
Una bola de golf anda suelta por la calle del hoyo 5. No tiene dueño. Miguel Ángel Jiménez ha pegado una salida descomunal, al sitio, trotona, larguísima. Tirará al green de dos, pero antes, un poco de fútbol…
Miguel pisa la pelota y la pasa a Pablo Larrazábal. Intercambian unos toques, amagos, alguna arrancada en velocidad, un pase por aquí, otro por allá. Intervienen la novia de Pablo, Gala, y su caddie, Chris Rice, que pasó por las categorías inferiores del Liverpool y deja muestras de su talento.
Jiménez ha empezado el juego. “Hay que divertirse y hay que divertir a la gente. El espectáculo también consiste en esto, hay que hacer que el aficionado se sienta partícipe del juego”, asegura después con una sonrisa.
En esto Jiménez es un maestro. Su interacción con el público es constante. Quedan sólo unas horas para que empiece el US Open, pero al lado de Miguel la tensión es menos tensión. Desengrasa. Le duele el codo derecho a rabiar y el test de Pinehurst es capaz de afilar los bigotes a cualquiera, pero Miguel tiene marcha para dar y tomar. Le gusta el reto. Que hay que mostrar variedad de golpes, Miguel los tiene. Le encanta.
En el tee del hoyo 7 se coloca sobre la bola y mira al público. Habla. Recuerda a un concierto de Bruce Springsteen, pero en lugar de pedir una canción, el malagueño pide un golpe. Sí, estamos en un US Open, a miércoles, no se han equivocado de texto. No es ningún Pro-Am de un torneo de solteros contra casados. A Miguel le da lo mismo. “¿Cómo queréis esta bola? ¿Os apetece una bajita y al fade?”, pregunta. El público responde con un entusiasmado sí. Y allá que va. No defrauda. Una preciosa bola baja al fade.
Otra salida magistral en el hoyo 4. Miguel pega un hierro tendido a green para que la bola entre rodando, escalando las severas pendientes de Pinehurst. Se queda algo corto, a dos palmos del green. Llega a la bola y dice: “no creáis que está tan mal está a bola a cinco metros de green”. Risas. “Anda, Miguel, quítate esas gafas de espejo que creo que no ves muy bien”, señala de broma uno de los que iba en el grupo. Efectivamente, la pelota estaba a dos palmos del green.
En el hoyo 3 se roza la tragedia, aunque por suerte acaba en comedia. Niclas Fasth ensaya los golpes desde una de las trampas de arena alrededor del green. En uno de los intentos no caza bien la bola, filazo al canto y pelota que sale disparada como un proyectil. En su trayectoria está la cabeza de Miguel, justo en el centro de su trayectoria. El sueco grita despavorido y Miguel, cuando la bola está a un metro, hace un quiebro torero hacia abajo y la esquiva. Como un recortador portugués. En una milésima de segundo demuestra su enorme flexibilidad y reflejos.
La zona está repleta de público. Todos han visto la jugada y se produce una ovación cerrada ante el gesto de Miguel. El malagueño abre los brazos, bromea con Fasth y se gira al público: “éste quiere quitarse a un competidor de enmedio”.
Ya ven, nueve hoyos de prácticas en un US Open con Miguel Ángel Jiménez dan para mucho.


