Keegan Bradley volvió a pisar Aronimink y automáticamente regresó a uno de los momentos más importantes de toda su carrera. No fue su histórico PGA Championship de 2011 como rookie en el Atlanta Athletic Club, sino aquella victoria de 2018 en el BMW Championship, en el recorrido que ejerce esta semana de sede del segundo Grande del año y que le devolvió la esperanza cuando más perdido estaba. «Estaba en un lugar realmente oscuro con el putter, y aquí tuve el primer destello de esperanza», confesó el estadounidense en la previa del torneo que arranca este jueves.
Bradley, uno de los grandes nombres del golf americano en la última década y último capitán del equipo estadounidense de la Ryder Cup, habló con una sinceridad brutal sobre lo que supuso aquel triunfo. «No sabía si volvería a ganar en el PGA Tour«, reconoció. «Y de repente gano aquí, con mi familia, con mi hijo Logan todavía siendo un bebé corriendo al green… Fue un sueño», recordó.
Pero más allá del trofeo, lo que realmente le marcó fue cómo reaccionó bajo presión después de años de dudas: «Recuerdo pensar en los últimos hoyos: ‘No puedo creer lo tranquilo que estás’. Y eso no es algo que me diga a mí mismo muy a menudo».
Aquel domingo dejó además una imagen imborrable en su memoria. Bradley lideraba el torneo y, desde el green del 8, levantó la vista hacia el 10 y vio a Tiger Woods vestido de rojo y negro, a un solo golpe de distancia. «Pensé: ‘Esto es una locura. Estoy otra vez aquí y mi ídolo viene detrás intentando alcanzarme'». Para Bradley, aquello significó mucho más que una simple victoria: «Estaba orgulloso de haber vuelto a ponerme en esa posición».
El estadounidense también se abrió sobre las secuelas emocionales que todavía le dejó la última Ryder Cup en Bethpage. Aunque aseguró sentirse mejor, admitió que sigue arrastrando pensamientos difíciles. «Todavía voy conduciendo y de repente me vienen cosas a la cabeza. Pienso en cosas que hice o que me gustaría haber hecho diferente», explicó.
Poco a poco siente que vuelve a reconocerse como jugador. «Estoy empezando a sentirme más yo mismo. Estoy jugando mejor y me siento más separado mentalmente de Bethpage«, aseveró. Y aunque durante mucho tiempo quiso apartarse emocionalmente de todo lo relacionado con la Ryder, ahora vuelve a ilusionarse con disputar una más: «Qué historia sería jugar la Ryder Cup en Irlanda con 41 años… Me encantaría jugar para Jim Furyk«.
Bradley habló también con enorme emoción sobre lo que significa el PGA Championship para él, no sólo como campeón, sino por sus raíces familiares. Su padre fue profesional PGA y quien le introdujo en el golf: «La PGA de America ha sido muy importante en mi vida. Mi padre me enseñó este deporte y me dio la oportunidad de practicar desde pequeño».
Precisamente por eso considera especial la identidad de este major: «El PGA Championship no tiene agenda. En el US Open quieren hacerlo extremadamente difícil, casi injusto. En The Open manda el clima y el Masters es simplemente el Masters. Aquí sólo quieren organizar un gran torneo y creo que lo hacen increíblemente bien».
Sobre Aronimink, Bradley avisó de que todo girará alrededor de los greenes Donald Ross. «Tienes que ser extremadamente preciso. Hay hoyos donde puedes dejarla a cuatro metros de bandera y la bola acabar rodando fuera del green», detalló. Señaló especialmente el hoyo 11 y el 17 como dos de los grandes jueces del campeonato: «El 17 es brutal. Desde el nuevo tee prácticamente parece un par 4».
Pero quizá el momento más humano y entrañable de toda la comparecencia llegó cuando recordó cómo celebró su PGA Championship de 2011. Una historia tan absurda como maravillosa: «Salimos del Atlanta Athletic Club con el Wanamaker en mi regazo pensando: ‘Esto es una locura’. Intentamos buscar unas cervezas, pero estaba todo cerrado. Así que terminé cenando Bud Light y cereales».
Bradley todavía conserva aquella foto en casa. «Fue la mejor comida de mi vida», dijo entre risas. «Un minuto antes era un rookie y al siguiente era campeón de un major. Me desperté al día siguiente, miré el trofeo junto a mi cama y pensé: ‘No puedo creer que esto sea real'», recordó.
Con 39 años, muchas cicatrices emocionales y la sensación de haber sobrevivido a algunos de los momentos más duros de su carrera, Bradley vuelve a Aronimink convertido en un jugador distinto. Quizá más vulnerable. Quizá más humano. Pero también más agradecido que nunca por seguir teniendo opciones de volver a pelear por un major.


