Inicio Blogs Firma Invitada Una mente maravillosa: sobre Broadie, los ‘Strokes gained’ y el instinto
QUÉ OCURRE CUANDO DEJAMOS DE PODER ENGAÑARNOS SOBRE POR QUÉ FALLAMOS Y EL JUEGO MODERNO ESTÁ ATRAPADO ENTRE EL DATO Y EL INSTINTO

Una mente maravillosa: sobre Broadie, los ‘Strokes gained’ y el instinto

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De todos los demonios que nos acompañan en el golf, como proyección de lo que suele ser la vida misma, hoy el que ha dado un paso al frente y llamado a mi puerta es de Laplace. Cuando la abro me encuentro con esa inteligencia superior, omnisciente, que con la información suficiente sería capaz de predecir el futuro, sin ningún desvío, sin ningún error y sin ninguna sorpresa. Sería ese observador perfecto que lo sabe todo y, por ende, se convierte en un ángel negro que nos hace pensar que todo puede entenderse y controlarse. Extraño compañero de reflexiones por lo que, para poder seguir con este relato, prefiero cerrar la puerta con determinación, aunque sin llegar a ese portazo que todos alguna vez hemos deseado dar para salir huyendo de historias sin nombre e imposibles.

Si hay algún ámbito donde esta forma de entender el mundo no existe ese es el golf donde el error tiene una forma particular de aparecer porque no irrumpe ni es evidente y por eso, a veces, puede resultar incluso cruel. Imagina un golpe que, sin llegar a tener el potente sonido que producía el swing de Boom Boom Couples, en la fiesta de los sentidos tampoco suena mal al contacto y parece correcto durante los segundos necesarios para recoger el tee. La bola vuela recta y define una trayectoria limpia que es, a su vez, la obvia consecuencia de un gesto sólido. Fácil de visualizar, ¿verdad? Solo más tarde, cuando empieza a caer, se revela lo que siempre estuvo ahí y que se traduce en un pequeño desvío, quizás tan sólo un metro de más, pero en el lado equivocado.

Por eso el golf, más que un juego de aciertos, es una acumulación de errores mal entendidos. Seguramente, Palmer habría necesitado añadir algo más fuerte al té con limón que tomaba habitualmente para destrozar no solo las estadísticas, como hizo con su juego, sino la propia paradoja que el popularizó cuando sostenía que el golf es engañosamente simple y desesperadamente complejo.

Durante mucho tiempo, nadie pareció especialmente interesado en entender mejor esos errores y en consecuencia poder, cuando menos, explicarlos. Sin embargo, a principios de los años dos mil, en un despacho de la Columbia Business School, – universidad que, por cierto, nunca ha sido la fábrica de grandes golfistas, pero sí de algún que otro “Martin”, como Rychy Werenski- Mark Broadie, trabajaba en otra clase de problemas como profesor especializado en gestión del riesgo, métodos numéricos y simulaciones.

Su día a día profesional giraba en torno a modelizar la incertidumbre en mercados financieros que muchos asemejan al ejercicio que haría un mono con una bola de cristal.

Extrañamente, su obsesión no era el golf sino la incertidumbre. No era un golfista de los de toda la vida que buscan desesperadamente el santo grial que les haga jugar mejor, sino que lo que intentó primero fue entender el golf. En sus modelos primigenios no había número de calles cogidas o de putts por vuelta, pero sí incertidumbre, mercados que no se comportan como deberían, decisiones que se toman sin conocer todas las variables y, sistemas donde el resultado rara vez depende de un único factor.

Broadie en algún momento de máximo rendimiento de sus ondas gamma cayó en la cuenta de que éste era, en esencia, el mismo tipo de problema que el golf llevaba décadas sin saber formular. Él no llegó al golf buscando cambiarlo sino como llegan algunos investigadores a un fenómeno lateral, con una incomodidad difícil de ignorar. Como Einstein cuando vio que la luz no encajaba con la física clásica, él se percató de que, por aquel entonces, las estadísticas y métricas del golf que usaba el PGA basadas en un triunvirato calles cogidas, greenes en regulación y número de putts no explicaban lo que decían y pretendían explicar.

