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Masters de Augusta | El consejo de Watson en el 12 y la lección de Nicklaus

La conexión con Watson y Nicklaus y un mal fario enterrado

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Rory McIlroy, junto a su padre, tras ganar el Masters.
Rory McIlroy, junto a su padre, tras ganar el Masters.

Rory McIlroy ganó su segundo Masters consecutivo y, después de hacerlo, contó tres historias de las que suceden en la trastienda y que, en cierto modo, ayudan entender cómo se construye una victoria así en Augusta National. Una nace en el tee del 12 y se la enseñó Tom Watson hace ya muchos años. Otra la fue aprendiendo de Jack Nicklaus, a base de escuchar cómo preparaba los Grandes. Y la tercera tiene que ver con su familia, sus padres y una superstición que sobrevoló el torneo durante meses y que este domingo quedó definitivamente enterrada.

McIlroy admitió que uno de los golpes decisivos del torneo fue el del hoyo 12, seguramente el punto más delicado de Amen Corner cuando sopla el viento y todo parece cambiar de un segundo a otro. Ahí recurrió a una enseñanza muy concreta. “Jugué una vuelta de prácticas con Tom Watson en 2009, y me dijo en el tee del 12 que él siempre esperaba hasta sentir de dónde debía venir el viento y entonces pegaba. Ya sabes, pegar en cuanto puedes”. Eso fue exactamente lo que hizo Rory este domingo. Esperó, tuvo paciencia y, cuando sintió la dirección correcta, ejecutó. “Chequeé el viento, miré las banderas, pero no pegué hasta que no lo sentí en mi cara. Sabía que era un tres cuartos de hierro 9 perfecto”, explicó. El golpe salió, aguantó la tensión y acabó siendo, en sus propias palabras, “un golpe enorme, enorme”.

No fue casualidad. McIlroy explicó también que había afrontado toda la semana con una preparación distinta, mucho más profunda, casi como si Augusta fuera ya una extensión de su propia casa. Y ahí aparece Jack Nicklaus. Rory llevaba tres semanas entrenando en el campo y reconoció que una parte de su plan nace de lo que el Oso Dorado le había contado tantas veces sobre cómo preparar los majors. “Creo que, cuando he hablado con Jack Nicklaus a lo largo de los años sobre cómo preparaba los grandes, él iba la semana anterior y simulaba un torneo. Jugaba una bola durante cuatro días, hacía vueltas, y así, cuando llegaba al torneo, era como algo natural para él. Eso hice yo”.

McIlroy tomó nota e intentó reproducirlo en Augusta. No se limitó a jugar vueltas de práctica, sino que buscó competir contra el campo antes de que empezara el campeonato de verdad. “Llegar pronto a las sedes, hacer la preparación, jugar. Y no simplemente jugar y mirar cosas, sino jugar de verdad. Salir con una sola bola, hacer resultado e intentar hacerlo de esa manera”. El plan le dio una familiaridad decisiva con el recorrido. “Sentía que, pegara donde pegara en el campo, más o menos sabía qué hacer. Sabía dónde fallar. Me siento bastante cómodo con todos los golpes alrededor de green”.

Y luego está la parte más íntima, la más emocional, la que conecta con el Rory que el año pasado completó el Grand Slam sin sus padres en Augusta. McIlroy reconoció que, después de aquella victoria, lo primero que quiso hacer fue volar a casa para verlos. Esta vez sí estaban allí. “Tuve que convencerlos para que vinieran este año porque pensaban que la razón por la que gané el año pasado era porque ellos no estaban aquí”.

La superstición estaba ahí. El pequeño mal fario también. Pero McIlroy lo rompió por derecho. “Lo dije en el putting green: me alegra que hayamos demostrado que eso no era verdad, así que pueden seguir viniendo todo lo que quieran”. La frase retrata perfectamente lo que significó para él esta segunda Chaqueta Verde: no sólo volver a ganar, sino hacerlo con sus padres a su lado, compartiendo el momento que un año antes se habían perdido. “Es muy bonito tenerlos aquí”, dijo Rory. “Tengo muchas ganas de celebrarlo con ellos esta noche”.