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Mercadillo

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El Open Británico es un mercadillo de urbanidad en el golf.  No es  obligatorio ‘comprar’. Sí recomendable. Por supuesto, se trata de una forma de hablar, porque la tradición, la costumbre y la cultura deportiva no se compran. Se conquistan.  Siglo a siglo. A saber:

-Los marshall no viven al borde de un ataque de nervios. Un gesto o una pequeña indicación a los aficionados son suficientes.  Nervios, los justos. Rostros desencajados, ni uno. Y miles de personas moviéndose con calma, fuera del ángulo de visión del jugador, y a unas cuantas decenas de metros. No hace falta parar el mundo en una hectárea a la redonda para que un golfista pegue a la bola, mucho menos en un torneo donde pueden llegar a meterse 40.000 personas.

-El  campo de golf en la vida de la gente. Imagen clásica escocesa: un hombre o una mujer marchan en bicicleta, y frenan en seco a unos metros de un jugador que se dispone e pegar a la bola. Aplauden (o no, quizá guarden un discreto silencio…) y siguen su camino.

-El Old Course tiene una gran cantidad de tiros ciegos. Miles de lomitas te impiden ver el resultado final de un golpe. También a los jugadores. Ellos saben casi con exactitud a cuántos metros se han quedado de bandera por la intensidad de los aplausos.

 -¿Les suena de algo la imagen de decenas de niños pidiendo bolas, guantes, tees, gorras, o lo que haga falta, en los aledaños del hoyo 18, o donde sea, a los jugadores? Entrañables. Y un poco pesados. Aquí brillan por su ausencia esos tumultos. Los más pequeños piden lo que tengan que pedir en voz bajita y con exquisita educación. Los que son un poco mayores (entre 10 y 14 años)… Esos ya no pierden el tiempo pidiendo bolas: se van a ver golf.

-El aficionado británico siempre tiene un plan (también ocurre en Estados Unidos). No lo verás despistado por el campo. Todos llevan el programa oficial del torneo en el bolsillo, con los horarios de todos los partidos y muchos van con la BBC pegada al oido.

-Un último detalle, mucho más subjetivo: la celebración es menos estridente, aunque sostenida. No es ni mejor ni peor. Cada situación tiene su momento.  A veces uno prefiere también el jolgorio de la Arthur Ashe en Flushing Meadows, o la guasa de la Rod Laver Arena en Melbourne al aplauso y el murmullo rendido de admiración de la Central de Wimbledon… De hecho, ningún 'ruido' generado por un acontecimiento deportivo es comparable a los rugidos dispares y desordenados y profundos de una Ryder Cup…