En definitiva, él concluyó que el golf es fácil de medir en resultado (léase golpes), pero muy difícil de descomponer en causas reales del rendimiento, y para eso se necesita medir cada golpe en contexto, como si fuera una canción de Camarón, “de dónde viene y a dónde va”, porque no es lo mismo llegar siempre desde la calle y pegar hierros controlados que vivir en el rough y salvarte con magia. Y si no, comparen a Faldo versus Mickelson, el Lefty por excelencia.

Otros dos jugadores como David Toms y John Daly podían compartir números similares y, sin embargo, jugar de formas radicalmente distintas. No era una cuestión de talento. Era una cuestión de medición. Y lo que no se mide bien, en cualquier disciplina, tiende a malinterpretarse y, ya me habrás leído en otra ocasión, que lo que no son cuentas son cuentos. El marcador solo suma y no distingue entre quien construye y quien se dedica a improvisar.

Lo que siguió no fue una revolución visible y tampoco hubo un momento inaugural para este paso del ábaco a la calculadora financiera facilitado por el joven profesor de Columbia. Durante varios años, Broadie hizo algo que, visto desde fuera, apenas tiene narrativa y mucho menos glamour: sencillamente recopiló datos, los ordenó, los comparó y les pidió que dijeran algo que hasta entonces nadie les había pedido.

El golf llevaba muchos años produciendo ese oro líquido que ya para tantas empresas son los datos, pero tuvo que ser Broadie el que tallara la joya del conocimiento. Lo que apareció al pulir esa joya fue un concepto difícil de ignorar y que ahora está en boca de todos los entendidos (y los no tanto), de este simplemente complejo deporte y es el concepto de “strokes gained” como forma de medir cuánto mejor o peor ejecutas un golpe respecto de lo esperado.

Millones de golpes después, el golf empezó a parecer menos un juego de ejecución perfecta y más un sistema de decisiones bajo incertidumbre. No todos los errores pesaban igual ni todos los aciertos cubicaban lo mismo por mucho que antes un putt de un metro durante años se contara exactamente igual que un drive de 280 metros. El juego corto seguía importando, pero ya no explicaba la historia ni, por tanto, la victoria. La verdadera diferencia estaba en todo lo que ocurría antes de llegar a green. Cada posición en el campo contenía una expectativa. Cada golpe, una desviación respecto a ella. Fue en el 2011 cuando Broadie puso nombre a esa incomodidad en un estudio que cambiaría la forma de medir el golf: ”Assessing Golfer Perfomance on the PGA TOUR”. Sin embargo, el lenguaje del golf no estaba preparado para esa idea.

Cuando en 2014 el PGA Tour empezó a integrar estas métricas, no lo hizo como quien adopta una teoría revolucionara sino como quien descubre una herramienta demasiado útil como para poder ignorarla. El impacto fue, en muchos sentidos, silencioso. No hay una imagen clara de ese cambio. No hay un antes y un después que pueda quedar grabado para los anales de la historia. Sin embargo, la idea empezó a filtrarse lentamente en los lugares donde realmente cambian las cosas, en la elección de un objetivo, en la renuncia a un golpe agresivo, en la aceptación de un error probable. El golf dejó de ser únicamente un ejercicio de precisión y se convirtió, también, en un ejercicio de gestión.

Años más tarde vieron la luz herramientas y funcionalidades que llevan esa lógica fuera de los circuitos profesionales. Lo que antes requería acceso a datos exclusivos empezó a aparecer en teléfonos móviles, discretos relojes inteligentes y en recomendaciones que llegan antes de cada golpe y no precisamente de la mano de quien te lleva la bolsa.

