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El Grand Slam no era el destino

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Rory McIlroy, en la rueda de prensa © The Masters
Rory McIlroy, en la rueda de prensa © The Masters

Rory McIlroy regresa a Augusta con la serenidad del campeón y el poso de quien ha completado el círculo. Doce meses después de enfundarse por primera vez la Chaqueta Verde, el norirlandés compareció en la sala de prensa del Masters con un discurso más reflexivo que eufórico, más humano que ambicioso, pero sin perder el hambre competitiva. El número dos del mundo dejó titulares profundos, cargados de emoción y perspectiva, en una intervención que mezcló familia, legado, presión y futuro. Y sobre todo, desveló que después de tantos años buscando el Grand Slam, ha descubierto que no era el destino, sino que lo importante era disfrutar del camino…

«Es absolutamente increíble. No puedo creer que haya pasado un año desde que estaba sentado aquí intentando asimilarlo todo. Poder volver y hacer esta rueda de prensa con la Chaqueta Verde puesta sienta realmente bien», arrancó McIlroy, aún con ese brillo especial en los ojos que sólo provoca Augusta.

El norirlandés explicó cómo ha vivido estos últimos doce meses, con el trofeo viajando por el mundo y una sensación constante de asombro: «Han sido 12 meses increíbles, llevando este trofeo por todo el mundo, viendo la emoción en la cara de la gente cuando lo ve, la emoción que sigo sintiendo al ponérmelo». Y, ya centrado en la semana, desveló uno de los momentos más especiales: «Pude jugar con mi padre el domingo aquí en Augusta, y eso fue algo muy especial para los dos».

Más allá de lo emocional, McIlroy dejó una de las reflexiones más potentes de toda la rueda de prensa al hablar del famoso Grand Slam: «Pensaba que el Grand Slam era mi destino, y cuando llegué allí me di cuenta de que no lo era. Te crees que cuando consigues algo así vas a ser plenamente feliz, pero la meta se sigue moviendo y siempre aparece algo más que perseguir». Una frase que resume perfectamente el momento vital del jugador.

Esa liberación también se ha traducido en una nueva forma de afrontar el Masters. Sin la losa histórica sobre los hombros, Rory llega diferente: «Durante 17 años no podía esperar a que empezara el torneo. Este año, sinceramente, no me importaría que no empezara nunca. Esa es la diferencia», reconoció entre risas, antes de añadir: «Me siento mucho más relajado. No me hace menos ambicioso, pero sí cambia la manera de vivirlo».

En lo puramente deportivo, McIlroy no se esconde. Sabe dónde está el reto: «Probablemente lo más difícil de defender el título son los otros 90 jugadores. No será el field más grande, pero sí el más fuerte, con muchísima experiencia en este campo». Y también tiene claro dónde puede mejorar: «El año pasado me sentí incómodo en algunos golpes desde el tee. Este año voy a ser más agresivo; si voy a fallar igual, prefiero hacerlo con el driver y darme opciones de birdie».

Uno de los momentos más emotivos llegó al hablar de su entorno más cercano, especialmente de su caddie Harry Diamond: «Como hijo único, él ha sido como el hermano mayor que nunca tuve. Por eso me emociona tanto hablar de ello”» Y, por supuesto, de sus padres, pilares de todo: «Mi madre trabajaba turnos de noche y mi padre tenía varios empleos. Hicieron muchos sacrificios para que yo pudiera perseguir mi sueño. Esa ética de trabajo es lo que más me han inculcado».

Fuera del golf, McIlroy también dejó claro qué es lo que realmente le llena ahora: «Ver crecer a mi hija es lo que más felicidad me ha dado. Poder llevarla por el mundo y darle una vida que yo sólo podía soñar a su edad es algo increíble».

Ya con la vista puesta en el futuro, el campeón de Augusta dejó una idea que define su nueva mentalidad: «Lo importante es disfrutar del camino. Eso es lo que he aprendido. Porque cuando llegas a donde querías llegar, te das cuenta de que el viaje es lo verdaderamente importante». Ese camino pasa hoy por ejercer de anfitrión en la famosa Cena de Campeones del Masters, que hace un año casi le dejó sin aparcamiento cuando fue a tomar algo al club de Augusta con Justin Rose.

«He pensado mucho en ello, sinceramente probablemente más que en el menú. Quiero decir las palabras adecuadas y transmitir lo agradecido que estoy por formar parte de este grupo de leyendas». McIlroy confesó además que buscó un equilibrio en la propuesta gastronómica: «Quería hacer algo que me gustara a mí, pero también algo que todos los demás pudieran disfrutar. Me preguntan por qué no lo hice más irlandés, y es porque yo también quiero disfrutar la cena», explicó entre risas, destacando además el acceso a la exclusiva bodega de Augusta como uno de los grandes alicientes de la experiencia.

McIlroy vuelve a Augusta sin cargas, pero con más experiencia que nunca. Y eso, en este campo, suele ser una combinación ganadora.