Abusamos de la palabra “histórico”, sobre todo en el ámbito deportivo. No es posible que algo que se repite todos los años, por espectacular o llamativo que sea, vaya acompañado casi por omisión de este aparatoso adjetivo (y, sobre todo, estoy pensando en la cantidad de partidos de fútbol de alto nivel y entre rivales encarnizados que reciben esa calificación). Cuando convertimos lo histórico en rutinario, el peso del vocablo se diluye y corremos el peligro de alejar al aficionado o seguidor, que ya no va a picar pese a la hipérbole. La reiteración genera hastío y desafección.
Sin embargo, la historia está sembrada de hechos que con el tiempo han pasado más o menos desapercibidos y que sí merecen un subrayado especial. El golf, por supuesto, no está al margen de esta circunstancia.
Los Cuatro Fantásticos nacieron en un campo de golf
Hace tiempo les conté que el universo Marvel como tal nació en un campo de golf, fruto de una partida entre Martin Goodman, dueño de Magazine Management, y Jack Liebowitz, ejecutivo de DC Comics y rival editorial. Liebowitz estaba muy orgulloso del éxito que había conseguido su editorial con el cómic de La Liga de la Justicia, que reunía a los héroes más célebres de la casa (Superman, Batman, Wonder Woman y otros), y lo primero que hizo Goodman al volver al trabajo fue encargarle a Stan Lee, empleado suyo, que creara un título protagonizado por un grupo de superhéroes. Lee unió fuerzas con Jack Kirby, los dos dieron forma a Los Cuatro Fantásticos y Marvel Comics inició su exitosa andadura que seis décadas después continúa.
Hawkes aceptó dirigir Scarface tras una partida de golf
No es el único “parto” creativo que se ha dado en un campo de golf. En 1930, Howard Hughes, empresario y productor de cine, puso un pleito al director Howard Hawks porque consideraba que una película de este, La patrulla de la aurora, se parecía demasiado a Los ángeles del infierno, un título bélico producido por él. Pese a estas diferencias, Hughes era un profundo admirador de Hawks y quería contar con él para que dirigiera la película que a la postre se titularía Scarface, el terror del hampa. Tanto Hughes como Hawks eran golfistas avezados, y el productor ofreció al director retirar la demanda a cambio de jugar una partida con él. Al final de los 18 hoyos, Hawks había aceptado incluso dirigir Scarface.
Quizá estén pensando que ahora soy yo el que está abusando de lo anecdótico y que estas dos historietas no tienen excesiva trascendencia, y que estoy poseído por el espíritu de la contradicción o soy un tanto hipócrita, visto lo expuesto en el párrafo inicial. Aunque mi intención es hacerles ver que, a poco que rasquemos, encontraremos referencias al golf en un buen número de situaciones y circunstancias, intentaré redimirme con una última batallita… o casi mejor elimino el diminutivo.
El comandante en jefe de la Flota del Pacífico de la Armada de Estados Unidos recibió la noticia del ataque a Pearl Harbour camino de un campo de golf
Husband E. Kimmel era un gran aficionado al golf y estaba a punto de salir de casa a primera hora de la mañana para disputar una partida amistosa con Walter C. Short, amigo y compañero de fatigas. Iluminados por un sol muy halagüeño, su duelo se libraría en el campo de golf de Fort Shafter en la isla de Oahu, en Hawái.
Poco antes de salir de casa, Kimmel recibió una llamada. A primera hora del domingo por la mañana, el teléfono no solía ser portador de buenas noticias… sobre todo cuando el receptor de la llamada era el comandante en jefe de la Flota del Pacífico de la Armada de EE. UU. Por su parte, Walter C. Short, su compañero de juego, era teniente general y su homólogo del Ejército en las islas Hawái.
El capitán James Murphy informaba a Kimmel de que el USS Ward, un destructor que estaba de patrulla alrededor de la isla de Oahu, se había topado con un submarino de bolsillo japonés. Podía tratarse de una falsa alarma, pero poco después llamaron otra vez al comandante en jefe. Los japoneses estaban atacando Pearl Harbor. La fecha, el 7 de diciembre de 1941.
Por muy poco, y aunque se hubiera tratado de una cuestión menor y secundaria al compararse con el desastre bélico y humano, el golf esquivó una bala aquel día. Como se recoge en el magnífico libro When war played through de John Strege, a Kimmel y a Short se les acusó de no tener a sus fuerzas debidamente preparadas ante un posible ataque japonés, pero si la ofensiva llega a pillarles en el campo de golf el “daño reputacional” para el deporte habría sido incalculable.
Estos tres ejemplos breves sirven para dejar patente que hay golf en muchos e insospechados rincones, ya sean actuales o pasados. Como conté durante la entrega de los XXII Premios Madrid el pasado mes de junio, hubo golf en la antigua Roma, en los Países Bajos y Francia durante la Edad Media, en la Guerra de los Cien Años, en María Estuardo… Hubo golf en el Desembarco de Normandía, en lugares tan dispares como la Casa Blanca y la Cuba revolucionaria, e incluso en la conquista de la luna.
Hay golf en El gran Gatsby, El puente sobre el río Kwai, Moby Dick o La isla del tesoro. Hay golf en el cine, en Fred Astaire, Katherine Hepburn, Howard Hughes, Mary Pickford, Glenn Ford o Dean Martin. Hay golf en el arte de Norman Rockwell, Charles Lees, J. C. Leyendecker o nuestros queridos José María Gallego o Forges. Hay golf entre las letras de Gay Talese, John Updike, P. G. Wodehouse, Ian Fleming o incluso en Ortega y Gasset. Hay golf en la música de Bing Crosby, Celine Dion, Willie Nelson, Alice Cooper, Bob Dylan o Lou Reed.
Hay golf en la vida de mucha más gente de lo que creemos. El golf nos acompaña desde hace siglos, permea la sociedad y a veces solo tenemos que fijarnos un poco mejor para descubrir su presencia, más allá de la competición, del divertimento o de la mera actividad deportiva.



