
¿En qué momento comienza a escribirse una leyenda? Cuando Rory McIlroy finalice su carrera a mediados del Siglo XXI (quizá sea así literalmente, como suena) se redactará el tomo definitivo…
Mientras tanto, su victoria en esta 111ª edición del US Open en Congressional ya es un capítulo de vital importancia.
Porque a sus 22 años el niño prodigio rompe el hielo de la gloria. Y además lo hace con la rotundidad de los elegidos, con una diferencia de ocho golpes sobre el segundo (hoy, 69 impactos para un acumulado de -16, 268 golpes, cuatro menos que el anterior récord absoluto en la historia del torneo). Padraig Harrington ha dicho esta semana que Rory superará los 18 'majors' de Nicklaus. Son palabras mayores que Tengolf, ya mismo, pone en cuestión. "Ay Paddy, Paddy, Paddy…", espetaba McIlroy cuando se lo comentaron.
Casi nadie dudaba hace tres años que Tiger lo conseguiría, y de largo. Hoy no parece tan claro. Muchos, de hecho, están convencidos de que la dictadura del Tigre es historia, de que no volverá a gobernar con la mano de hierro de antaño. Las carreras son largas y las situaciones y escenarios sorprendentemente variados.
Pero seguro que será apasionante el seguimiento y la constatación del reto que McIlroy tiene por delante. Su aval no es cualquier cosa. Esa manera de pasar siempre sin complejos a través de la bola, comprimiéndola hasta el límite físico que permiten los materiales, fulminándola de puro ritmo. Su golf, por momentos, detiene el tiempo en el equilibrio perfecto de su 'finish'. Así que cualquier sueño, en efecto, parece a su alcance.
El domingo de US Open lo 'mataba' el norirlandés con un birdie de manual en el hoyo 1. En ese momento, se esfumaron la mayor parte de los fantasmas que habían viajado durante la noche desde Augusta y que guardaban ordenadamente su turno en la fila para ir haciendo aparición…
Un putt incómodo de par en el hoyo 2, desde unos dos metros, remataba la puesta en acción sobresaliente de McIlroy. Casi puede decirse, mucho más a toro pasado, que desde ese momento la suerte del torneo estaba definitivamente echada.
Porque además, salvo un intento de Westwood de arrancar pronto la moto con birdie en el 1, nadie apretaba tampoco, dentro de lo que uno puede apretar viniendo desde ocho, nueve o diez golpes de distancia. De todos modos, conviene resaltar lo pronto y bien que McIlroy ha gestionado la debacle de Augusta. Queda demostrado que digirió el trauma con la misma naturalidad con la que se pone a patear.
Hay mucho más que analizar de esta última jornada y de la semana en general. La presencia del 'novato' Jason Day nuevamente entre los mejores, otra vez segundo en un 'major'. O la debacle americana, el papel de Sergio García… Tiempo tendremos. Pero hoy se impone este ejercicio de sincera pleitesía al nuevo Príncipe.
Y de profunda admiración por el golf norirlandés, que se ha apuntado los dos últimos US Open con dos baluartes, los two Mc's, que más que baluartes son reforzados arietes que derriban portones y murallas.
La afición norteamericana no suele tener complejos de ningún tipo para rendirse ante cualquiera que lo merezca, sea cual sea su pasaporte, y así lo ha vuelto a demostrar. Let's go, Rory, le han cantado a su paso. También hay que reconocer que no había ningún americano que pudiera hacerle sombra. Eso ayuda a la objetividad. No sentirá Rory semejante aliento dentro de quince meses en Medinah… Y ya que sale la Ryder a colación, podemos imaginarnos la media sonrisa de José María Olazábal ante la exhibición de McIlroy. Y ante el decidido retorno de Sergio al Olimpo.


