
Viajamos en el tiempo 29 días. Nos situamos en el 14 de abril. Domingo. Domingo de Masters, para más señas. Jon Rahm sale de Augusta tras firmar una última tarjeta de 69 golpes, la mejor de la semana. Ha terminado en el puesto 14º. No es ningún desastre, pero está lejos, muy lejos, de sus expectativas. Encadena ya cinco Grandes seguidos sin opciones de victoria en la última jornada, incluido el US Open de Pinehurst, que no jugó por una infección en el dedo del pie. Mucho tiempo. Una eternidad. Pues bien, saliendo de Augusta, le dice a una de las personas más cercanas de su entorno: «siento que estoy a punto de volver a ganar un Grande».
Rahm llega al PGA Championship de Quail Hollow y las señales que lo rodean no son las mejores. Ya hemos hablado de su racha en los majors, a lo podemos añadir que el PGA es el Grande que peor se le ha dado en los últimos diez años, el único donde no ha quedado primero o segundo y donde nunca ha sumado un top 3. Además, las cosas no le han ido nada bien en Quail Hollow. Ha jugado dos veces en el campo de Charlotte. En el PGA de 2017 pasó el corte, pero acabó muy abajo y en el Wells Fargo Championship de 2021 falló el corte. Añadimos una señal más. Su temporada hasta el momento no ha sido para tirar cohetes. Sí, no se baja del top 10 en LIV Golf, pero realmente nunca, salvo en el primer torneo de Arabia Saudí, ha estado realmente para ganar y en el Hero Dubai Desert Classic falló el corte.
Pues bien, pese a todo, «se viene algo Grande». Eso es lo que ha dicho hoy Rahm a los periodistas españoles desplazados a Carolina del Norte. Lo siente así. Es lo que le dice el cuerpo. Sus pobres resultados en Quail Hollow no lo minan, ya que le gusta el campo. Tiene la convicción de que puede hacerlo muy bien en esta propiedad. No mira con recelo al diseño de George Cobb, el mismo que asesoró en la construcción de los pares 3 de Augusta, sino más bien con sorpresa, con la seguridad del «ya te cogeré».
Respecto a las dudas con el swing, no se puede decir que se hayan marchado por completo. Asegura que le pegó muy mal a la bola en su último torneo de LIV Golf en Corea del Sur. «Me limité a ponerla en juego porque no estaba bien», asegura. De hecho, desde que terminó en Incheon hasta este lunes se ha encerrado a trabajar con Dave Phillips para tratar de arreglar esas malas sensaciones. No transmite preocupación. «Si tengo que decir algo en lo que me estoy centrando más, sería en quitarme algunos malos hábitos del swing. Pero estoy viendo el progreso y cómo va mejorando cada día. Si tengo que poner más atención en algo, sería en el swing —aunque no es mucho. Dave siempre dice que tiene que encontrar unas 40 formas diferentes de decirme las mismas tres cosas sobre mi swing, porque suelo ser bastante consistente. A veces solo se trata de escuchar o sentir algo de forma distinta para lograr lo mismo», asegura.
Al final del todo, se trata de confianza. Rahm no sólo está convencido de que puede ganar un Grande cualquier semana, sino que está convencido de que puede ganar incluso sin estar jugando su mejor golf. Eso es decir mucho. Esa personalidad arrolladora le permite tener la convicción a martes de que se viene algo grande, a pesar de que los síntomas no son los mejores.
Desde luego, no será por falta de motivación. Le sobra. «Sigo deseando ser el mejor jugador del mundo. No quiero que suene arrogante, aunque los vascos siempre sonamos un poco arrogantes, pero es la verdad. Es lo que quiero ser. Y sé que está semana se podría cerrar el grand slam español (ya se han ganado el Masters, US Open y Open y sólo falta el PGA) y que sería el primero que gana tres desde Seve. Todo eso me hace mucha ilusión», señala.
A confianza y motivación, pocos o ninguno ganan al de Barrika. Por eso lo de se viene algo grande. Que así sea, pues.


