
Abran paso. Llega Tiger Woods. El pasillo está abarrotado de público. Al fondo, el trono del golf mundial, la corona y el bastón de mando.
McIlroy espera de pie, con una sonrisa, fastidiado por perder su lugar de privilegio, pero aliviado en el fondo por quitarse un peso de encima. Además, es su amigo, qué demonios.
Un mayordomo con levita se dirige a Tiger: «Señor, le estábamos esperando, aquí tiene su silla 870 días después». Porque si hay alguien a quien le pertenece el trono del golf mundial en la última década, aunque sea el respaldo, dos patas y un brazo, es a Tiger Woods. Nadie ha colocado sus posaderas allí durante más tiempo. Y nadie lo ha hecho con más autoridad.
Tiger Woods vuelve a ser el Número Uno del mundo. Y lo hace de la mejor manera posible, ganando y batiendo récords que nadie pensó nunca que se pudieran alcanzar. El californiano se ha impuesto en el Arnold Palmer Invitational de Bay Hill. Uno de sus santuarios. Es su octavo triunfo en el torneo y en ese campo. Nadie nunca logró algo semejante. La Octava Maravilla, tal y como acertadamente titulaban los compañeros de pgatour.com. Difícil definirlo mejor. Es su segunda victoria consecutiva tras el Cadillac Championship, la tercera de la temporada en menos de dos meses (Farmers Insurance Open).
Tiger no ganaba dos torneos consecutivos desde el verano del año 2009, cuando se impuso en el Buick y acto seguido en el Bridgestone Invitational. Es la cuarta vez en su carrera que llega a tres triunfos en una temporada tan pronto. La primera fue en el año 2000 y ganó tres grandes, la segunda fue en 2003 y no ganó ningún major y la tercera fue en 2008 y ganó un US Open y fue segundo en el Masters. Ni miren las apuestas. Woods arrasa ya como favorito para la inminente cita de Augusta.
Tiger ha ganado el Arnold Palmer con autoridad, sin sufrir en exceso. Su momento de mayor agobio fue cuando Rickie Fowler se pudo a dos golpes después del hoyo 14. Los dos hicieron bogey en el 15, y en el 16 Woods mandó su bola de salida al búnker. Fowler pegó un tirazo al centro de la calle, pero su segundo tiro se marchó al agua. Dos veces. Fin de la historia. Alfombra roja. Salió al 18 con tres golpes de ventaja sobre Justin Rose y aún estuvo apunto de embocar para par desde unos 25 metros.
Habría sido muy de Tiger. De este Tiger, y del antiguo Tiger dominador. Porque la verdad, cada día se parecen más. Sobre todo por esa proverbial virtud de meter los putts cuando más falta hacen. El gran ejemplo lo vimos en el hoyo 12. Fowler embocó desde ocho metros para birdie. Tiger respondió con otro de cinco metros. Que nadie se suba a las barbas.
Tiger tuvo tiempo de saborear su paseo triunfal, de relamerse. Es su redención. Le ha costado mucho, pero ha vuelto. La próxima pica son los grandes. El rugido del Tigre vuelve a intimidar. Que empiece ya el Masters.


