Estaremos de acuerdo en que no es precisamente bonito desearle el mal alguien. Desde luego, no es reconfortante. Mucho menos cuando se trata de un deportista en su desempeño profesional. Sin embargo, hay ocasiones en las que, aunque sea por lo bajini, resulta imposible callarse. No es tanto que nadie le desee el mal como que pocos lamentarían que uno de los golfistas presentes en esta Final de la Escuela en Infinitum Golf, no acabe entre los 20 primeros y empatados. No encontrarán a muchos llorando por las esquinas…
Nos referimos a Chase Hanna, jugador norteamericano de 30 años que ascendió al DP World Tour por la vía del Challenge hace dos años y que ya el año pasado salvó sus derechos por la Race to Dubai al filo de la campana. Nada tiene que ver con lo personal, sino con su ritmo de juego en el campo. Es absolutamente insufrible.
En las dos primeras rondas de esta Final, Hanna ha compartido partido con el español Albert Boneta y el danés Christoffer Bring. Hoy hemos sido testigos de un buen número de hoyos de este grupo y lo del norteamericano no es de recibo. Directamente, no sobreviviría en el Tour si algún día se dispusiera de los recursos necesarios para que haya un árbitro en cada partido. Imposible.
Concretamente, en la jornada de hoy le hemos contado hasta 23 waggles durante su rutina pregolpe en uno de los drives que ha pegado y hasta trece en la salida de un par 3. Exasperante. Se coloca y se sale del golpe varias veces, mira y remira las distancias con su caddie y una vez se pone a la bola, da la sensación de que se ha quedado congelado. Parece una imagen grabada que se emite en un bucle infinito.
Nada pasaría si sólo fuera cosa suya, el problema es que influye también en los otros dos compañeros de partido. Los perjudica. Hanna es un sospechoso habitual en el DP World Tour. No nos equivocamos si le colgamos la etiqueta del enemigo público número uno en cuanto al ritmo de juego, aunque desde el circuito nadie lo vaya a reconocer públicamente para evitar conflictos. Los árbitros saben que es de los más lentos, sino el que más, y tienen apuntada su matrícula.
Es prácticamente imposible que su partido no acabe cronometrado varias veces en una vuelta. Él, obviamente, está acostumbrado y no tiene grandes problemas. Cuando ve aparecer al árbitro aprieta el paso y acelera sus rutinas y en cuanto desaparecer el buggy con el cronómetro, vuelve a sus malos hábitos. Es muy fácil que a los otros dos jugadores, si juegan a un ritmo normal, los acabe desquiciando. Nadie quiere recibir una multa, mucho menos cuando eres consciente de que no es tu culpa, por lo que muchas veces, cuando aparece el árbitro, siempre, o casi siempre por Hanna, se ven obligados a acelerar, a pesar de que no es culpa de ellos, y les acaba afectando en el swing.
Hoy le ha pasado a Bring y Boneta. El español no ha querido poner excusas, pero sí siente que se ha acelerado un poco más de la cuenta en cuanto ha llegado el árbitro con el reloj, mientras que el danés, un golfista bastante rápido por cierto, ha terminado sencillamente desesperado. Ha coincidido todo con los tres bogeys seguidos del jugador español en los hoyos 1, 2 y 3 del Hills course.
Por todo ello, no habrá muchos preocupados ni tristes si Hanna no acaba sacando la tarjeta en Infinitum. Si lo consigue, óle por él, pero si no lo hace, será sin duda una buena noticia para muchos de sus compañeros, para un buen puñado de árbitros y, por supuesto, para el ritmo de juego del European Tour.



