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Scheffler logra en oro en París en una jornada de locos y un final dramático para Jon Rahm

Una vibrante sobredosis de gloria y drama

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Scottie Scheffler muerde la medalla de oro olímpica en París 2024.
Scottie Scheffler muerde la medalla de oro olímpica en París 2024.

Scottie Scheffler ha ganado dos Grandes, tiene doce victorias en torneos del PGA Tour, dos THE PLAYERS, cuatro torneos designados sólo este año y ha ganado en su carrera más de 70 millones de dólares, casi 30 únicamente en lo que llevamos de 2024. Por la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de París va a recibir del Comité Olímpico de Estados Unidos un total de 38.000 dólares, prácticamente la mitad de lo que ganó por acabar en el puesto 41º en el US Open. Pues bien, nunca se le ha visto más emocionado que este domingo en lo más alto del podio, con el metal dorado colgado del cuello y escuchando su himno mientras izaban la bandera de las Barras y Estrellas. Sus lágrimas representan la gloria de los Juegos Olímpicos.

En unos tiempos donde el debate sobre el golf profesional gira en torno al dinero, reconforta vivir una semana como la de París, con el llanto de Scheffler, la felicidad de Fleetwood, el orgullo de Matsuyama, la locura de Victor Perez y hasta el dolor de Jon Rahm. Su dolor nos duele. Qué duda cabe. Nos duele mucho. Es también el quejido de todos los aficionados españoles al golf. Pero al mismo tiempo nos reconforta con el deporte. Es la gloria y el drama. La victoria y la derrota. La alegría y la tristeza. Son cosas que importan.

La crónica de la última jornada de los Juegos Olímpicos es gloria y tragedia. La gloria de Scheffler, del Número Uno del mundo, que arrancó en estampida para llevarse el oro de París cuando ya ni se le veía en el horizonte. Parecía amortizado, pero emergió como un gigante para terminar con un parcial de seis bajo par en los últimos nueve hoyos del Le Golf National, los más difíciles del campo, con cuatro birdies seguidos en los hoyos 14, 15, 16 y 17, donde están dos de los cuatro más complicados del recorrido. Imperial. Birdie dado en el 14, birdie dado en el 15, tirazo descomunal en el 16, otro tirazo bestial desde el rough en el 17 y putt extraordinario desde cinco metros. Dos horas y media antes no estaba en la pelea por ganar y ni siquiera era un firme candidato a la medalla. Se abrió el hueco y entonces sí desplegó todo su arsenal. Fue demoledor.

El drama lo representa esta vez Jon Rahm. Su puesta en escena fue igual o más imperial que el final de vuelta de Scheffler. Su golf era una apisonadora. Birdie en el 3, birdie en el 4, birdie en el 6, birdie en el 7, birdie en el 9, birdie en el 10. Parcial de seis menos en diez hoyos. Era una fuerza de la naturaleza absolutamente imparable. Diseñaba y ejecutaba cada golpe exactamente como quería, tiraba cada putt como si dos raíles llevaran la bola directa al hoyo. Era golf de videojuegos, insultantemente superior al resto.

Llegó a tener cuatro golpes de ventaja sobre el segundo a falta de ocho hoyos y, sobre todo, más allá del resultado, la sensación de que era inabordable. Era Jon y el mundo. Rahm y los mortales. Realmente, nadie en su sano juicio pensaba que se le iba a escapar el oro. Lo demás parecía una bonita pelea por la plata y el bronce. Pero el deporte, el golf, ay, tiene estas cosas. Y peores, oiga usted, que le pregunten si no a Carolina Marín. Hasta el rabo todo es toro y las dinámicas pueden cambiar.

El torneo dio un giro inesperado en los hoyos 11 y 12. Jon cometió dos errores. Hizo un tripateo donde no había en el primero y firmó otro bogey cazando el búnker de salida en el segundo. Seguramente, la única trampa de arena que ha cogido en toda la semana desde el tee. Los errores pueden venir y no tienen por qué resultar tan catastróficos, pero en el caso de Jon desencadenaron una tormenta perfecta. En esos mismos hoyos Tommy Fleetwood logró dos birdies soberanos. En menos de media hora, Rahm pasó de tener cuatro golpes de ventaja y todo bajo control a verse empatado en lo más alto de la clasificación y con el resto de buitres acechando…

Su juego ya no fue el mismo. Se descabaló. Fue encadenando errores. Todos los que no había cometido en una semana impecable de golf. Tiró un pobre segundo tiro en el 13, aunque salvó el par, y se metió una liada de época en el 14, fallando la salida, errando el tercer tiro, fallando de nuevo el primer approach y errando por último un putt de un metro para bogey. Terrorífico. Doble bogey. De pronto, en apenas cuatro hoyos, ya no sólo se le había complicado el oro, sino que había perdido pie en la lucha por las medallas, se colocó a remolque. En shock.

Jon lo intentó. Tiene coraje y corazón más que de sobra. Y lo intentó. Se le escapó una gran opción de birdie en el 15 y metió un súper putt de birdie en el 16 para decir aquí estoy, cuenten conmigo. Sin embargo, el mal ya estaba hecho. La dinámica había cambiado. Todo lo que antes entraba, dejó de hacerlo. Bogey al 17 y al 18. A la desesperada en busca de una medalla que no pudo ser. Acabó quinto. Impensable apenas dos horas antes.

Scheffler y sus 62 golpes para igualar el récord del Le Golf National dejaron a todos clavados en el sitio. Fleetwood aún tuvo una oportunidad muy lejana de empatar en el 18, pero no pudo. Se conformó con una plata brillante. Y el bronce fue para Matsuyama, el primer líder de estos Juegos, el tipo que siempre estuvo allí, con altibajos pero sin tirar nunca la toalla.

En esa locura final de los Juegos, hasta Rory McIlroy se dio una oportunidad de pelear por el oro con cinco birdies seguidos. Iba camino de hacerse un Scheffler. Pero Rorylandia siempre será Rorylandia. Mandó la bola al agua en el 15, buscando el sexto birdie consecutivo, y se acabó.

Scheffler, el indiscutible Número Uno del mundo, se llevó el oro de París. Su séptima victoria de la temporada. La gloria. Jon sufrió un revés muy duro, de los que no es fácil levantarse, aunque no hay ninguna duda de que el de Barrika lo hará. Ya lo hizo antes y volverá a hacerlo. Va en su ADN. Vivan los Juegos.

Resultados finales de los Juegos Olímpicos de París