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¿Existe alguna relación entre los swings de Jon Rahm o Ángel Ayora y la creación literaria?

El mapa y la brújula

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Jon Rahm, durante la última ronda en Chicago.
Jon Rahm.

Sin querer desvelar nada de la trama, en Minimosca, la monumental novela de Gustavo Faverón recientemente aparecida, hay un aspecto muy interesante en la que se vincula la autoría de cada libro a momentos y aspectos físicos concretos de cada autor. El Nathaniel Hawthorne que escribió La letra escarlata, por ejemplo, no es el mismo que firmó La casa de los siete tejados… y, de hecho, en la novela cada uno de ellos tiene un cuerpo distinto… y su correspondiente cadáver. El autor trae a la realidad de la trama y, por lo tanto, a la literalidad, una metáfora habitual entre los creadores: el de los escritores que no se reconocen a sí mismos a medida que su carrera evoluciona.

Esa disociación nos la podemos llevar a cualquier terreno y a cualquier profesión. ¿Era yo ese que escribió aquella columna? ¿Me veo en aquellas palabras? ¿Sigo siendo aquel, como decía la canción? Suena a topicazo chusco pero es una realidad innegable: somos la suma de nuestros días, de nuestras vivencias, por mucho que al mirar atrás a veces no lo advirtamos.

Cuando el material de escritura escaseaba, sobre todo desde el siglo VII al XII, los palimpsestos eran un recurso habitual. A grandes rasgos, se trataba de manuscritos, bien en papiro o en vitela, que se reaprovechaban raspando su superficie para eliminar la tinta y, a continuación, volver a escribir encima. Pero por mucho que se empeñara el artesano de turno, siempre quedaban vestigios de escritura y con el tiempo la recuperación de esos textos desaparecidos ha enriquecido el acervo cultural y ha permitido recuperar obras de autores clásicos que se daban por desaparecidas.

En cierto modo, todos somos una especie de palimpsesto conformado por nuestras experiencias previas, y lo mismo podemos decir de los golfistas. Dada la naturaleza de deporte de largo recorrido del golf, es normal que los profesionales evolucionen y necesiten rayos X para redescubrir lo que eran, porque de tanto raspar el pergamino inicial no hay quien los reconozca.

En cierto modo, todos somos una especie de palimpsesto conformado por nuestras experiencias previas, y lo mismo podemos decir de los golfistas

La pérdida de la esencia es uno de los peligros de la eterna búsqueda del Grial que emprende todo profesional de golf al afrontar los desafíos que plantea el deporte profesional de alto nivel. Hay swings cincelados con precisión y que parecen escapados de un libro de texto, como por ejemplo el de Ángel Ayora (gracias a sus esfuerzos y a los de técnicos como Juan Ochoa, que han sabido modelar, depurar y encaminar al joven valor andaluz), pero también hay muchos otros peculiares que hay que dejar a su ser, porque la ultracorrección o la búsqueda del canon solo llevaría al desastre. Ese es el caso de Jon Rahm, cuyo swing, influido por sus peculiaridades físicas, fue respetado por todos sus técnicos, a ambas orillas del Atlántico, porque supieron reconocer que la naturalidad era mucho más importante que la ortodoxia. No son pocas las carreras que han descarrilado por no haber asumido eso.

Ya lo decía Mike Tyson en aquella prodigiosa y algo desgastada cita: “Todo el mundo tiene un plan hasta que le parten la cara”.

Luego está el esfuerzo, siempre imprescindible, y el equilibrio entre método e instinto. Aunque la evolución de los materiales de golf (en palos y, sobre todo, en bolas) iguale el terreno de juego y reste importancia a la genialidad y a la imaginación a la hora de plantear golpes, aunque las barreras se difuminen y la técnica se imponga muchas veces a la intuición, la capacidad de asombrar en situaciones concretas (y, por lo general, tensas) es más frecuente en los artistas que en los artesanos.

E incluso entre artistas y artesanos hay maneras distintas de lograr un mismo objetivo. Volviendo a la literatura, y como explicaba hace poco Ciro Altabás en la presentación de su libro Cabezazos en el teclado, hay escritores de mapa y otros de brújula; es decir, escritores que necesitan tener todo planificado para ir de un punto a otro (y tenerlo todo controlado antes de empezar a escribir su novela), mientras que otros confían en orientarse una vez que echan a andar, aunque no tengan claro cómo van a llegar a su destino. No es mal símil para llevárselo al terreno golfístico, y seguro que se nos ocurren unos cuantos nombres de jugadores “de mapa” y otros “de brújula”, al menos a priori, porque esa categorización puede cambiar según el día (y el torneo). Ya lo decía Mike Tyson en aquella prodigiosa y algo desgastada cita: “Todo el mundo tiene un plan hasta que le parten la cara”.