
Lo primero: no se tomen al pie de la letra el título que abre esta crónica de ambiente. Que nadie se venga abajo. Es sólo un modo de describir una sensación que, además, tiene seguramente los días contados…
Hoy, igual que ayer, el Twenty Ten de Celtic Manor presentaba una espectacular entrada de aficionados. Pero el ambiente no puede ser más tranquilo. Más sereno. Contrasta, por ejemplo, con las jornadas de prácticas vividas hace cuatro años en Irlanda, donde la cosa andaba caldeada desde el mismo martes. La fiesta del golf se vive, por ahora, de otra manera. Más contemplativa.
Lo cierto es que impacta. Caminabas por la calle del hoyo 2 y el ligero murmullo de los miles de aficionados casi invitaba al recogimiento… Extrema educación (y hay que valorarla). Extremo disfrute de golf puro y duro. Vísceras, por ahora, bien poquitas. Parecen tenerlo claro: hasta el viernes, mucha tranquilidad. A partir de ese momento… Seguro que a partir de entonces la cosa cambiará, porque la competición en vena es un poderoso estimulante.

Uno se da una vuelta por el campo y, hasta el momento, son los jugadores quienes implican más a los aficionados, y no a la inversa. Un gesto de Poulter o Jiménez levanta a la gente, pero cuesta que suban los decibelios. De momento, pocos rugidos. Algunos aplausos multitudinarios y, por supuesto, nada histéricos.
Sergio García lo veía así: “bueno, hay sus murmullos y sus momentos. El tiempo tampoco ha ayudado mucho… Pero ya veréis como a partir de mañana comienza esto a calentarse de verdad”.


