Rory McIlroy se acostó el domingo a la una de la madrugada tras acabar segundo en el Scottish Open por detrás de Chris Gotterup. Lo último que hizo antes de dormir fue ajustar su alarma a las cinco de la mañana. Quería estar en Royal Portrush antes del alba. Tiene ganas de Open. Tiene ganar de Irlanda del Norte. Es el gran objetivo del año. ¿Por encima incluso de cerrar como hizo el Grand Slam en Augusta? Por encima… Ha jugado 18 hoyos sin tanto público y se ha ido a descansar. Primera prueba superada.
«Es la semana marcada en rojo desde enero por encima del Masters y sí, admito que es bestial poder estar aquí con la Chaqueta Verde. Eso sí, decir no que tengo presión… Para nada. Siempre hay presión. Quiero ganar. Llego bien. He tenido la preparación correcta. Vamos a por ello», aseguraba este lunes en el primer encuentro de la semana entre un jugador y los periodistas acreditados en este fascinante paraje situado a unos kilómetros de la imponente Calzada de los Gigantes.
Rory ya jugó el Open de Portrush en 2019 y no pasó el corte. Aquello fue un varapalo, pero tiene una idea bastante nítida de lo que ocurrió. Está convencido de que dónde estuvo el error y no está por la labor de repetirlo. «Sencillamente no estaba preparado para la emoción que sentí allí, me sobrecogió, me superó. El camino al tee del 1 fue impactante. No lo esperaba. Sabía que estábamos en Irlanda del Norte y que los aficionados me tienen aprecio, pero prometo que no esperaba tanto cariño. La gente estaba como loca porque yo ganara el Open y, de pronto, me bloqueé. Me pasó todo eso por encima», asegura. A McIlroy le atropelló un camión emocional.
De pronto, Rory se sintió en la obligación de no decepcionar a todo ese público. Era demasiada carga. No pudo con ella. «Me equivoqué a la hora de abordar todo aquello. Decidí aislarme del ambiente, hice un esfuerzo para pensar que aquello no iba conmigo, me metí en una burbuja y hoy estoy seguro que fue un error. Este año no voy a hacer eso, sino todo lo contrario. Pienso involucrarme con el ambiente, abrazarlo, sentirlo y disfrutarlo. Uno de los objetivos que escribí en enero fue disfrutar más, dentro y fuera del campo de golf. Para hacerlo me fijo mucho en Shane Lowry. Es mi guía en esto. Esta semana es lo que tengo que conseguir. Disfrutar de todo ese apoyo, del ambiente», señala. Sin duda, es lo que logró el propio Lowry cuando ganó en 2019.
McIlroy ha jugado 18 hoyos a primera hora de la mañana con una pequeña interrupción por tormenta eléctrica. Necesitaba entrenar el campo porque asegura que no lo ha jugado desde 2019. Se pueden hacer una idea del tsunami que supuso en su cabeza fallar aquel corte. Rory ha decidido no fustigarse con lo que ocurrió aquel fatídico jueves en el que hizo 79 golpes y se pudo el corte imposible. «No recuerdo nada de ese día. Prefiero recordar el 65 del día siguiente, como ese tiro en el 14, atardeciendo, con un hierro 6 y la ovación del público cuando luchaba por jugar los cuatro días. No sé por qué razón, pero ese es el principal recuerdo que tengo de aquel día», decía la versión más lírica del norirlandés.
Lo otro que recuerda perfectamente de Portrush es cuando hizo 61 golpes con 16 años y batió el récord del campo. Fíjense si la memoria de los golfistas puede llegar a ser selectiva que el trazado ha cambiado bastante desde entonces y Rory sigue recordando mejor aquel Portrush de 2005 que el de ahora. «Todavía tengo discusiones con Harry (su caddie). Le dijo: ese hoyo no es, ahora toca el 10, y me dice, es que ese es el hoyo 10 y no el 12 como tú piensas…».
McIlroy sabe que está ante su gran semana. Es el hombre a seguir. El nombre propio principal. Todas las miradas están clavadas en él. Lo sabe y no le preocupa. Lo asume y lidia con ello. Tiene algo a su favor. Viene de jugar muy bien en el Scottish Open y tiene muchas ganas de superar este reto. Ha activado un modo parecido al del Masters de Augusta. Es mi desafío y me enfrento a él en lugar de cogerle manía. Más o menos es lo que le ocurrió en las semanas después de ganar el Grand Slam Career. Cayó en una especie de depresión al comprobar que el deporte profesional de máxima élite se detiene mucho menos en los éxitos que en los siguientes desafíos. «Caray, apenas han pasado diez semanas desde que gané el Grand Slam y parece que ha pasado un mundo, que ya casi nadie se acuerdo. Pero esto es así. Es nuestra manera de vivir y lo acepto, aunque me costó después del Masters. Ahora sí, es el Open y vamos a por ello».
En cuanto a la preparación, deslizó una clave muy interesante de este Royal Protrush. Una diferencia respecto a otros links. «Los otros campos de la rotación del Open te ofrecen dos posibilidades desde el tee: puedes pegar el driver, apostar por la distancia y arriesgar a caer en un búnker, o pegar un hierro, salir corto y dejarse un golpe más largo evitando los búnkers. Aquí no. Me encanta cómo están dispuestas las trampas de arena. Si pegas un hierro 2 te está esperando una y si pegas el driver te espera otra. Así que elijas lo que elijas, lo importante es comprometerte con el golpe», remarca.



