
Hace ocho meses y diecisiete días Justin Rose gritaba enfervorizado sobre el green del hoyo 18 de Medinah Country Club (Illinois).
Acababa de poner el empate a once puntos en el marcador de una Ryder Cup una hora después entraría de cabeza en los anales de la historia del deporte. Había obrado su parte del Milagro derrotando a Phil Mickelson cuando en el tee del hoyo 17 el inglés venía uno abajo. Aquella escena cobra hoy un nuevo significado, para desgracia del jugador norteamericano. Es difícil olvidarla: Rose gritaba y gritaba hasta que vio por el rabillo del ojo al derrotado que se acercaba para estrecharle la mano, momento en el que Justin cambió el gesto, frenó en seco la euforia y le pidió disculpas a Mickelson. El californiano llevaba puesta su cara de incredulidad, la misma de ayer en el green del 18 de Merion, porque Rose, minutos antes, le había empatado el hoyo 16 con un putt muy delicado, e inmediatamente le ganaba el 17 con otro estratosférico (no hace falta recordarlo) y el 18, con un nuevo birdie.
El fantasma de Medinah terminó de convencer a la mayoría: Rose estaba definitivamente preparado para ganar un Grande. Aquella Ryder era el colofón a un año 2012 donde el inglés había sido 8º en el Masters, 21º en el US Open y 3º en el PGA.
Adam Scott, por ejemplo, pertenecía al amplio grupo de los convencidos. El australiano recibía un mensaje de Rose nada más conquistar este año el Masters y contestaba puntualizando que el momento de Rose estaba al caer. “Adam es un visionario”, sentenciaba Justin ayer.
Son buenos amigos y ambos nacieron hace casi 33 años, en julio de 1980, apenas se llevan catorce días. Igual que ambos son buenos amigos de Sergio García, el tercer mosquetero de esa impresionante cosecha de 1980. El cuarto mosquetero era Trevor Immelman, nacido en diciembre de 1979: ahora sólo queda el español por recoger su Grande…


