
– Europa ha ganado la 45ª edición de la Ryder Cup por un resultado final de 13-15 y a pesar de caer estrepitosamente derrotada en la sesión final, la de los partidos individuales, por un parcial de 8,5-3,5. Si usted no ha visto la jornada dominical no vaya a creerse que lo de los estadounidenses, saliendo con siete puntos de desventaja, ha sido una eficiente y apañada labor de maquillaje. De eso nada. La realidad, cruda y de infarto para el bando continental, ha sido que los muchachos de Keegan Bradley han estado muy cerca de conseguir una remontada jamás vista en la historia de esta competición. Después de la penuria vivida por el equipo estadounidense y el rotundo repaso sufrido el jueves y el viernes, concluyamos que una excelente Europa en el juego por parejas ha ganado la Ryder de nuevo en suelo americano, lo que no ocurría desde 2012, pero también que el equipo de las barras y estrellas ha salvado el honor y la credibilidad, cuando todos los caminos conducían a una derrota ominosa.
– Finalmente Viktor Hovland no podía salir a jugar, así que Harris English se quedaba sin jugar y cada escuadra se repartía medio punto de entrada. Nunca sabremos que habría ocurrido con el concurso del noruego, pero en vista de lo tantísimo que le ha costado sumar al equipo continental, quizá haya que dar por bueno a toro pasado ese medio punto gratis. Y es que, en los once duelos en juego, sólo Ludvig Aberg ha sido capaz de sumar el punto entero, de ganar, vaya. Cualquiera lo diría después de haber visto a los chicos de azul en las dos primeras jornadas. Así es la Ryder, un universo paralelo que se rige por impulsos tantas veces indescifrables.
– Si había todavía quien consideraba que al sueco le faltaban aún un par de hervores para convertirse en un peso pesado de esta competición (el arriba firmante, por ejemplo), puede ser este el momento oportuno de concederle todo el crédito al risueño y templado vikingo. Porque además su rival de esta sesión de individuales era Patrick Cantlay, un auténtico dolor de muelas andante del que, juegue un poco mejor o un poco peor, puedes y debes esperarte su mejor versión cuando llegue la hora de la verdad.
– Aberg debiera ser tanto o más héroe para el bando continental que el hombre que se va a llevar todos los honores (también con todo merecimiento, por supuesto): Shane Lowry. El irlandés, en una tarde ya definitivamente enredada para su escuadra, con el sudor frío recorriendo ya la espalda de Luke Donald y compañía, salvaba el medio punto que llevaba a Europa hasta los catorce y que por tanto servía para, como mínimo, retener la copa en caso de empate final. Lo hacía, además, con un birdie estelar en el hoyo 18 para arañarle ese medio punto a un Russell Henley que justo en la sesión final se ha redimido y ha proyectado intensamente su condición de Número 3 del mundo. Mucho cuidado con el partido que venían jugando ambos: Henley empataba al final su partido después de haber sido el tipo que más birdies ha hecho en Bethpage, siete, este domingo. Al Lowry de la Ryder de 2021 o la de 2023 lo habría reventado, pero este Shane es al fin el Shane que cabía esperar en el foro más imponente del golf mundial. Un tipo, por ejemplo, con los arrestos suficientes para sobreponerse a una situación tan crítica y llevarte a la gloria.
– Tampoco debemos olvidarnos del tercer gran protagonista europeo, Tyrrell Hatton, que amarraba otro medio punto para, ahora sí, cantar victoria a los cuatro vientos. “Los últimos seis o siete hoyos han sido un horror, para ser honesto”, señalaba el inglés con la victoria global en el bolsillo y refiriéndose a esos largos minutos en los que Bethpage se fue encendiendo y la sombra del milagro entre los milagros se iba haciendo visible, hasta nublar el entendimiento y secar las bocas de los jugadores europeos que estaban en el campo. Una vez que Rose y Fleetwood habían perdido por la mínima y en el hoyo 18 sus respectivos duelos ante Young y Thomas, uno se ponía a mirar el panel de resultados y, por más que resultara increíble, por más que uno se frotara los ojos, las cuentas ganadoras de la escuadra europea ya no salían tan claras, con la mayoría de partidos igualados o con ventaja estadounidense.
– Tampoco sería acertado (ni justo) describir la jornada de los individuales como un desastre europeo. No ha sido así, aunque pueda parecerlo. Es cierto que los puntos iban cayendo del lado local, pero no lo es menos que casi todos los partidos estaban llegando hasta el hoyo 18, aportando tal circunstancia mayor dramatismo y emoción al desenlace. Uno de ellos fue el protagonizado por el Número Uno y el Número 2 del mundo, Scheffler y McIlroy, que caía del lado del texano. Un duelo, por cierto, no demasiado brillante, lastrado sin duda por el trauma que traía Scottie de las dos jornadas anteriores y por el desgaste emocional que ha sufrido el de Holywood.
– La lucha ha sido cuerpo a cuerpo. Una bendición deportiva. De los once partidos en juego, ocho llegaban a la última estación y, por tanto, con el reparto de puntos exacto por decidir. Y otros dos terminaban en el 17. Tan solo Xander Schauffele era capaz de ganar con holgura (4 y 3). Lo hizo con un juego muy compacto y brillante en varias fases y ante un Jon Rahm algo desdibujado.
– Europa nunca debería olvidar a quien tiene delante, la mayor potencia habida y por haber del deporte de los catorce palos, aunque no parece que ese haya sido el problema este domingo. Y el equipo estadounidense tampoco debería dejarlo todo en manos del talento y de esa fila interminable de extraordinarios jugadores de que dispone. Alguna clave habrá que ayude a decantar la balanza, sobre todo cuando dentro de dos años pise suelo europeo, donde no gana desde 1993. Sin embargo, Luke Donald, cuyo rostro palidecía según caía la tarde en Bethpage, ha vivido en primera fila los tres triunfos en suelo americano que atesora Europa en el siglo XXI. Lo hizo en 2004, cuando debutó como jugador, repitió en 2012, el milagro de Medinah, y ahora lo ha hecho como capitán, en Nueva York. Dicen que lo inteligente es echarse a un lado en pleno apogeo, pero habrá que ver si le dejan.


