Hoy ha sido el primer día de mi vida que me hecho 18 hoyos con la bolsa al hombro en Augusta. Y os puedo asegurar que he terminado menos cansado que todos estos días de prácticas en los que siempre hacíamos nueve hoyos. Mi profesión no es ser caddie, sino profesional de golf en el campo de la Marquesa, así que os podéis imaginar cómo ha sido un día entero de golf, junto a Miguel Ángel Jiménez, compartiendo partido con Tiger Woods, y en Augusta.
Aún estoy en una nube. Vaya tensión. Yo sólo iba preocupado de mi jugador, de Miguel, de que no le faltara nada, de no equivocarme… Uf… Voy a ser sincero con vosotros. No terminas de disfrutar cuando estás en una situación así. Sé que me siento un privilegiado y que cualquiera querría cambiarse por mí, pero de verdad, ¿disfrutar del momento? Poquito… Ver a Tiger tan cerca, a tu lado, cuando generalmente es tan distante de todos los mortales y tener la posibilidad, exagerando, de olerlo, es un lujo para cualquiera que sea un amante del golf.
Pero también es un lujo llevar la bolsa de un tipo como Miguel. Qué espectáculo de jugador. Jugar con Tiger conlleva una gran desventaja. No te lo puedes imaginar hasta que no estás metido en el meollo. El público se mueve constantemente y se olvida de cualquier cosa que no sea Tiger. El principal trabajo que tienes que hacer cuando juegas con Woods es de concentración. Necesitas aislarte de todo lo que te rodea y centrarte sólo en tu juego. No hay más.
Ahora bien, esto es muy fácil decirlo y después hay que hacerlo. Jiménez lo consigue. Yo me quedo, no obstante, con cómo le ha ganado al campo. La clave de la vuelta de hoy es que Miguel se ha comprometido en cada golpe que tenía por delante. Ha ido a muerte en cada decisión y no se ha distraído con nada. Hay cometido muy pocos errores y ha tenido mucha paciencia en los greenes. Me quito el sombrero con Miguel.
Mañana más. Ya os iré contando cada jornada en Ten-Golf.



