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Friederike y Tiger Woods

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La estación de tren de St. Leon-Rot está en medio de ninguna parte. O al menos eso me parece a mí después de que el despertador haya sonado a las cinco en punto de la mañana. Es la una de la tarde, el cielo está encapotado, llueve y la perspectiva de encontrar un taxi es nula.

El campo está a unos cuatro kilómetros. Hay una parada de autobús y parece que lleva al campo de golf. Pero no está claro. No lo pone en ninguna parte. Se intuye. No es lo que uno se espera cuando acude a un gran evento a Alemania. Un papel mojado pegado a una señal de tráfico es la única pista de que por allí cerca se va a jugar una Solheim. «Prohibido aparcar hasta el domingo por la Solheim Cup». Se lee.

Me aferro a una amable aficionada veterana que anda también con cara de no saber muy bien hacia dónde ir. Me ayuda con el alemán. Confirma que esa parada de autobús es la buena, pero que hay que esperar quince minutos. Surge el golf de inmediato. Le confieso mi pobre hándicap y ella me responde: «no sé muy bien qué hándicap tendré porque no es real. Nunca juego torneos, así que no lo puedo bajar, pero yo creo que soy bastante buena», dice con una sonrisa. Agárrate, me digo. Tiene que ser buena, buena. Vamos, que no juega la Solheim por un pelo.

Es de Heidelberg, a seis minutos en tren del campo de la Solheim, y su pasión por el golf viene de largo. Me cuenta que siguió a un joven Tiger Woods en el año 2002, cuando vino a jugar y a ganar a este mismo campo de St. Leon-Rot. Se impuso en el Deutsche Bank. «Ya era muy bueno, pero no tan conocido como ahora, por eso jugó aquí», me dice. Y por eso hasta se le podía seguir una ronda entera de 18 hoyos, me digo yo hacia dentro.

Le pregunto si está ilusionada con la candidatura de Alemania para la Ryder Cup 2022. No parece estar muy enterada, pero enseguida se le pone una sonrisa en la boca. «Ojalá, estaría muy bien. Imagino que la Solheim será una buena prueba y si lo hacemos bien tendremos más opciones», señala con esa lógica aplastante de la mentalidad alemana.

Se llama Friederike. A la tercera me lo tiene que escribir, no queda otra. Llega al campo de golf poco antes de las dos de la tarde. Ya no hay juego. Apenas quedan tres jugadoras en el putting green, entre ellas Carlota. Me la señala y me dice: «¡¡The Spaniard!!». Y grita tres veces «go, go, go». Eso es ilusión y lo demás tontería.