
Señores de la Real Academia, admitan una sugerencia para la próxima revisión del Diccionario…Incluyan el término ‘Rorymoto’ con la siguiente acepción: dícese de la cualidad de un sujeto para ganar los campeonatos por aplastamiento. Sí, lo de este fin de semana en Kiawah, ha sido un ‘Rorymoto’ en toda regla. McIlroy ha conquistado el PGA Championship con ocho golpes de ventaja, los mismos que tuvo el año pasado cuando ganó el US Open. Este chico no sabe ganar de otra manera…
Su demostración ha sido incontestable de principio a fin. Ponía la directa esta mañana bien temprano en la reanudación de la tercera ronda y remataba la faena por la tarde con una exhibición soberana, 66 golpes, sin bogeys, la mejor vuelta del día. No lo necesitaba. Pero quién dice que McIlroy juegue al golf por necesidad. Es puro talento. Es la naturalidad. Es la excelencia cuando se mete en su burbuja. No pestañea. Todo fluye. Sale solo.
En el hoyo 7 ya había metido el trofeo Wanamaker en un cajón y había tirado las llaves al Atlántico. Era suyo y de nadie más. Firmaba su tercer birdie, sin sufrir, sin hacer nada extraordinario. Calle, green, putt, calle, green, putt, calle, green, putt… Y así hasta el infinito. Disculpen, sí es extraordinario.
Como extraordinario fue su final en el 18, con un putt de birdie soberbio desde el collarín de green a unos siete metros del hoyo. No le hacía falta. Y qué. Es un birdie simbólico. Primero por cómo lo hizo, después de recorrer cien metros de calle con la gorra quitada saludando al público, después de cruzar sonrisas cómplices y puños cerrados con su grupo que lo esperaba en el green del hoyo 18, después de mirar durante treinta segundos al cielo con una mueca de felicidad incontenible, después de ni siquiera fijarse en cómo caía el putt por el lado contrario… Después de todo eso, simplemente se puso a la bola y la metió. Talento que corre por las venas.
Y también es simbólico porque supone ganar con ocho golpes de ventaja, la mayor en la historia del PGA Championship, superando a un tal Jack Nicklaus que ganó por siete en 1980. Son tan brutales los triunfos de McIlroy que prácticamente nadie recuerda quién quedó segundo. En el US Open fue Jason Day. En el PGA ha sido David Lynn. Bueno sí, Lynn no lo va a ovidar fácilmente.
McIlroy, con 23 años y tres meses, se convierte en el segundo jugador más joven de la historia que gana dos Majors, por delante de Tiger Woods y sólo por detrás de Jack Nicklaus. No, no es casualidad que su nombre en una crónica aparezca tantas veces junto a dos de los más grandes de la historia. Porque Tiger lo es y esta vez ha vuelto a claudicar ante McIlroy. No ha podido con él. Es un grandísimo campeón y lo ha intentado hasta el último aliento. Pero aún le falta algo en las grandes citas. Póngale el nombre que quieran: suerte, magia, brillo, confianza, paciencia… Algo es. Tanto lo ha intentado, tanto ha arriesgado, que al final ha terminado fuera del top ten. Es como si pretendes seguir a Induráin con una motoreta, lo normal es que se te salga la cadena.
Luke Donald escribía en su twitter al minuto de embocar McIlroy el último putt lo siguiente: “congrats, Nº1”. Así cede la corona este señor inglés. Con la cabeza alta y dando la enhorabuena. Es la segunda vez este año que McIlroy se coloca como Número 1. La anterior fue tras ganar el Honda Classic, también en un duelo con Tiger Woods. Le duró poco. Veremos ahora.
Los logros de McIlroy tras este triunfo en el PGA son como la lista de la compra en una casa con cinco niños. Y es que también ha roto el norirlandés la segunda racha más larga de ganadores de grandes diferentes de la historia. Hasta 16 hemos llegado. ¿Saben quién rompió la racha más larga? Jack Nicklaus.
En cuanto a los españoles, se marchó otro grande con poco brillo. Ilusionó Gonzalo Fernández Castaño tras la primera vuelta, espectacular, 67 golpes, pero no pudo aguantar el ritmo. Finalmente, Miguel Ángel Jiménez fue el mejor, puesto 27º, con un total de +1, 71 golpes en la última ronda. Gonzalo finalizó con +9, 77 impactos el domingo, puesto 62º.


