Hablaba Sergio García de los demonios que lo persiguen en el Augusta National. Y lo hacía después de firmar un sobresaliente 68 en primera ronda, lo que da una idea de la desconfianza con la que camina entre magnolias y azaleas. Le cuesta un mundo llevarse a su cuartel general un ramillete puro y limpio de sensaciones positivas. «Un 68 como el de ayer me hace feliz, porque para mí un 68 en Augusta es como un 62 en cualquier otro campo, pero realmente no lo disfruto. Me hace sentir orgulloso, feliz, pero no lo disfruto. Incluso el 74 de hoy me puede hacer feliz, porque podía haber hecho 79 fácilmente, pero tampoco lo disfruto. Y para mi es muy difícil ser consistente en los campos donde no disfruto nada», ha explicado el de Borriol nada más finalizar la segunda ronda, por si quedaba alguna duda de su relación tormentosa con el coloso de Georgia.
Hablábamos de demonios. Hoy se le aparecía el primero en el hoyo 3, después de un arranque muy bueno, en el que a punto estaba de hacer un birdie en el hoyo 1, que sí se apuntaba inmediatamente en el 2. En este hoyo 3, par 4 corto que hoy tenía la bandera corta, el diablillo le recordaba que si jugaba como hay que jugar este hoyo con esa bandera (es decir: hierro largo desde el tee y, probablemente, un segundo tiro completo con el sand), le podía pasar lo que ya le había pasado otras veces: que el spin le sacaría la bola del green por la empinada pendiente frontal.
Así que hizo caso al diablillo y pegó el drive. Un gran drive. Sin embargo, el segundo tiro se iba ligeramente largo y el asunto terminaba en bogey. «Sí, el hoyo 3 me ha dado un guantazo importante, sobre todo porque no puedes hacer bogeys en los hoyos fáciles en un campo donde no te sientes cómodo, como me pasa a mí aquí. El error ha estado en el tercer golpe, sobre todo. Ahí, al borde del green, tenía que haber aprochado, pero al final he pateado porque me falta confianza para según qué cosas».
Cortocircuito. Gancho a la mandíbula. Desde ese momento anduvo Sergio seis hoyos casi en la lona. Su lenguaje corporal hablaba de derrota. Aquello ya no era la jugada retorcida de un demonio travieso, sino más bien el infierno y los bogeys iban cayendo en cascada. No pegaba un golpe sano…
Sin embargo, volvió. Es un hecho fácilmente constatable que García encontró algo a lo que agarrarse, porque por la segunda mitad del recorrido sumaba cuatro birdies y, sobre todo, frenaba la sangría de bogeys precisamente en uno de los tramos más delicados del campo (hoyos 10, 11 y 12). Sin embargo, al jugador le cuesta reconocer incluso el final feliz del cuento. «Tampoco ha cambiado mucho, aunque he pegado tres o cuatro golpes buenos que me han ayudado». No hay manera de sacarlo del cuarto obscuro, porque el mismo Sergio se encadena dentro. Así que ya sólo le quedan dos días de confinamiento en el calabozo. Pero causa estupor, en todo caso, el hecho de que vaya a terminar la jornada muy cerca del top-ten. Cosas veredes, amigo Sancho.



