Sebas García aterriza en la Final del HotelPlanner Tour con la sonrisa de quien sabe que ya ha triunfado. No solo por el trofeo que levantó hace dos semanas en el Hangzhou Open, su primera victoria internacional, sino porque esa semana en China cambió su destino. La tarjeta del DP World Tour 2026 ya está asegurada. Misión cumplida. Ahora, en la Final de la Road to Mallorca, el madrileño juega sin presión, con la mente ligera y el pulso sereno. “Ya he ganado una vez, ¿por qué no dos?”, dice entre risas. Y no lo dice por decir. Es séptimo y todavía tiene opciones de hacerse con la Orden de Mérito. Necesita ganar y que, para empezar, JC Ritchie termine fuera del top ten, la hazaña es harto compleja, pero también lo era ganar y lo ha conseguido. Desde Álvaro Velasco en 2010 ningún español ha ganado el entonces llamado Challenge Tour.
Por primera vez en su carrera, Sebas llega a un torneo con el aval de haber ganado fuera y el convencimiento de que su golf está donde siempre quiso que estuviera. Lo hace tras una temporada larga, de esas que parecen no acabar nunca, pero que a veces te devuelven lo que el esfuerzo merece cuando menos te lo esperas. Ha jugado mucho, pero hoy se nota en paz. Su juego fluye y su mirada transmite calma.
No siempre ha sido así. El año, de hecho, pintaba más bien gris. Tuvo un prometedor segundo puesto en Abu Dhabi, a las pocas semanas de incorporar a Miguel Fajardo a su equipo técnico, pero fue un pequeño oasis en el desierto, el calendario se fue enredando. Entre enero y septiembre, Sebas falló 17 cortes. Una losa demasiado pesada para quien aspiraba a uno de los veinte pasaportes al DP World Tour. No terminaba de cuajar una semana entera. El juego estaba ahí, las sensaciones no eran malas, pero algo no terminaba de encajar.
El cambio empezó en Polonia. No de la noche a la mañana, pero sí con una decisión que acabaría transformando su temporada: la llegada de Edo Meléndez. El equipo decidió contactar con el caddie chileno para acompañar a Sebas en el tramo final del año. Hasta entonces, varios compañeros habían ido rotando en la bolsa, pero la estabilidad y la experiencia de Edo se hicieron notar desde el primer torneo. Era una apuesta personal y económica, pero el resultado ha sido inmejorable.
Meléndez no es un recién llegado. Tiene un recorrido amplísimo y un currículo que impone respeto. Ha trabajado con Abraham Ancer, Gonzalo Fernández Castaño y Alejandro Cañizares, entre otros. Sabe lo que es un circuito, lo que es un domingo con todo en juego y lo que necesita un jugador cuando el viento sopla en contra. Su llegada aportó estructura, calma y, sobre todo, una lectura del campo que Sebas necesitaba.
Sebas es una persona expresiva, que habla mucho, y Edo tiene una calma que me contagia. El algodón no engaña y los números no mienten: desde que están juntos, cinco torneos, cinco cortes pasados. Tres top cinco y una victoria. Un pleno. Sebas no había pasado más de dos cortes seguidos en todo el año.
Esa complicidad entre jugador y caddie se nota a simple vista. Sebas, más emocional, busca siempre el ritmo; Edo, más analítico, pone orden y pausa. Uno da impulso, el otro equilibrio. Y de esa combinación ha nacido un cierre de curso espectacular.
Pero no todo el mérito está en la bolsa. También ha habido un cambio profundo en el trabajo técnico. En paralelo a la llegada de Meléndez, Sebas empezó a entrenar con Jacobo Pastor, y ahí encontró respuestas a un problema que le venía persiguiendo desde hacía meses: el putt.
Durante buena parte del año, Sebas peleaba con la sensación incómoda de que “pulleaba” la bola, cerrando demasiado el hombro derecho y metiendo el brazo hacia dentro. El golpe no salía limpio. Pastor identificó el gesto, corrigió la posición y poco a poco el madrileño fue recuperando confianza sobre los greenes. “Era un detalle mínimo, pero me estaba sacando del torneo una y otra vez”, explica. “Ahora siento que empujo mejor, que el movimiento es más natural. Eso te cambia la cabeza”.
El efecto combinado —un caddie experimentado, un entrenador afinando detalles y un jugador que vuelve a creer en su juego— ha hecho el resto. En apenas mes y medio, Sebas ha pasado de mirar la clasificación con preocupación a hacerlo con una sonrisa. De luchar por sobrevivir en los cortes a levantar trofeos y asegurarse un lugar en la élite europea.
El madrileño sabe que el golf no regala nada, pero también que, cuando se abre una puerta, hay que cruzarla sin mirar atrás. “Lo único que le pido a Dios es que me quede como estoy. Si estoy sano, sé que puedo mantener los derechos de juego en el DP World Tour”, dice con esa mezcla de fe y sencillez que lo caracteriza.
Mallorca será, en cierto modo, su última parada antes de empezar el regreso a la élite. Sin presión, con la confianza a tope y con la certeza de haber hecho los deberes. Ha cerrado el círculo de una temporada que empezó torcida y que termina como un cuento de hadas. Con calma, con fe y con un chileno a su lado que parece haber encontrado la tecla justa.
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