
Iniciamos un viaje a ninguna parte. Ninguna parte para la oficialidad. Nuestro objetivo se llama Berckmans Place.
Buscamos un lugar que está en Augusta y que nadie conoce. La exclusividad dentro de la exclusividad. Una esquina del campo de la que nadie habla. El gueto del glamour. Un triángulo de las Bermudas.
Nos dan apenas tres datos y casi entre susurros. “Buscad por el hoyo 16, a la derecha, y cerca del 5… por ahí está, pero no sé si os van a dejar llegar. Es muy reservado y como os vean como una cámara, igual os mandan de vuelta”, nos comenta el discreto informante.
Allá vamos. Efectivamente, cuesta encontrarlo. Está en una de las esquinas de Augusta, sin duda, la menos transitada del campo. Tanto es así que los baños del hoyo 2, que se encuentran muy cerca, son recomendados por la organización porque son los menos usados y donde menos colas se forman.
Berckmans Place, el lugar del que nadie habla, está a la derecha de la calle del hoyo 5, pegado a un camino de buggies que sólo puede ser transitado por personal autorizado. Se están jugando los pares 3 al otro lado del campo y la situación está muy calmada. De hecho, nadie nos impide meternos por ese camino restringido, condición, por cierto, que no conocimos hasta que emprendimos la vuelta.
Finalmente, llegamos a Berckmans Place, junto a la puerta 9 de Augusta. No es un sitio oculto, ni un búnker, ni está bajo tierra, pero sí es cierto que Augusta, de momento, no quiere darle ninguna publicidad. Lo levantaron el año pasado y nada te invita a saber de su existencia, salvo la confidencia de alguno de los privilegiados que sí ha estado dentro.
Pero, ¿qué es Berckmans Place? Pues es una especie de complejo, como un parque de atracciones, un recinto enorme que cuenta con tres restaurantes, tres greenes que son réplicas exactas del 7, 14 y 16 y varias zonas de ocio. Es un lugar de recreo desde el que no se puede ver el golf en directo y donde prima el lujo y la exclusividad.
La entrada a Berckmans para toda la semana cuesta 6.000 dólares y te da derecho al acceso y a una pulserita tipo crucero (azul el martes y verde el miércoles). Con esos 6.000 dólares tienes todos los gastos pagados, y allí no encuentras precisamente hamburguesas. Sirven ostras, langosta, champán… Lo más de lo más. No puede entrar cualquiera. Por ejemplo, acotan las entradas a diez por empresa.
Como prima la confidencialidad, las entradas no son nada llamativas. De hecho, tienen el mismo formato que las de campo, aunque abajo sí aparece una pequeña inscripción que pone Berckmans Place.
¿Y por qué tanto cripticismo respecto a Berckmans? Pues porque quieren mantener la filosofía de que Augusta es un torneo barato, donde te puedes comer una hamburguesa y beberte un refresco por menos de diez dólares. Y, por supuesto, por mantener la exclusividad. No hay nada que guste más en Augusta que la sensación de ser único por parte de unos pocos.
Si tienes la entrada para Berckmans incluso te acompaña un socio con su chaqueta verde hasta la puerta, estés donde estés en el campo. Y si quieres patear los greenes replicados, no hay ningún problema, hasta te acompaña un caddie para leerte la caída.
Así es este viaje al lugar que no existe en Augusta. Bienvenidos a Berckmans.


