Como es bien sabido, se cumplen 25 años de la segunda victoria de José María Olazábal en el Masters (1999) y 30 de la primera (1994). En una misma tacada, dos aniversarios redondos. Con la permanente sensación de que el tiempo vuela, ahí quedan los logros deportivos de este extraordinario jugador, hecho a sí mismo, de la vieja escuela, moldeado y templado en la sencillez, bonhomía y estajanovismo de su familia, y guiado en los vericuetos de la vida y el golf por la mano firme de su inseparable Sergio Gómez, tristemente fallecido hace ya casi cuatro años, que era muchísimo más que su mánager (amigo, confidente, consejero, psicólogo, leal asesor, jefe de prensa y hasta caddie cuando hizo falta…).
Hay legados y legados. Y el de José María Olazábal Manterola (Hondarribia, 1966) trasciende ya, a día de hoy, los méritos deportivos que, por ejemplo, lo llevaron de cabeza al Hall of Fame. Lo saben bien quienes más tiempo pasan con él y sus colegas de profesión. Su legado atiende, por supuesto, a todo lo que ha hecho en el campo, con aquellos hierros afilados en sus manos, pero el calado de su figura, partiendo desde ese punto de indiscutible excelencia deportiva, es mucho más profundo y valioso. Estudiémoslo desde todos los ángulos a través de distintos testimonios.
OLAZÁBAL Y LA AMISTAD. “Como buen vasco, difícil de entrar… Pero cuando entras, ya no hay marcha atrás. Si es tu amigo, lo es con todo. A mi me sigue llamando la atención como todos los años, sin excepción, me llama el día de Nochebuena y no es una llamada de cortesía: te pregunta, se preocupa… Crecí idolatrándolo y considerarlo ahora mi amigo significa algo increíble para mi”. Lo cuenta Gonzalo Fernández Castaño.

Vayamos con un suceso reciente. Hace unas semanas Chema se desplazó al sur de España para pasar tres días con su amigo y colega Álvaro Quirós. El objetivo primordial era el de echarle una mano en tiempos de cierta zozobra profesional para el de Guadiaro. “Fuimos a trabajar cada día, lloviera a mantas o soplara el viento como soplara (que de todo hubo precisamente en aquellas jornadas). Pero lo más importante, tal y como yo lo veo, es que él lo hacía por una cuestión personal conmigo, de amistad. Me daba cuenta sencillamente de que a él le haría feliz que mi golf empezara a mejorar por verme a mi más contento en el trabajo. Al final de aquellos días le dije algo así como que no sabría como poder pagarle esto y él sólo contestó, ya lo sabes, apareciendo en el leaderboard”, relata el jugador andaluz.
OLAZÁBAL Y LA PASIÓN POR EL JUEGO. “Yo no coincidí en tantísimos torneos de golf con él, pero mi experiencia con Chema tiene que ver sobre todo con la pasión que tiene por el juego. Eso es lo que claramente él me ha transmitido el tiempo que he estado con él y creo que es algo impagable. Porque además ves que es un luchador. Un trabajador nato.”, señala Nacho Elvira. “Es un fuera de serie. En Augusta por ejemplo compruebas en su plenitud cómo vive él este deporte, pero en general cuando se pone con algo lo hace con todas sus fuerzas, ya sea con el entrenamiento o a la hora de diseñar un campo. Cuando él ha tomado una determinación ya no hay medias tintas”, añade Fernández Castaño.

“Tengo la suerte de pasar mucho tiempo junto él y lo que más te llama la atención es la pasión que tiene por el juego en el día a día, su dedicación”, dice Borja Martín, joven talento español y pupilo de Chema en el Basque Team, grupo de trabajo de alto rendimiento de golf, apoyado por la Federación Vasca, en el que está absolutamente involucrado el doble ganador del Masters.
OLAZÁBAL, PADRINO Y MAESTRO DE TODOS EN LA CALLE DE PRÁCTICAS. Es quizá uno de los rasgos de su legado que más hondo cala entre quienes lo rodean. Ni siquiera hace falta ser amigo íntimo de José Mari, sólo un golfista en apuros que necesita un buen consejo técnico, para que ponga los cinco sentidos en la manera de echarte un cable. “La primera vez que me atreví a pedirle un consejo fue en Pula, hace muchos años, y resulta que terminamos pasando dos o tres horas en el putting green”, recuerda Gonzalo. El putting green es, en efecto, lugar habitual de encuentro con Olazábal: “andaba yo pasando una mala racha con el putt y, estando en Abu Dhabi, le pedí a Chema si podía mirarme… Estuvo tres horas conmigo y yo estaba alucinando de verlo ahí, como si no tuviera otra cosa que hacer, encima de mí, muy pendiente, sin moverse de mi lado, y así hasta que consideró que el problema estaba arreglado. Me han marcado mucho esa perseverancia y esas ganas de ayudar. Me ha marcado el hecho de que el tiempo para él no contara si se trataba de ayudar a alguien. Es realmente impresionante”, explica Elvira. “Sí, es que no lo deja hasta que no está seguro de que has mejorado. Y luego lo ves dándole una clase de juego corto a Colsaerts, o a Havret…”, sentencia Fernández Castaño.

