Martín siempre se cercioraba de que hubiera melón en el desayuno. A Martín ya os lo presenté en la crónica Diez mil horas, baby. Es la encarnación imaginaria de ese profesional que estuvo durante años lo suficientemente cerca del gran sueño como para saber cómo funciona, pero no tanto como para convertirse en parte de él. Jugó bien muchas veces, pero mal algunas más de las que hubiera querido y, además, fue uno de los que primero aprendió que en el golf conviene no despreciar ninguna certeza, por pequeña que sea…
El santo grial de Martin no era cualquier fruta sino melón. Antes de salir hacia el campo podía haber cambiado casi todo lo que importa a un golfista, el viento, la velocidad de los greenes, la hora de salida o incluso la confianza con la que uno se enfrenta a ese primer tiro en el tee del uno. Podía haberse despertado con mejores o peores sensaciones sin que supiera explicar las razones. Podía incluso no saber muy bien qué swing iba a acompañarle aquel día. Lo que no tenía ninguna necesidad de cambiar era el desayuno. Allí tenía que haber melón y, desde luego, nunca lo daba por hecho.
Durante mucho tiempo pensé que aquello del melón era simplemente una manía complicada e incluso absurda. Una más de las muchas que produce un deporte que ha conseguido que algunos seres aparentemente más racionales y cabales del planeta crean que están confiando una parte de su destino a monedas, números, colores y objetos aparentemente inocentes.
El propio Jack Nicklaus llevaba tres monedas en el bolsillo. Nunca dos ni cuatro. Tres eran tres como las hijas de aquella. Paul Azinger colocaba siempre un penique de manera que Abraham Lincoln mirase hacia el hoyo, como si no fuera mucho pedirle que vigilara la línea de putt. Ernie Els tenía por costumbre deshacerse de la bola después de hacer birdie, convencido de que con aquella ya había gastado su buen resultado y Arnold Palmer la de lucir como niño con zapatos nuevos cada Masters.
Tiger convirtió el rojo de los domingos en algo situado a medio camino entre la superstición, la tradición familiar y el aviso a navegantes, mientras que el ganador del Masters del 71, Charles Coody, se ponía una camisa roja después de una mala vuelta, con la esperanza simbólica de devolver sus números al rojo bajo par…
Pero no solo ellos, Ben Crenshaw llegó aún más lejos. Si había jugado bien, al día siguiente procuraba utilizar el mismo cubículo del baño. Hay niveles, pero todos parecen poner de manifiesto que el golf tiene su propio TOC no clínico porque si ayer funcionó, lo mejor es que todo permanezca inamovible.
Hay otros que también han seguido contribuyendo a este particular catálogo. Phil Mickelson llegó a prohibir a Bones que le diera bolas con el número dos. Hasta que ganó el playoff del Mercedes Championship del 1994 con una de ellas y, durante años, empezó a pedir precisamente el dos cuando llegaban los momentos importantes. Por el contrario, ese jugador que, desde luego, no deja indiferente, Wyndham Clark, directamente borra el número de la bola para no darle siquiera la oportunidad de convertirse en superstición. El doble tirabuzón con rizo que supone el tener una superstición para evitar supersticiones.
Durante el US Women’s Open de 2018, la australiana Sarah Jane Smith cenó comida tailandesa una noche y al día siguiente se puso líder. Así que volvió al mismo restaurante, hasta que una vuelta sobre par rompió el hechizo que, desde luego, no le sirvió para ganar el grande después de liderarlo durante 36 hoyos. Al menos durante su sólida carrera no ha tenido que seguir abonada a los fideos de arroz que serían el pan de cada día de la ganadora, Ariya Jutanugarn, cuyo padre convirtió el golf en un intenso asunto familiar y que aprendió a sonreír antes de cada golpe justo para poder influir en algo que sí que podía controlar, su estado mental.
Lucas Glover lleva más de dos décadas sin guantes en las manos (algún astuto hará la compensación cósmica con los dos que lleva Aaron Rai) y aferrado a sus clavos metálicos que este verano en el 3M acabó quitándose junto al hoyo por un motivo más prosaico que reivindicativo cual fue evitar dejar marcas con ellos. Vistas desde fuera, todas esas pequeñas liturgias podrían tener algo cómico.
