
El golf forma parte de la vida de la gente. Ya no es que el Old Course se funda literalmente con las calles, con las aceras, con las construcciones aledañas y centenarias. Ya no es que todo en St Andrews te lleve al golf (tiendas, museos…), mucho más en semana de British. Es algo más…
Es viajar en tren desde Dundee, rumbo al Old Course, y casi llegando a la estación de Leuchars, ya en pleno condado de Fife, dejar a un lado un sencillo campo de golf que se funde con el paisaje. No hay vallas. Golf de granja. Jugadores que caminan por el fairway con tres palos en las manos…
Es compartir ese tren con una pareja de señoras mayores que vienen de Dundee a pasar el día, ahora sentadas en la grada del green del 2, ahora caminando a la vera de la playa. Con un par de chavales de no más de 14 años, que saldrán al campo a ver a sus ídolos practicar, sin que haya necesidad impepinable de apostarse en lugares estratégicos a la caza de un autógrafo. Si cae la firma de Tiger, mejor que mejor, pero lo que importa, lo que vale, es verle golpeando la bola. A él, y a otras decenas de jugadores. Todos los que se crucen en su camino.
Es la mística de la naturalidad. Son esas casitas a lo largo del hoyo 18, tan imponente como cercano a cualquier viandante. La grandeza de lo cotidiano: ese Swilcam bridge, cercano, absolutamente insignificante y maravilloso. ¿Alguien dudaba que nuestra primera foto aquí sería la que abre esta crónica?


