La historia de Matt Vogt en este US Open no es una más. No se trata solo de un amateur que ha sorprendido al mundo clasificándose para el tercer Major del año.
Matt es dentista, tiene su propia clínica, una hija de 15 meses, y durante años ha sido lo que podríamos llamar un «jugador de club competitivo». Pero esta semana, en Oakmont Country Club, está viviendo el sueño que compartía con su padre, fallecido hace menos de un año tras una dura lucha contra el cáncer de colon: “Perdí a mi padre hace poco, y está en cada paso que doy. Sé que estaría orgulloso. Sé que estaría aquí, animando desde la grada, diciéndome que puedo hacerlo.»
«Uso este lazo azul en su memoria», explica Vogt emocionado. «Hablamos mucho de esto, de lo que sería jugar un U.S. Open. Él quería que lo intentara, y estoy aquí por él. Todo esto tiene sentido por él.» Ambos acudieron como aficionados en 2007 y 2016, las dos últimas veces que Oakmont acogió la cita.
A sus 34 años se clasificó para el US Open en el último suspiro, el pasado lunes, en el campo de Wine Valley (Walla Walla, Washington), a más de 3.000 kilómetros de casa. La elección no fue casual. Sabía que un campo largo, firme y rápido se adaptaba mejor a su juego. Quería evitar enfrentarse directamente con profesionales del PGA Tour en las sedes más habituales. Y acertó. No hay otro deporte que genere historias similares, un amateur yendo a la otra punta del país para ganarse un puesto en el Abierto de su país, además es dentista y ha hecho de caddie durante años en el campo dónde se celebra el torneo y al que acudía con su padre recientemente fallecido. No será el primero, tampoco el ultimo, pero no dejemos de acostumbrarnos porque no es normal.
Tras ganar su plaza en Oakmont, comenzó una carrera contrarreloj: volver a casa, organizar asuntos familiares, dejar su consulta dental en buenas manos, preparar el viaje… y aterrizar en el campo: “Han sido seis días que se sienten como si hubieran pasado tres años”, confesó en rueda de prensa entre risas.
La conexión de Vogt con Oakmont va más allá de lo deportivo. Fue caddie en este campo durante su juventud. “Aquí me ofrecieron una beca. Aquí crecí como persona. Es muy especial poder volver, pero esta vez como jugador”, explica.
Reconoce que la presión es distinta. “Ahora estás pensando cada golpe, cada posición, cada green. Es otra dimensión. El rough está brutal. Es exigente mentalmente. Pero intento disfrutar cada minuto. Si no juegas recto, sólo te queda asumir las consecuencias”.
El dentista no busca fama. No piensa en dar el salto al profesionalismo. Es feliz en su vida. Tiene su familia, su consulta, y compite por amor al golf. “No tengo grandes objetivos. Solo quiero ver hasta dónde puedo llegar. Esto es un regalo.”
Vogt también se sorprendió a sí mismo firmando autógrafos a niños que, quizás, vean en él una inspiración. “Es surrealista. Estoy aquí gracias a mucha gente que ha creído en mí. Si puedo devolver algo de eso inspirando a otros, ya vale la pena.”
La historia de Matt Vogt nos recuerda que el US Open también es esto. Más allá de los grandes nombres, los favoritos, los contratos millonarios y las estadísticas, está la esencia del deporte: un dentista que se recorrió Estados Unidos para participar en el torneo más importante de su país en memoria de un padre recién fallecido.