Hasta que uno escucha al canadiense Aaron Cockerill. Uno de esos profesionales que viven siempre a unos pocos golpes de cambiar de vida en una dirección o en la contraria.
En el documental del DP World Tour que sigue a varios jugadores en las últimas semanas de la temporada mientras tratan de conservar su tarjeta, On the Bubble: The Fight to Stay on Tour, Cockerill termina una vuelta y se planta delante de un micrófono.
«El golf es un juego muy, muy extraño», dice. Y después añade algo bastante menos divertido: “Ayer le pegué muy bien a la bola y hoy muy mal. No sé qué cambió”.
Y yo añado: “Ayer estaba. Hoy, no. No sé qué cambió”. Quizá esas cuatro palabras hacen que, de repente, algunas de aquellas manías empiecen a parecer un poco menos absurdas y lo del melón se explique por sí mismo.
Porque Cockerill no es alguien que esté aprendiendo a jugar. Es uno de los pocos seres humanos que han sido suficientemente buenos como para vivir de esto. Ha repetido el movimiento millones de veces. Lo ha filmado, medido, entrenado, corregido. Conoce sus números, su cuerpo, sus tendencias y tiene a su disposición entrenadores y tecnología capaces de detectar diferencias que el resto ni siquiera veríamos.
Y, aun así, un día la bola sale de una manera y veinticuatro horas después de otra. No sabe qué cambió. Ahí reside una de las crueldades más extraordinarias del golf y que es que el haber encontrado algo ayer no concede ningún derecho a conservarlo mañana.
Hay deportes en los que sencillamente el adversario explica parte del fracaso. En golf muchas veces el rival lleva tu nombre y se presenta con tu misma cara, tus mismos palos y el swing que jurarías haber dejado perfectamente ordenado la noche anterior. Sin embargo, te levantas y ya no está. Ahora me ves. Ahora no. No hay melón en el desayuno.
Quizás por eso hemos interpretado demasiado deprisa algunos rituales como intentos de atraer la suerte. Tal vez, en ciertos casos, el golfista no esté intentando que ocurra algo bueno sino intentando impedir que deje de ocurrir y la diferencia no es baladí. Si ayer jugué bien después de desayunar melón, ¿para qué pedir huevos revueltos hoy? Si gané vestido de rojo, ¿qué necesidad hay de experimentar con el azul? Si aquella moneda estuvo en el bolsillo durante una vuelta de 65, no hace falta creer que posea poderes especiales para preferir que mañana vuelva a estar allí.

La psicología deportiva distingue, naturalmente, entre rutina y superstición. Una rutina previa al golpe puede cumplir funciones reales como ordenar la atención, reducir decisiones, gestionar la tensión y construir un entorno mental reconocible antes de ejecutar. La superstición empieza un poco más allá, cuando concedemos a un gesto o a un objeto una relación con el resultado que racionalmente no puede sostenerse y si no que se lo pregunten a Nancy Reagan. Su dependencia de la astróloga Joan Quigley para determinadas decisiones y agendas de la Casa Blanca es un ejemplo extraordinario, fuera del golf, de cómo incluso personas con enorme poder pueden buscar pequeñas certezas frente a la incertidumbre.
Pero quizá entre rutina y superstición existe una frontera mucho más difusa de lo que parece. No demuestra que el melón funcione. Explica por qué alguien puede necesitarlo. Porque detrás de muchas supersticiones hay algo profundamente poco supersticioso y es el miedo humano al cambio cuando las cosas están funcionando.
El golfista aprende pronto que el control tiene fronteras y peor aún que estas pueden moverse. No controla el viento que aparecerá en el hoyo 6. Ni el bote que enviará una bola perfecta al rough. Ni si un putt impecable hará corbata. En ocasiones, como descubrió Cockerill, ni siquiera controla completamente qué versión de su propio swing va a presentarse esa mañana. Entonces es cuando decide empezar a gobernar lo que sí es gobernable. La moneda, el color y forma de los tees, el orden de la bolsa o el melón en el desayuno.
