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Declaraciones del norteamericano tras su triunfo en el Valero Texas Open

Spaun se libera de sí mismo y vuelve a ganar: “No necesito ser perfecto para ganar torneos”

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JJ Spaun con el trofeo del Valero Texas Open
JJ Spaun con el trofeo del Valero Texas Open

J.J. Spaun ha encontrado en el Valero Texas Open algo más que una victoria. No es nada sencillo, pero es algo que caracteriza a los grandes deportistas: ganar sin estar a su mejor nivel. El golfista reconoce que ha encontrado esta semana una manera de volver a competir sin quedar atrapado en sus propias exigencias y su análisis tras el triunfo ha ido en esa dirección. No ha puesto el foco en una semana perfecta ni en una actuación incontestable, sino en haber aceptado su nivel real, sin adornos ni dramatismos, y haber jugado desde ahí. Esa idea, más mental que técnica, ha terminado marcando la diferencia, más si cabe que en este inicio de año, sus resultados estaban lejos de las expectativas generadas.

“Mi estrategia esta semana ha sido no entrar en espiral”, ha explicado a los medios con una sinceridad que desarma. “He estado un poco loco con mi swing y con cómo venía jugando. Puedes mirar mis resultados: he fallado tres o cuatro cortes este año, he hecho algunos puestos de mitad de tabla. No sabía cómo iba a jugar cada semana”, ha profundizado.

Es la confesión de un Spaun que venía atrapado en esa trampa tan común como devastadora: cuanto más quiere arreglarlo todo, más se desordena el juego. La lista de jugadores que ha caído en ese pozo es infinita. Spaun, sin embargo, llegó a Texas sabiendo que no era favorito, y con la determinación la determinación de asumir el punto exacto en el que estaba: “Esta es la versión que tengo ahora mismo, y con esto voy a jugar al golf. Voy a aceptar el resultado e intentar meter la bola en el hoyo”, resumió.

Ahí está la clave de su semana y seguramente también la explicación de su victoria. Lo ha reconocido de la forma más clara posible: “La mayor lección para mí esta semana fue aprender que no tengo que ser perfecto para ganar torneos de golf”.

Todo esto conecta directamente con la segunda gran idea de su discurso: el peaje mental que llevaba meses pagando desde su irrupción en el US Open. Aquel gran resultado, lejos de liberarlo, le cargó una mochila enorme. Se vio obligado a refrendar cada semana que pertenecía a esa nueva dimensión competitiva. Y eso, en lugar de impulsarlo, lo fue consumiendo.

Spaun no se ha andado con rodeos. Después del US Open se llenó de confianza, siguió jugando bien, estuvo cerca de ganar en Memphis y rindió a buen nivel en la Ryder Cup. Sin embargo, algo cambió el paisaje interior. “Me puse demasiada presión. Sentía que tenía que ser ese sexto mejor jugador del mundo cada semana, que tenía que aparecer, jugar bien y pelear siempre arriba”. Y añadió algo todavía más valioso: “Esa es una posición incómoda para mí, porque nunca había estado ahí”.

Ahí se rompió el equilibrio. El Spaun que había competido casi sin cadenas, con poco que perder y mucho por ganar, empezó a convivir con una versión rígida de sí mismo. Quiso validar su estatus, justificar su sitio, confirmar cada semana que lo anterior no había sido una casualidad. Y en el golf, esa ansiedad suele tener un efecto demoledor: se toca una pieza y se desajustan cuatro más. Él mismo lo explicó. Si no pegaba bien la bola, cambiaba el swing; se metía con el entrenador; descuidaba el juego corto y el putt; y de repente todo era un caos.

Victoria con mucho sabor. No sólo ha ganado un torneo, también recupera una manera de estar en el campo. Una mucho más simple y, paradójicamente, más efectiva. Spaun entiende ahora que se puede conquistar un domingo sin tener el juego soñado. Lo importante es responder cuando el torneo aprieta. Y ahí estuvo su eagle del 17, el golpe que cambió la historia.

En ese hoyo vio claro que era momento de apretar. Dudó entre madera 3 y driver, pero eligió ser agresivo porque estaba a un golpe del liderato. “Sabía que iba uno por detrás y quería ser agresivo”, explicó. Antes de pegar, incluso le vino a la cabeza una imagen muy concreta: su gran salida en el 17 de Oakmont durante el U.S. Open. Buen recuerdo, mejor señal. La bola acabó cerca de green, cayó el putt y se abrió la puerta.

Luego vino la espera eterna, el frío, el viento, el cansancio y la posibilidad real de un desempate. “Estaba realmente exhausto. Estaba dispuesto a aceptar un playoff, pero esperaba que no lo hubiera”, confesó. Al final no hizo falta. Y la celebración, con su mujer y sus hijos, redondeó una semana especialmente significativa para él en un torneo que siempre ha vivido como una cita ideal para la familia.