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‘terRORYfico’

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¿Quién accionaba el mando de la Play? ¿El mismísimo Tiger Woods en su casa de Florida? El juego desplegado hoy por Rory McIlroy (-11, tras entregar una tarjeta de 66 golpes) ha sido más de tarde de bocadillo, refresco y video consola en modo-sencillo, que de segunda jornada real y tangible de US Open…

No busquen un atisbo de exageración en el símil. Bola a calle, de allí a green, birdie o par dado. Repetimos: bola a calle, de allí a green, birdie o par dado. Una y otra vez. Video consola en modo-sencillo. Alguna excepción hubo, resuelta con limpieza (el hoyo 11, por ejemplo, donde embocaba un putt de par de unos tres metros).

Aún hay más, porque no es que Rory pegase sin más a green, es que buscaba todas las banderas que podían buscarse, dejándose múltiples opciones de birdie desde distancias muy cortas. Play pura y dura.

Durante 35 hoyos, los 18 de ayer y los 17 primeros de hoy, el norirlandés se había zampado casi crudo, vuelta y vuelta, el Blue course del Congressional. Llegaba con un acumulado de -13 al hoyo 18, récord absoluto en la historia del US Open. Repetimos, paladeamos y puntualizamos: nadie en los 116 años de historia y 111 ediciones del US Open había marchado jamás por el campo con semejante resultado en su marcador.

Al final, en el último suspiro, aún hubo tiempo de regresar de un modo abrupto a la realidad. Game over. O quizá, sencillamente, es que reaparecía el McIlroy de pecas rabiosas y adolescentes, con ese punto temerario…

Había fallado la calle y tenía que decidir si tirarse a por el green en una situación complicada, o bien ser conservador y buscar el par con un tercer tiro corto a la bandera. En fin. ¿Quién puede echarle en cara que se decantara por la opción más complicada después de haber cogido más del noventa por ciento de los greenes durante dos jornadas? Sentía que podía con todo. Pero los dioses soplan y soplan hasta que dejan de hacerlo. Se fue al agua.

De todos modos, aclaremos también que es el primer jugador que finaliza los primeros 36 hoyos de un US open con un registro de once abajo.

¿Hasta qué punto ese doble bogey final es el anuncio de otro descalabro del joven norirlandés? Pues, sinceramente, no lo parece. O quizá es que aún acusamos los efectos narcóticos de su exhibición. Pero no es sencillo imaginar ahora mismo a Rory McIlroy arrastrándose por el campo, como en aquellos últimos nueve hoyos de Augusta.

Por cierto, junto al joven talento venía Phil Mickelson (+1) hoy celebrando como es debido su 41 cumpleaños, esta vez sí. También él, solidario, terminaba con doble bogey en el 18, pero aún así entregaba un 69 que lo ha metido en la pelea, con permiso de McIlroy. En ese punto no hay duda: todo lo que suceda en Bethesda será con permiso de McIlroy…

Al final de la vuelta Rory no encontraba palabras para describir la grandeza de su juego. Lógico. "He jugado muy bien. Siento que golpeo fantástico a la bola. Qué puedo decir… No hay razones concretas para explicar este resultado tan bajo. Yo intentaba pegar la bola a calle, luego a green, y luego hacer pocos putts. Y era capaz de hacerlo todo. Ya había dicho antes que me siento muy bien en este campo. Me encanta cómo está preparado".

Asimismo, asegura que la lección de aquella jornada dominical de Masters la tiene grabada a fuego. Concluía explicando que no volverá a jugar de un modo defensivo. La moraleja que sacó de todo aquello es que nunca debe dejar de mirar a las banderas, aunque sea con el rabillo del ojo.

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