en el tramo final por Russell Henley y no tuvo capacidad de respuesta.
Morikawa está harto de no ganar, o más concretamente de ganar poco. Su última victoria se remonta al ZOZO Championship de 2023. La anterior fue ya en 2021. En cuatro años ha sumado un único triunfo. Muy poco para el lugar donde él mismo ha puesto el listón. Pero claro, para crecer en cualquier ámbito de la vida lo más importante es hacer un buen diagnóstico y localizar el problema. Decía este martes Morikawa que la presión no le afecta, que le gusta y puso como ejemplos su golpe en el hoyo 17 de Bay Hill, par 3, y la salida en el hoyo 18. Presume Morikawa de pegar dos golpes muy buenos en un momento de máxima tensión, pues justo en el 16 Henley se había puesto uno por delante. Su análisis final sobre lo que le está faltando para ganar es que le está faltando jugar con más determinación los domingos.
«Me gusta la presión. Sí la quiero. No sentía que estaba pegándole genial todo el día, y en el 17, un hoyo muy, muy difícil, pegué un tiro bastante bueno y el viento simplemente no lo llevó del todo. Me dejé un putt de 25 pies. Pegar ese tiro cuando no me sentía genial y luego incluso en el 18 pegar un gran drive cuando sabía que tenía que cazar la calle significa que cuando necesito algo lo consigo. Creo que para mí los domingo simplemente tengo que jugar con más urgencia. La hay, pero en el fondo no la hay. Y creo que puedo hacerlo un poco mejor en eso», asegura.
Su remedio a lo que le pasa los domingo es jugar con más urgencia, que viene a ser algo así como tener un mayor instinto de killer para lograr los birdies cuando tienes la posibilidad y resistir si llegan los problemas. Pero claro, de poco vale el remedio si el diagnóstico es erróneo y en el de Morikawa, al menos, se ven costuras. Lo primero es que no dejó la bola a 25 pies en el 17. La dejó a 40. Que no es lo mismo. Pasa de ser una razonable opción de birdie, difícil, pero posible, a una muy improbable. Fue un buen tiro, pero no un gran tiro. Lo segundo es que sí, su salida en el 18 fue mayúscula, pero su segundo golpe fue realmente pobre, protegiéndose en exceso del agua cuando debía buscar la bandera.
Es lo que puede ocurrir cuando un deseo se convierte en obsesión, que puede llegar a nublar el juicio. Morikawa admite que acabó muy enfadado el domingo y da la sensación de que aún no se le ha pasado. Básicamente porque parece que vive enfadado o amargado por esa ausencia de victoria y quizá el primer paso para volver a ganar es echarla al suelo y admitir que es algo muy difícil, aunque le cueste.
El domingo no habló con los periodistas al terminar el torneo y lo explicó de la siguiente manera. «Estaba caliente. Enojado. Como que no le debo nada a nadie. Sin ofenderlos a ustedes, pero no quería estar cerca de nadie en ese momento. No quería hablar con nadie. No necesitaba ningún lo siento. No necesitaba ningún «bien jugado». Sólo estaba enfadado. entiendo que ustedes están ahí para descifrar cómo jugamos y cómo fueron las cosas, pero desde mi perspectiva, no quería hablar con nadie y era lo más justo para mí. Sé dónde estoy yo y mi golf. Solo quiero ganar. Tengo que ser capaz de cerrarlo y dependerá sólo de mí. Soy el que pega el tiro. Soy el que ejecuta los tiros, pegando, haciendo lo que necesito hacer. Todos sabemos qué pasó. No necesito adornos. No estoy para mierdas de está bien, buen trabajo, estamos mejorando, como que vamos a ganar la próxima semana…».
La herida de Morikawa está abierta y corre el peligro de no cerrarse mientras siga analizando el golf como algo en lo que sólo vale ganar. «La satisfacción que obtienes después de ganar es increíble. Porque fuiste el mejor jugador esa semana. No vale otra cosa. Si encuentras consuelo en el hecho de, oh, hombre, ganar es realmente difícil, a mí no me vale esa mentalidad. No quiero estar ahí. Vengo aquí a intentar ganar cada semana. No lo he hecho y nadie lo ha hecho nunca, pero esa es mi mentalidad. Sé que es difícil, pero al diablo; quiero el desafío. Quiero que sea difícil. Quiero que todos vengan por mí. Quiero las miradas sobre mí. Quiero la presión y que la gente diga que no he rendido los domingos. Sé que lo he hecho antes en el pasado y son solo pequeñas cosas las que hay que cambiar», sentencia.
Pues eso, la victoria más como una revancha que la consecuencia feliz de un trabajo bien hecho. ¿Es la manera de volver a cerrar los torneos como hacía en 2019? Igual a Morikawa le funciona, pero no parece la más idónea.


