Inicio Blogs Golpe a golpe Los colores de nuestros recuerdos
Los aficionados de golf de a pie y el deporte en sí no hemos salido ganando con la maniobra

Los colores de nuestros recuerdos

Compartir

Los miembros de la generación X, entre los que me cuento, nos solemos preciar de tener cierta capacidad para atesorar recuerdos, esos ladrillitos sobre los que levantamos nuestra identidad. No obstante, ya he escrito alguna vez que la nostalgia es un pijama calentito, pero si lo utilizamos demasiado y no lo echamos a lavar acaba oliendo a cuco, como dicen los albateceños (y nos recordaron los chanantes). No conviene abusar.

Aun así, solemos tener muy presentes los primeros tebeos que leímos, las primeras películas que nos abrieron los ojos a otros mundos, las primeras novelas que nos deslumbraron, los primeros juguetes que tuvimos, todo aquello que, en su momento, nos sirvió para disfrutar y descubrir en una época mucho más inocente y de “repertorio” más limitado.

Cada una de esas experiencias dejaba huella y valorábamos más su disfrute. No eran tiempos mejores, pero su frugalidad hacía que aprovecháramos hasta el último instante… quizá porque la oferta de opciones era mucho menor. Cuando les cuente a mis sobrinillos que la tele era en blanco y negro y durante mucho tiempo solo había dos canales les va a explotar la cabeza…

la nostalgia es un pijama calentito, pero si lo utilizamos demasiado y no lo echamos a lavar acaba oliendo a cuco

Recuerdo que vi La guerra de las galaxias (no, aún no era Star Wars) de estreno en el invierno de 1977 en el madrileño cine Paz, recuerdo mis primeras palabras leyendo un tebeo del Pájaro Loco, recuerdo el dolor que suponía perderte un capítulo de tu serie de dibujos favorita cuando comías fuera de casa, recuerdo aquellos indios y vaqueros de plástico y de tamaños variopintos que servían para escenificar los westerns que veíamos en la tele… pero no tengo claro cuál fue mi primer recuerdo relacionado con el golf.

A finales de los setenta y principio de los ochenta, y pese a la irrupción en el panorama internacional de Seve Ballesteros y de otros españoles que triunfaban en el European Tour, el peso del golf en el panorama informativo era limitado, y un chavalín tenía pocas ocasiones de cruzarse con imágenes o textos de este deporte. Lo de practicarlo era ciencia-ficción, por supuesto. De familia muy humilde, no contábamos con medios ni conocíamos nadie que tuviera ninguna relación con el deporte o que pudiera ejercer de guía improvisado.

recuerdo el dolor que suponía perderte un capítulo de tu serie de dibujos favorita cuando comías fuera de casa

Pero el caso es que el golf, por tangencial que fuera el contacto, siempre me llamó la atención. Además de las escasísimas ocasiones en las que podía disfrutar de él en la pequeña pantalla, rebuscaba los resultados en los periódicos deportivos que compraba mi padre, repasando las clasificaciones resumidas en las que siempre marcaban a los españoles en negrita para poder localizarlos mejor. Recuerdo seguir asombrado las andanzas internacionales de Marta Figueras Dotti, la única española que competía de tú a tú con las mejores del mundo, aunque la escasa cobertura muchas veces se limitaba a reflejar sus resultados en el periódico. Recuerdo que Fuzzy Zoeller era mi nombre de jugador preferido, con esa mezcla cacofónica de sonidos difíciles de pronunciar. Recuerdo que enseguida tuve la sensación de que la Ryder Cup era algo especial por la intensidad que se veía en las caras de los golfistas implicados.

Son recuerdos difusos de un niño ajeno al mundo del golf, pero siguen conmigo y hacen que me pregunte cuáles serán los primeros recuerdos de los chavales que se acercan al golf ahora. Lo más normal es que lleguen al golf de la mano de sus allegados y, si juegan, tendrán más fácil asociar el deporte a un disfrute único, familiar, compartido con chicas y chicos de su edad.

Recuerdo seguir asombrado las andanzas internacionales de Marta Figueras Dotti, la única española que competía de tú a tú con las mejores del mundo

A priori, debería ser más fácil que esos primeros recuerdos queden grabados. Sin embargo, la sobresaturación actual de estímulos hace que todo se diluya y que sea más difícil que algo deje huella. La avalancha procedente de las redes sociales, la facilidad de acceso al entretenimiento y la multiplicidad de contenidos ofrecida por las plataformas de streaming hacen que nos cueste más detenernos y apreciar cada experiencia.

La práctica de golf vive una época dorada, con un repunte notable del número de licencias en nuestro país que comenzó después de la pandemia del covid, pero se amplía el cisma entre golfistas y seguidores del deporte. La desaparición de las revistas en papel o la escasa repercusión de los libros dedicados a nuestro deporte dejan claro que vivimos en un país en el que hay más jugadores que aficionados a este deporte que siguen la actualidad del mismo.

El reciente fraccionamiento de los derechos televisivos no deja de ser una señal más. Sin querer entrar a discutir cuestiones de lógica empresarial que no me competen, como seguramente sepan Movistar ha dejado de tener los derechos del PGA Tour, que actualmente explota la plataforma de streaming Max. El fondo del asunto: el dinero y la rentabilidad de los derechos. Movistar ha decidido renunciar a ser “la casa del golf”, como decían mis compañeros Alejandro y David en un reciente podcast, y de tener el principal circuito del mundo (aunque ahora mismo no haya golfistas españoles con derechos para jugarlo) y ha optado por conservar en su catálogo los grandes masculinos y femeninos, la Ryder Cup y la Solheim Cup, el DP World Tour, LIV Golf, LPGA Tour, LET y Asian Tour. La dificultad para acceder al PGA Tour siendo abonado de Movistar e incluso teniendo voluntad de pagar la tarifa que pide Max, la pérdida del espectador ocasional del PGA Tour (al no emitirse este circuito de manera lineal y extraviarse, por tanto, quienes se topaban con algún torneo mientras hacían zapping) y el mar de fondo que sigue habiendo desde que LIV Golf apareció en el escenario mundial son tres factores que contribuyen a la desintegración del interés del espectador medio y a la desafección de muchos aficionados. Insisto en que cada empresa tiene potestad absoluta para buscar su provecho de la manera que considere mejor, pero los consumidores, los aficionados de a pie, nos hemos visto notablemente perjudicados por la maniobra… y el deporte en sí tampoco ha salido ganando.

los aficionados de a pie, nos hemos visto notablemente perjudicados por la maniobra… y el deporte en sí tampoco ha salido ganando

¿Qué recordarán los más jóvenes de estos tiempos? Igual dentro de unos años, si se produce la tan cacareada unificación de circuitos, la situación vuelva a ser como la que había no hace tanto. También puede ser que me esté poniendo demasiado melodramático y esté mezclando churras con merinas, porque lo más importante no es qué circuito hace qué, o qué jugador gana qué torneo, sino algo más básico, como la primera vez que una madre sale con su hijo a jugar unos hoyos, o la primera vez que una niña comparte una clase con sus mejores amigos. Al margen de cualquier lógica empresarial, quizá sea esa la mejor señal, y como decía Gérard de Nerval en una carta rescatada por Michel Pastoreau para poner título a un reciente ensayo, podamos conservar esas imágenes durante mucho tiempo, “antes de que se diluyan en la eternidad del silencio incluso los colores de nuestros recuerdos”.