
Darren Clarke tocó fondo el pasado 2 de abril. Empezaba la tercera ronda del Trofeo Hassan II como líder empatado con otros cuatro jugadores. Sin embargo, el sábado se le salía la cadena. Firmaba 81 golpes, incluidos dos triples bogeys y un doble bogey. Mucho castigo para el norirlandés. Demasiado…
Hundido, Clarke se planteó incluso renunciar al golf profesional y empezar de cero una nueva vida. No le salían las cosas. Estaba desesperado. Pero aquí entró en acción Andrew 'Chubby' Chandler, el agente más famoso del golf en estos momentos, en cuya cartera están, por ejemplo, los tres últimos ganadores de Grandes y Lee Westwood, Número 2 del mundo.
Chandler charló detenidamente con Clarke para que reflexionara. Le recomendó que se tomará unas largas vacaciones, que reseteara, que hiciera examen de conciencia y que volviera a la acción cuando estuviera fresco de nuevo.
Así fue. A las dos semanas de regresar a la competición ganaba el Iberdrola Open en Pula y hoy es el actual vencedor del British Open. De este modo, de la noche al día, puede cambiar la vida de un golfista profesional. Es la delgadísima línea entre el éxito y el fracaso.
Clarke ha pasado en poco más de tres meses de pensar en la retirada a pasar toda una noche sin quitar ojo a la Jarra de Clarete. La fiesta fue muy larga el domingo en Sandwich. Apenas media hora antes de la rueda de prensa que ofreció ayer, el día posterior a la victoria, aún estaba apurando la última Guiness.
Y es que el norirlandés tiene mucho que celebrar. No sólo ha ganado el torneo más emblemático, también se ha embolsado casi tres millones de libras esterlinas. 900.000 corresponden al premio como ganador del torneo y dos millones es el bonus que le paga Dunlop, su marca de ropa, según el acuerdo que firmaron en 2005 y que tiene una validez de diez años. Davod Howell y Lee Westwood tienen ese mismo contrato.
Clarke, famoso por su generosidad, ha pillado un buen pellizco para seguir invirtiendo en coches de alta gama y caballos de carreras, su gran pasión. Quién se lo podría haber imaginado aquella calurosa tarde de abril en Agadir, costa de Marruecos.


