
Tiger Woods (-10) entregó ayer un 65 en Bay Hill y lidera el Arnold Palmer Invitational, junto a Charlie Wi. Otro aviso del gran campeón californiano, que ayer cazaba 17 greenes en regulación…
Sus primeros nueve hoyos fueron una auténtica demostración. Tan solo perdía una calle en este tramo y casi no puede hablarse de error, pues su bola fue a reposar al rough intermedio. Por lo demás, una maza.
Fue una ronda a la vieja usanza: tuvo la habilidad y oportunismo de fabricarse birdies más o menos sencillos en los pares 5 (esto es mucho más sencillo decirlo que hacerlo…) y mantuvo la caña bien puesta para rebañar por aquí y por allá, con algún ‘puro’ incluido en algún green (como el del hoyo 7, par 3, donde embocaba desde más de diez metros). Además, se mostraba particularmente fino con algunos putts muy lejanos, sin dejarse ningún compromiso serio para par. Pulcritud absoluta. Regularidad pasmosa.
Y ahora retomamos un cuento recurrente en las últimas semanas. A Tiger ya se le ha visto salir algunas veces este año en los últimos partidos, tanto el sábado como el domingo. No es la primera vez que enseña al mundo el ‘proyecto’ de nuevo gran campeón que se trae entre manos. El trabajo está hecho… Pero hasta la fecha no ha encontrado el modo de rematar las faenas.
En los momentos decisivos se le ha visto dudar o fallar más de la cuenta. Domingos grises y frustrantes como los de Abu Dhabi o Pebble Beach son buenos ejemplos. Lo que ocurra a partir de hoy en Orlando puede marcar parte del futuro a medio y largo plazo del golf mundial. Damos por hecho que, rota una vez esa última barrera psicológica, Tiger retomará de nuevo con decisión la senda del récord de Nicklaus. Quizá sea mucho suponer, es cierto, pero la figura del catorce veces ganador de ‘majors’ impone aún demasiado como para no hacerlo.


