La FIFA por fin ha autorizado el uso de tecnología para evitar los goles fantasma. Menos da una piedra, pero hay que ver lo que les cuesta a los gerifaltes futboleros soltar las riendas. Y que cada cual lo interprete como quiera. Por mi parte, estoy completamente convencido de que existe una perversa intención. La de guardarse una opción real de tener la última palabra de lo que ocurra en un terreno de juego en las grandes citas. Mal pensado que es uno. Y las evidencias de corrupción en el mismo corazón de la cúpula mundial del balompié no ayudan a dejar de serlo…
¿No sería mucho más justo y hasta emocionante la utilización de imágenes, aunque fuera yendo de la mano del mismo azar? Y me explico: seguramente no se trate de rearbitrar hasta el último saque de banda, pero sí se podría dejar abierta la posibilidad a cada bando de un número cerrado y limitado de reclamaciones (aquí entrarían en juego el azar y otro tipo de apasionante estrategia), tal y como ocurre con el ojo de halcón en los grandes eventos de tenis. Tal y como ocurre en el vóley de élite, en el hockey hierba, en el fútbol americano…
¿No sería mucho más racional, en todo caso, incluir la figura del árbitro de vídeo, como apoyo de los jueces de campo, tal y como sucede en el rugby de alto nivel?
Es una grosería que a estas alturas el fútbol ande todavía pendiente de semejante debate. Más que grosero resulta inexplicable, salvo que en efecto tal situación responda a una voluntad concreta y rotunda de no oxigenar, aclarar, algunas aguas turbias. Y es bien sabido lo bien y a gusto que se mueven los guarros en el lodo…



