
Steve Stricker (-23) se adjudicó la primera victoria de la temporada al imponerse en el Hyundai Tournament of Champions con tres golpes de ventaja sobre el escocés Martin Laird. Aunque a simple vista no lo parezca, el suspense volvió a presidir su triunfo…
Es una constante en la carrera del golfista de Wisconsin. Llega a la última vuelta con un buen colchón de golpes de margen y acaba sufriendo lo indecible para ganar. La renta de cinco golpes con la que llegó al tee del 1 de la última ronda se redujo a uno después del hoyo 6. Byrd embocaba para birdie y Stricker, al otro lado del green, se golpeaba la cabeza con la mano como queriendo despertar tras firmar su primer bogey del día.
Es como una especie de resorte. El mejor estadounidense del ránking mundial sólo salta cuando siente en el cuello el aliento de sus rivales. Y ahí sí, ahí ya es arrebatador. Hizo birdie en el hoyo 8 después de embocar un putt de ocho metros y ya no paró. Firmó cinco birdies en los últimos once hoyos, incluido uno en el 18 para rematar el torneo con autoridad.
Fue una de las clásicas victorias de Stricker, aunque no todo salió según el guión habitual… Esta vez no se vio la imagen que siempre acompaña sus victorias. Esta vez, el jugador de 44 años no lloró. ¿Será que al fin se ha acostumbrado al triunfo? Motivos no le faltan. Suma doce victorias en el PGA Tour, nueve desde que cumplió 40 años, es la cuarta temporada consecutiva ganando, nadie ha conseguido más torneos que él en Estados Unidos desde 2009 (siete), son ya 43 cortes consecutivos pasados, 165 top 25 en 398 torneos… Y, además, ha subido al quinto puesto del ránking mundial superando a Adam Scott. Una barbaridad.
Jonathan Byrd, que jugó la última ronda junto a Stricker y le apretó las clavijas hasta que firmó un bogey en el 17 para acabar tercero, se quita el sombrero: “es el jugador más infravalorado del mundo”. Y es que a pesar de todos sus méritos, de su calidad, de sus resultados, al bueno de Steve le cuesta ganarse los focos.
Com decimos, Stricker no lloró esta vez, y eso que quizás tenía más motivos que nunca. Hace apenas unos meses, el de Wisconsin no sabía qué iba a pasar con su carrera. El pasado otoño empezó a sentir debilidad en su brazo izquierdo. No sabía qué le ocurría, pero no podía hacer el swing con normalidad. Visitó a un médico de confianza y le confirmó que todo el problema procedía de unas vértebras del cuello. Su recomendación fue la cirugía. Stricker no las tenía todas consigo, andaba preocupado y decidió pedir una segunda opinión. Finalmente, se decantó por un tratamiento conservador. Reposo, fisioterapia y dos inyecciones de cortisona. Mano de santo. El jugador se encuentra perfectamente.
Este primer torneo de la temporada en el PGA Tour nos deja otras conclusiones importantes. Martin Laird (-20), segundo en Hawái, confirma su asalto a la Ryder Cup. Es uno de los objetivos prioritarios del escocés esta temporada. Ya anunció a finales del año pasado que en 2012 competiría algo más en Europa para lograr su plaza en el equipo de José María Olazábal. A este paso, igual ni le hace falta, ya que podría conseguir su puesto por ránking mundial. La imagen de Laird sacando el puño al asegurar la segunda plaza es tremendamente significativa de lo que supone para él jugar la Ryder.
Otro asunto. La confirmación de Webb Simpson. El joven norteamericano, tercero junto a Byrd, no ha tardado demasiado en demostrar que ya no es una revelación. Es regular como un martillo pilón. Desde el PGA Championship, ha disputado ocho torneos del Circuito Americano y ha terminado en el top ten en siete. Una realidad con mayúsculas.


