
Ocurrió lo que nadie, o casi nadie, podía imaginar. Scottie Scheffler abrió la puerta del PGA Championship. Quitó el pestillo, giró el pomo y la dejó entornada. Después, claro, había que tener los arrestos y el golf para terminar de empujar la hoja y meterse. No lo hizo DeChambeau, ni Noren, ni Si Woo Kim, ni Poston, ni Riley, ni Fitzpatrick. El único que pudo fue Jon Rahm. El de Barrika entró con los dos pies y hasta llegó a acariciar con la punta de los dedos una de las asas del Trofeo Wanamaker.
Durante un cuarto de hora hubo Grand Slam español. Duró exactamente 14 minutos. Entre las 22.48, hora peninsular española, y las 23.02. Es el tiempo que pasó entre dos putts de birdie, el de Jon en el 11 y el de Scheffler en el 10. Ahí Rahm puso a todo un país a soñar. Logró que pareciera viable una misión absolutamente imposible. Se situó en el liderato empatado con -9. El primer PGA español de la historia, a tiro. Había que creer. Jon, una vez más, nos había convencido a todos.
No fue un arranque desatado de ronda de Rahm. Más bien al contrario. Fue haciendo pares, jugando ordenado, pero sin proporcionarse opciones de birdie. Ni siquiera fue capaz de aprovechar lo que parecía una obligación, el par 5 del hoyo 7. No estaba haciendo nada del otro mundo, pero resulta que Scheffler había decidido mostrar su cara más humana. Pasó los primeros nueve hoyos con un parcial de +2 en el día… y gracias. Jon olió la sangre y se lanzó a la yugular.
Sacó el birdie en el 8 con un gran chip y sumó dos más en el 10 y 11. El primero con otro gran approach de mucha calidad y el segundo con un súper putt marca de la casa. De los que se recuerdan en las victorias. La siguiente hora de juego fue crucial. Jon tuvo opciones de birdies en el 12 y en el 13. Aún se preguntan todos cómo no cayó al agujero la del 13. Parecía inevitable. Pura gravedad. Pero burló el borde izquierdo de manera insolente.
Jon no daba crédito, pero todavía estaba en la batalla por ganar el PGA, por cerrar el Grand Slam español. «Tuve la oportunidad de verme líder del torneo y estuvo muy bien. No es fácil disfrutar en una situación así, pero yo lo he conseguido», aseguraba al acabar. Se le veía sonriente, feliz, paladeando el momento, transmitiendo su habitual seguridad. No era una alucinación. De pronto, el vizcaíno había pasado a ser el gran favorito.
El PGA Championship se escapó definitivamente en los hoyos 14 y 15. El par 4 corto y el par 5. Eran dos birdies (como mínimo) de obligado cumplimiento para seguir apretando a Scottie. Rahm hizo lo más difícil. Los jugó de libro de tee a green, pero falló en la suerte de matar. Una discreta sacada de búnker en el primero, unida a un error de lectura en el putt y el peor putt del día en el segundo lo dejaron compuesto y sin birdies. Sin PGA. Estaba sólo a un golpe de Scheffler, pero al Número Uno del mundo le quedaban por jugar esos mismos hoyos. No los perdonó.
La Milla Verde se cebó de manera injusta con Jon. Recibió un revolcón demasiado cruel. No jugó bien, es cierto, falló la salida del 16 y no hizo la recuperación desde el búnker, pegó el peor tiro del día en el 17 y terminó en el agua y se volvió a mojar en el 18. Parcial de cinco más en tres hoyos. Se había ganado la segunda posición, pero acabó octavo. No le hace justicia. Su parcial en la Milla Verde es de +18 en tres visitas. Aún no lo ha jugado bajo par en una ronda.
Rahm ha logrado el tercer top 10 de su carrera en el PGA Championship. Ya tiene al menos tres en los cuatro Grandes. Son once en 34 apariciones. Se dice pronto. Pero lo más importante es que de nuevo hizo soñar a todo un país con la posibilidad de lograr algo imposible. El Grand Slam debe esperar. Con tipos como Jon Rahm es inevitable pensar que antes o después acabará cayendo. Quien no crea en él tiene un problema.