Cuando el swing emigra sin avisar, uno empieza por poner orden en las cosas que todavía obedecen. Puede parecer ridículo leído desde un sofá, pero es más entendible cuando tus garbanzos y los de un equipo, tu próxima temporada, parte de tu identidad y de lo que llevas haciendo desde niño dependen de una bola que ayer obedecía y hoy sin una explicación fácil y sólida ha decidido no hacerlo.
También nos ocurre constantemente fuera del golf. Quién no ha tenido el bolígrafo de la suerte con el que hacía los exámenes. Hay canciones que dejamos de escuchar porque estuvieron presentes el día equivocado y prendas que seguimos utilizando años después, incluso cuando la talla o la moda recomienden un reciclado, solo porque una vez nos acompañaron cuando todo salió bien. Sabemos que son inocentes. Y, sin embargo, cuesta cambiarlas y no necesariamente porque creamos en la magia, sino porque somos extraordinariamente buenos construyendo pequeñas islas de orden y estabilidad en medio de todo aquello que no controlamos.
Cockerill no consiguió finalmente conservar su tarjeta por aquella vía. Terminó la temporada fuera del corte y tuvo que regresar a la Escuela. Seis vueltas después terminaron empatados en segunda posición y recuperó sus derechos de juego para 2026. Podría parecer el final perfecto para bajar el telón cuando el swing y la tarjeta habían regresado.
Pero el golf tampoco suele conceder finales tan previsiblemente ordenados. Meses después vuelve a estar peleando por su sitio y quizás ahí esté la parte más humana de toda mi historia. No se conquista para siempre la confianza, el puesto o la seguridad de pertenecer allí. Uno puede pasar en unas semanas del miedo a perder su trabajo a firmar seis vueltas extraordinarias para recuperarlo y, unos meses después, encontrarse otra vez preguntándose qué necesita hacer para conservarlo. Puede que Cockerill tampoco sepa exactamente qué ha vuelto a cambiar.
Nosotros, desde el tendido, tendemos a imaginar la excelencia como una adquisición. Llegas a un determinado nivel y, de alguna manera, ese nivel pasa a pertenecerte como muchos de los escalafones inamovibles de una carrera casi funcionarial. Sin embargo, el profesional de golf sabe algo que los demás tardamos mucho más en aprender y es que casi nada de lo importante se posee de esa manera porque la confianza se va, el cuerpo cambia, el talento necesita ser convocado cada mañana y el trabajo que parecía seguro deja de serlo. La versión de nosotros mismos que ayer resolvía las cosas con facilidad puede despertarse hoy y no saber hacerlo.
Es entonces cuando entendemos un poco mejor el melón del desayuno. Tal vez las manías de los golfistas no sean tan diferentes de las pequeñas rutinas con las que cualquiera intenta mantener su vida en su sitio mientras alrededor cambian cosas que jamás pidió que cambiaran.
Por eso el título de aquella película de ilusionistas funciona tan bien aquí. En Ahora me ves hay una invitación constante a desconfiar de aquello que tenemos delante. Miramos las manos del mago pensando que allí está el truco mientras lo importante sucede en otro lugar. Con los golfistas hacemos algo parecido porque lo verdaderamente interesante no es el ritual, sino aquello que intenta retener. Esa versión de uno mismo que durante cuatro horas fue capaz de hacer exactamente lo que llevaba toda una vida aprendiendo a hacer pero que un día cualquiera, sin saber muy bien cómo, se va sin dejar una nota.
Hay algo casi cruel en alcanzar ese estado y descubrir después que no se puede guardar en una taquilla. Ni descargar en un teléfono. Ni dejar preparado junto a los zapatos para la mañana siguiente. Cockerill lo resumió sin pretenderlo y es una frase instalada en los cerebros de una gran mayoría: “No sé qué ha cambiado”.
Quizá por eso Martín buscaba melón. No porque creyera que una fruta pudiera cuadrar la cara del palo en el impacto, sino quizás simplemente porque había demasiadas cosas que podían cambiar sin preguntarle. Y aquella no tenía por qué ser una de ellas. Porque todos, a una determinada edad, entendemos que adaptarse no significa renunciar a las certezas que nos han traído hasta aquí y, desde luego, identificamos lo que merece conservarse.



