Corría el año 1958. Arnold Palmer había quedado para jugar una ronda de prácticas con Ben Hogan el lunes previo a la semana del Masters a primera hora. Un lujo al que no se le puede decir que no. No hay excusa que pueda impedir disfrutar de un día de entrenamiento en Augusta con un absoluto mito que ya se había coronado allí dos veces. Ni siquiera el hecho de ganar un torneo el día antes. Exactamente lo que le ocurrió a Palmer…
Hogan tenía entonces 45 años, mientras que el Rey del golf tenía 28. Uno era ya una leyenda que había conquistado el Grand Slam, mientras que la del otro se estaba empezando a forjar. Palmer aún no había ganado ningún Major.
Retrocedemos al día anterior de la quedada. Palmer estaba jugando la última jornada del St. Petersburg Open Invitational en el recorrido Pasadena Country Club de Florida. El golfista de Latrobe, Pensilvania, se salió y acabó ganando el torneo con un total de ocho bajo par. Era su octava victoria en el circuito americano. Como se pueden imaginar, después del triunfo, la entrega del trofeo y demás, a Palmer se le hizo muy tarde. Pero claro, había quedado con Hogan…
No lo dudó, cogió el coche y condujo toda la noche hasta llegar al Augusta National. Unas ocho horas de camino. Estaba reventado. Cansado del torneo, del viaje y mentalmente agotado. Pero salió a jugar. Sólo faltaba. Como un clavo. A la hora establecida. La vuelta de Palmer, se lo pueden imaginar, fue un desastre. Cada golpe iba a un sitio distinto, siempre en problemas, de lado a lado… Un infierno.
Acabaron la ronda de prácticas y se fueron a la casa club a comer algo. Fue entonces cuando Palmer se levantó a lavarse las manos y escuchó a lo lejos a Hogan comentarle a los otros dos compañeros de partido: «Y este chico, ¿cómo es que ha entrado en el Masters?». Imagínense cómo jugó aquel día Palmer…
La historia la ha contado Phil Mickelson, que la escuchó de boca del propio Palmer. «Arnie me dijo que Hogan aquel día jamás lo llamó por su nombre, ni Arnold, ni Arnie, que siempre le decía «chico» y que eso no le gustaba, lo enfurecía. De hecho, fue lo que más le motivó para intentar ganar el Masters y demostrar qué clase de jugador era», cuenta Phil. Trece días después de esa ronda de prácticas con Ben Hogan, un 6 de abril, Palmer conquistó el primer Masters de su carrera, su primer Grande.



