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Arranca su decimoctava temporada en el DP World Tour y avisa que le queda cuerda para rato

A Pablo aún le queda una gran ilusión por cumplir en el golf

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Pablo Larrazábal está empezando su temporada número 18 en el DP World Tour. Se nos ha hecho mayor de edad. Que no viejo. Cuidado. Que son cosas diferentes.

Sí, es cierto que ya ha hecho mucho. Ahí están sus nueve victorias, claro, su carisma arrollador, su conexión con la gente, sus sustos, sus approachs, sus manos, sus gestos, su imán con la cámara, sus puños… Todo eso es cierto. Casi se podría decir que no le queda nada más por hacer. Que se ha ganado jugar al golf por el mero disfrute de hacerlo.

Sin embargo, a sus 41 años, rumbo de los 42 en mayo, y con la paternidad apenas estrenada, el barcelonés quiere lanzar un mensaje. Y lo hace en Ten Golf. Lo hace en Dubai, a las puertas del primer Rolex Series del año. «Aún me queda una gran ilusión por hacer y voy a aguantar todo lo que pueda para conseguirlo».

Pablo recuerda como si fuera ayer su primer torneo en el DP World Tour con tarjeta. Era el año 2007 y entonces aquello se llamaba European Tour, a secas, y al ranking se le decía orden de mérito de toda la vida. «Era en Leopard Creek y empecé bien. Hizo 70 el jueves y 70 el viernes y me coloqué en el top 10. Llegó el sábado, pinché en el tee del 1, cogí la madera 3 y le pegué un capón que avanzó 50 metros. Justo ahí me dije: bienvenidos nervios a mi vida, era la primera vez que sentía algo así. Desde ahí hasta hoy», afirma.

Si el actual Larrazábal pudiera tener una charla con aquel de 2007, el joven se quedaría a cuadros. Pensaría que es un extraterrestre que ha venido a contarle una película de ciencia ficción. «Sinceramente cuando llegué al Tour hubiese firmado mantenerme dos o tres años. No iba más allá por la calidad que tenía y porque no sabía que podía dedicarme a esto o que se podía hacer una vida viajando y disfrutando. No lo sabía. Era totalmente iluso y cero profesional», explica.

Realmente, el joven Pablo que empieza a jugar al golf no tiene en la cabeza el mundo profesional desde el principio. Para nada. «Yo no tenía ni idea de lo que era el Circuito Europeo. Lo único que conocía es porque en 1995 y 1999 el Open de España se jugó en El Prat y fuimos a verlo. La primera vez lo único que realmente me importó es que entre Eduardo de la Riva y yo conseguimos 256 bolas y 65 guantes. En realidad, el gusanillo me picó cuando le hice de caddie a mi hermano Alex en el Open de Francia«, señala. Aquello, cómo no, tiene su historia.

Larrazábal, con su punto de exageración habitual, señala que estuvieron a punto de echarlos del torneo. «Jugábamos con Mark James y, por supuesto, no fue culpa de Mark James ni de Alex, sólo mía. Era la segunda ronda, hoyo 15. La única duda nuestra era si íbamos a fallar el corte de 10 ó 14 golpes. Alex pega una de las suyas desde el tee, un pull hook clásico, correcto. Va al rough de la izquierda, corto. Pegamos el segundo golpe y ahí me di cuenta de lo rápido que jugaban esos tíos. Yo estaba metiendo el palo de nuevo en la bola y justo cuando James estaba en el backswing cae el palo y rebota contra el fondo de la bolsa haciendo bastante ruido. No se me ha olvidado la bronca que nos montó James… Con razón», comenta entre risas.

Más allá de la anécdota, ese Open de Francia, año 2003, fue cuando Pablo realmente se enamoró de esa vida. Fue cuando dijo esto lo quiero para mí. Curiosamente, cinco años después, en ese mismo campo es cuando se da cuenta de que igual no son dos o tres años en el Tour, sino algunos más. «En la primera ronda del Open de Francia hice seis menos, era mi decimosexto torneo con la tarjeta. Me coloco líder y ahí ya me lo creo. Llegaron las cámaras, la atención, el público… y me moló. Me moló mucho. Era un chaval de 25 años, que ahora es como tener 15, y me noté bien con 40.000 personas en París. Lo veo ahora por la tele y estoy acojonado, pero en el campo estaba encantado de estar ahí y el apoyo del público. Me quedé pillado de esa sensación», señala.

Tanto es así que no tiene ninguna duda en señalar que aquel paseo de la calle al green en el hoyo 18 del Golf National, con la bola ya en el green y cuatro golpes de ventaja, ha sido el mejor momento de su carrera. «Fue el primero, lo que abrió el camino. Ha habido muchas cosas buenas, pero nada como eso», explica.

Hoy, 17 años después de aquello, tras superar la Final de la Escuela en San Roque con su amigo Fernan García Grout, al que llamó a última hora pues ni sabía que era obligatorio llevar caddie, o recordando todavía esos chips a una mano que hacía su primer caddie en el Tour, Johnny Curtis (compañero en campeonatos del mundo de Nick Price y Mark McNulty), sigue al pie del cañón, dispuesto a ganar la décima, a seguir dando sustos y presentando en primicias las nuevas prendas de su marca de golf 11:30.

Pues bien, esto no ha acabado. Queda Pablo para rato. Ha llegado el momento de que confiese su gran ilusión. «Tengo dos ilusiones por cumplir. Quiero ganar siendo padre y esperar un tiempo y ganar de nuevo enfrente de mi hijo, que sea consciente de que lo ha hecho papá. Es decir, ganar cuando tenga 7-8 años, que sepa lo que hizo su padre, que sí, que jugó al golf, pero que hubo otras cosas. Quiero que mi hijo vea más allá del palmarés, que se dé cuenta de todo el cariño que he recibido durante años alrededor del mundo y que valen más que las victorias o el dinero ganado. Yo voy a aguantar ahora más que nunca, lo más que pueda, para que Thiago y los que vengan, sepan lo que ha habido. Quiero que se entere y disfrute. Quiero que lo entienda y se sienta orgulloso de papá».

Sin duda, una magnífica noticia para el golf español.