
Eran las 13:17 de la mañana en Bethpage Black. En ese momento Europa ponía el marcador en azul en los cinco primeros encuentros que abrían la jornada dominical. El ambiente era tranquilo, incluso en la sala de prensa se puede decir que había cierto tono de aburrimiento. Dos años esperando y parecía que el domingo prácticamente sobraba. Qué va. A las 16:22, apenas tres horas después, Bethpage rugió sintiendo que la remontada no era sólo un cuento imposible. Era un realidad factible. El público europeo presente en Nueva York, en ese momento, sintió el miedo en las venas.
En una Ryder Cup, independientemente del resultado, hay un lapso de tiempo en el que el equipo que va por debajo tiene una ventana de oportunidad. No hay que olvidar que en Roma, pese al resultado final, también hubo esa tensión. Esa ventana se fue abriendo poco a poco.
¿Cómo pudo suceder? Poco a poco los norteamericanos fueron recuperándose y el marcador se fue tiñendo de rojo. Fue una labor de hormiga. Pasito a pasito y sin llamar la atención. Sin embargo, todo sea dicho, pensar en cualquier atisbo de remontada parecía una auténtica quimera. De hecho, caminando por el hoyo 14 en el partido de Scheffler y McIlroy una pareja de españoles bien posicionada en la grada nos reconoce que agradecen que el marcador se haya ajustado, pero bueno que Europa va a ganar tranquilamente. Sin embargo, ya no estaba tan claro…
En ese momento se empezaba a dibujar cierta sonrisilla nerviosa en algunos aficionados europeos. Tres hoyos cambiaron la percepción por completo. El primero fue el triunfo de Cameron Young en el 18, el segundo unos minutos después con el birdie de Justin Thomas que le daba la victoria en esa misma bandera.
La grada en este punto empezó a creer que era verdad. La afición respondió a las mil maraviilas al impulso de los jugadores. El orden lógico. Si los jugadores responden, el público se vuelca. El primer paso lo dieron los muchachos de Keegan. El estallido brutal llegó en el 17… Eran las citadas 16:22 cuando Matthew Fitzpatrick sufría una dolorosa corbata y el partido en el que llegó a liderar por cinco hoyos frente a DeChambeau llegaba al 18 empatado. En ese momento, en el embudo que se genera entre el tee del hoyo 15, el green del 16, el 17 y el 18, más de treinta mil personas rugieron al unísono. Gritaban «USA, USA, USA» y se entendía un «sí se puede» con mayúsculas bien grandes. Por primera vez en la semana se sintió el infierno neoyorquino.
Las cuentas para los de Donald empezaron a bailar. A Europa no le terminaban de salir los números. El público lo intuía. La grada era un clamor. Bryson cerraba su partido en empate que parecía una gran victoria. Rory no conseguía empatar el partido en el 18 y pese a que Aberg dejaba a Europa a medio punto, las dudas eran notables.
Lowry llegaba al 18 uno abajo y parecía que quedaba todo en manos de Hojgaard, Hatton y MacIntyre que empataban sus contiendas con varios hoyos todavía por delante. Sin embargo, al irlandés le había llegado su momento. Segundo golpe espectacular y el golpe se queda a dos metros. Henley pateará primero, el momentum daba a entender que lo iba a meter, nadie lo dudaba, aunque no era para nada fácil desde el collarín. Parecían inmortales en ese momento. Sin embargo, Rusell se queda corto en un putt con el que soñará el resto de sus días y no porque fuera sencillo, si no porque no tuvo ninguna opción de llegar. Lowry lo tiene en su mano. La afición europea contiene el aliento, el irlandés emboca. Se desata la locura, saltan las celebraciones, pero antes de la euforia hay primero un suspiro. «Menos mal» dicen las caras de los aficionados del Viejo Continente, hay alegría, pero lo primero que viene es una sensación de alivio. La realidad es que el rugido en el 17 todavía resonaba entre los pálpitos de los europeos.