Todos los jugadores a los que tradicionalmente nos ha guiado la intuición, las sensaciones, la memoria, en la mayoría de las veces selectiva, o la ayuda de un caddie experto, concienzudo y objetivo, empezamos a vernos confrontados con una versión más precisa, por supuesto, menos indulgente de nuestro propio juego.
Lo que la inteligencia artificial introduce ahora no es tanto una mejora como una consecuencia. Si cada golpe puede medirse, y cada decisión puede evaluarse, el siguiente paso -que ya está llegando, por cierto- es evidente y será sugerir estrategias y golpes concretos sobre la base de modelos construidos y personalizados con la precisión que antaño se atribuía a los relojes de maquinaria suiza.

El circuito ya ofrece escenas que parecen sacadas de ese futuro. Jugadores como Collin Morikawa o DeChambeau, paradigmas del golf analítico, llegan a situaciones en las que la decisión óptima está prácticamente definida antes de ejecutar el golpe. La estadística no deja espacio para la duda. Y, sin embargo, el resultado no siempre responde a esa lógica. Porque el golf, incluso ahora, se resiste a convertirse en un sistema predecible y cerrado.

En una conversación que mi adorado Rory tuvo a bien mantener en la señalada fecha de un cumpleaños que iba a celebrar de forma casera (seguramente como contrapunto a los diez días de intensa juerga post segunda victoria en Augusta) con los hermanos Kelce, dos exjugadores de futbol americano, en el podcast New Heights, dejaba caer, entre veras y bromas, la idea de que el golf moderno parece debatirse constantemente consigo mismo. Es un axioma que las estadísticas ayudan, pero no conviene vivir ante ellas en la misma postura con la que recibió su primera victoria en el Masters. En algún momento, el jugador tiene que cerrar la ventana de puro dato y volver a fiarse de algo mucho más antiguo: su habilidad, el instinto y la confianza.

El futuro Sir Rory Mcrlloy (y no se lo auguro por aprecio sino por apreciación) tiene meridiano que las métricas pueden orientar una decisión, pero no pueden ejecutar el golpe por ti, aunque eso tenga el contrapunto de que el error tampoco pueda ya esconderse fácilmente en la duda, porque el jugador ya siempre va a tener más a tiro la decisión óptima que el propio hoyo. Por eso el golf moderno vive en una tensión extraña ya que cuanto más aprende a medirse, más miedo aparece a perder aquello que nunca supo calcular del todo.

Broadie tiene 65 años y sigue trabajando en su despacho (otro ejemplo más de quien enarbola en su día a día la bandera contra el edadismo, por cierto). Su campo de estudio continúa siendo, en gran medida el mismo y es cómo toman decisiones las personas cuando no tienen toda la información.

Él enseñó que el juego se entendía peor de lo que se creía y Rory nos recuerda con sus palabras -y, sobre todo, con sus acciones- que hay golpes que siguen sin poder explicarse solos y que eso es el racional de la eterna dicotomía entre probabilidad versus imaginación, o, lo que es lo mismo, la tensión entre el dato y el instinto.

Cuando más se siga entendiendo y midiendo el golf más va a costar igualmente creer en la magia. El futuro del golf no va a consistir en un deporte totalmente optimizado, donde la decisión automatizada perfecta garantice resultados inmediatos, porque eso sería tan imposible como recuperar los millones invertidos en el LIV. Con los años vamos a tener que asumir que hay golpes que no caben enteros en una estadística y que el atractivo de la competición dependerá, precisamente, de esa mezcla de miedo, intuición y confianza con la que los jugadores nos enfrentamos cada ronda a una bola inmóvil. Y en ese escenario, el desafío no será solo ejecutar un buen golpe e invocar a quien quiera que sea para que vaya acompañado de un resultado coherente, sino que será aceptar, con una claridad nueva, que incluso cuando sabemos exactamente lo que habría que hacer seguimos siendo profundamente humanos a la hora de intentarlo.