Damien McGrane, un jugador que se caracteriza entre otras cosas por su contención, terminaba pegándole una patada a su propia bola en el green del 17 y era descalificado del Open de España. No se trata de compadecer o disculpar al irlandés, un gran tipo por otra parte, pero realmente la segunda jornada en El Prat ha resultado de manicomio y algunas cabezas venían pitando como ollas a presión.
La culpa ha sido de una combinación letal: greenes muy duros (no se habían regado tanto como durante la previa del jueves puesto que las temperaturas iban a bajar y la hierba no necesitaba tanta protección) y un viento desquiciante que cambiaba de dirección a antojo cubriendo a lo largo del día la mayor parte de los ángulos de la brújula. El recuento de daños al final del día era terrorífico: casi un centenar de tarjetas se habían ido a los 75 o más golpes, y más de veinte se firmaban en ochenta o peor. Jugadores locales como Pablo Larrazábal o Eduardo de la Riva no tenían dudas al respecto: nunca en once años habían jugado estos hoyos en semejantes condiciones. Ni por asomo.
«En sólo un minuto y medio pasabas de tener el viento a favor a tenerlo en contra», explicaba De La Riva, realmente sorprendido por otro lado con el estado de los greenes. «es que este campo no es un links y no puedes jugar a botar antes del green porque muchos están en alto y no llegas, así que había golpes sencillamente imposibles; si botabas en green, te pasabas seguro». «Esta es la vez que más duro he jugado El Prat y por goleada», confirmaba Larrazábal.
No olvidemos tampoco que también ha habido un puñado de resultados por debajo del par. Algunos, incluso, encontraron la manera de bajar de setenta golpes y ellos son desde luego los grandes protagonistas de la jornada: Michael Hoey (68), Edouard España firmaba un 69 (así, con eñe, tal y como él ha explicado que se escribe su apellido), David Howell (69, siendo el único que jugaba sin bogeys), Francesco Molinari (69) y Ricardo González (69). De todos ellos aún habría que destacar a España, puesto que fue el único de los cinco que jugó en un turno de tarde que, dentro del caos generalizado, salió claramente perjudicado, pues es cuando más fuerte sopló el viento y cuando los greenes se pusieron imposibles.