“Tengo un recuerdo muy heavy de Chema de cuando fui a Augusta con mi hermano Alex. En la vuelta de prácticas trataba de explicarnos en cada hoyo lo que teníamos que hacer y cómo jugar a cada una de las banderas… Yo aprendí más en los dos días de práctica que en los 16 años que por entonces llevaba jugando al golf”, recuerda Pablo Larrazábal.
“En mi primer año en el circuito europeo mi juego corto no estaba a la altura de las circunstancias, así que le pedí consejo a Chema, que me explicó con detalle cómo lo hacía él… A mí, en aquel momento, todo me pareció como en chino, pero es increíble porque con los años he ido asimilándolo”, relata Pedro Oriol, “con los años y con las horas que he tenido la suerte de poder practicar junto a él”. Miguel Ángel Jiménez destaca “todo lo que he aprendido de él sobre cómo enfocar el campo y la mejor manera de entrarle a los greenes”. “Ves cómo se come la cabeza buscando la forma de ayudar a los demás”, añade Martín.

A Jon Rahm le impactó un suceso muy concreto que vivió en una de las ediciones de aquel Lacoste Promesas que se celebró durante unos cuantos años en España, un pequeño circuito de cinco pruebas en el que se clasificaban los dos mejores niños y las dos mejores niñas de cada prueba para jugar una final bajo la atenta mirada y supervisión de José María Olazábal, Miguel Ángel Jiménez y Nacho Garrido. Jon, por supuesto, se clasificó para esa final en La Sella y llegó con deberes por hacer de su entrenador, Eduardo Celles. “Había un ejercicio que me había puesto mi entrenador que consistía en coger un hierro 5 y, con un swing completo, tratar de hacer sólo una distancia de cincuenta metros… A mi me salía fatal, cada bola para un lado y además mandándolas todas a 120 metros, así que no me gustaba hacerlo. Y Eduardo me dijo, ahora que vas a ver a Olazábal, pregúntale si es un ejercicio bueno. Así lo hice y Chema no dijo nada: sólo cogió un hierro 5 y se puso a hacerlo él, unas diez veces, pegando bolas rectas y clavando esa distancia de cincuenta metros”. Una lección sin palabras.
“Es como un ángel. Porque es toda una leyenda de nuestro deporte y lo ves ahí siempre dispuesto a ayudar, a dedicarte su tiempo”, remata Oriol.

OLAZÁBAL, GRAN CONTADOR DE HISTORIAS. Hay una experiencia única en el mundillo del golf, sobre todo del golf español, que es la de escuchar a José María Olazábal contar historietas de golf. Del juego puro y duro, de la competición, con nombres y apellidos, de los torneos. De la Ryder. De Seve, por supuesto. Anécdotas con profusión de detalles y hasta con las pausas dramáticas justas y necesarias. “Es un gran contador de historias. Es que las cuenta muy bien. Es muy agradable estar cerca de él porque siempre tiene una historia de golf que contar. Es alguien divertido y cercano. Sí, divertido, aunque quizá no lo parezca tanto si lo conoces sólo de verlo en el campo de golf o en la tele”, señala Jorge Campillo, protagonista seguramente con el tiempo de alguna de esas historias. “Es que es increíble que haya podido jugar tantas veces con aquel que vi de pequeño ganando dos veces el Masters… Luego hemos coincidido bastante, incluso en competición. Recuerdo una tercera jornada en Abu Dhabi”, apostilla.

UN BUEN RESUMEN: OLAZÁBAL COMO SANTO Y SEÑA DE TODA UNA CARRERA. Hay quienes, incluso, asocian la figura de Olazábal con toda su carrera. El relato emocionado es de Rafa Cabrera Bello, que en realidad resume de manera muy gráfica el legado del vasco: “había un niño canario de diez años al que le encantaba el golf y que empezó a soñar de verdad cuando vio a Olazábal ganar su primer Masters. Luego, cinco años después, ya como un adolescente con esperanzadora proyección, vuelve a verlo ganando el Masters y a partir de ese momento ya no sueña, sino que se dice a si mismo que quiere ser profesional de golf y que quiere jugar el Masters. En 2005 me hice pro y cumplí el primer objetivo. Y en 2016 me clasifiqué para jugar mi primer Masters y, para colmo, Chema me invita a jugar una ronda de prácticas, convirtiendo aquel día en uno de los más bonitos, no ya de mi carrera, sino de mi vida. Estaré eternamente agradecido al ejemplo que me ha dado dentro y fuera del campo, a sus incontables consejos y a las tantísimas horas que me ha dedicado”.
NOTA FINAL: El legado, siempre el legado. El que a él le llegó, por ejemplo, de manos de Seve Ballesteros. “En 2014, cuando estaba ahí con opciones de ganar el Masters me encontré en mi taquilla una carta de Chema en la que me decía cosas muy bonitas. Esa nota todavía la tengo guardada”. Lo cuenta un Miguel Ángel Jiménez que, en efecto, en la edición de 2014 del Masters salió a jugar el domingo en los últimos partidos y a sólo dos golpes del líder, con todas las opciones de enfundarse la chaqueta verde. Chema, en realidad, no había hecho otra cosa que replicar lo que en su día Seve hizo con él, aquella nota que le dejó en su taquilla antes de disputarse la ronda definitiva del Masters de 1994 y que arrancaba con aquel “Vamos Fuenterrabía”.



