Jon Rahm tenía 21 años la primera vez que pisó Oakmont. Era 2016. Su primer US Open. Su primer Grande. Había escuchado sobre su leyenda. Lo había visto en vídeos. Había leído mil y una historias sobre el infierno de Pensilvania. Pero nada es como sufrirlo en tus propias carnes. En su primer día de prácticas, en el hoyo 1, jugando con Rickie Fowler, pega una salida perfecta al centro de la calle y se deja un wedge de segundo a green. Le pega exactamente como quiere, la bota donde quiere, piensa que la va a dejar al lado… Todo muy fácil. Demasiado fácil para ser Oakmont. Sin embargo, la bola rebota como si hubiera pegado en un camino de cemento y acaba larga, fuera de green. Jon no da crédito. Se gira y le pregunta incrédulo a Fowler: «Entonces, ¿cómo hay que pegar este golpe?». Rickie se encoge de hombros. Bienvenido a Oakmont.
Aquel US Open de 2016 no es uno más en la carrera de Rahm. Fue el primero y, lógicamente, es algo que imprime carácter. Más allá de su excelente resultado, top 25 y mejor amateur, el León de Barrika tiene grabadas a fuego dos imágenes. Las dos ocurrieron en el hoyo 18, una el jueves y otra el sábado. En la primera jornada, era su hoyo nueve, falló la salida por la derecha y acabó en el rough, en la zona de público. Había mucha gente. Tenía tiro a green, pero con el hierro 6. De manera natural se forma un pasillo a ambos lados de la trayectoria del golpe de Jon. Mucha gente a la izquierda y mucha a la derecha. Aún hoy a Rahm se le ilumina la cara recordando ese tubo humano. Era la primera vez en su carrera que veía algo así. Por si fuera poco, pegó un tirazo. Imborrable.
La segunda imagen se produjo en el green del hoyo 18. La bandera estaba corta y a la derecha y Jon había fallado el green precisamente por ese lado. Su último hoyo de la ronda. Tenía una recuperación peliaguda. Era sábado porque con las interrupciones por lluvia no se pudo completar la segunda ronda el viernes. Jon firmó un approach magistral y la dejó a metro y medio. En ese instante, parecía que necesitaba el par para pasar el corte. Mientras estudiaba el putt, observó al fondo a su entrenador Edu Celles y su hermano Eriz. Los dos se volvían a casa ese sábado y querían hacerlo con Jon pasando el corte. Rahm embocó y recuerda como si fuera ayer la cara de alegría de Celles y Eriz.
Sólo era su primer Grande, pero Jon en aquel US Open ya empezó a descubrir que había cosas que no le terminaban de convencer en cuanto a la logística en una semana de major. Se alojó en una casa muy cerca del campo. Iba y venía a pie, de hecho. En principio, cualquier diría que era un lujo, pero no para Jon. El tiempo, y sobre todo la experiencia en el Open de Carnoustie, cuando se quedó en el hotel situado en el propio campo de golf, le hizo ver que a él le sentaba mejor quedarse a una distancia de 20-25 minutos en coche. «Es una manera de desconectar, de partir el día, de pensar en otras cosas. A partir de Carnoustie lo hago siempre así. En aquel British a donde miraba en cada momento sólo veía campo de golf y no me fue bien», admite. Todo es aprendizaje. Y no a todos le sienta bien lo mismo.
En estos nueve años, casi una década (juega su major número 35, Rahm ha aprendido otras muchas cosas en los Grandes. Quizá nada igual a la importancia de aceptar los errores. Probablemente es lo que más le ha costado y, al mismo tiempo, es lo que más le ha hecho crecer como jugador. «Creo que mi principal problema siempre ha sido aceptar los errores. Soy plenamente consciente de que puedo cometer errores, pero aceptar que lo he hecho, que es mi culpa y seguir adelante, me ha costado más. Muchas veces soy muy expresivo culpando a algo externo, aunque cuando lo digo, sé perfectamente que fue mi culpa. Así que cuanto más rápido acepte que fui yo y siga adelante, mejor será. Ha habido semanas en las que he rendido muy bien en campos difíciles donde ese fue el caso. Creo que, en lo que respecta a mí, es eso, la aceptación de que va a ocurrir, que ocurre y hacer lo que necesitas hacer para pegar el mejor tiro la próxima vez».
En este sentido, sabe que ha mejorado mucho también en cuanto a la estrategia en el campo. «Uno de los datos que se me quedó grabado en aquel US Open fue que acabé la semana con más birdies que Dustin Johnson y me ganó de diez. Iba a saco y, claro, hacías birdies, pero también te metías en problemas. Ahí también he cambiado mucho», reconoce.



