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El ganador del Houston Open describe sin tapujos la batalla mental que está librando

Ese instante el viernes en el que Woodland rompió a llorar

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Gary Woodland ganó este domingo el Texas Children’s Houston Open, se clasificó para el Masters de Augusta y firmó su primera victoria en el PGA Tour desde el US Open de 2019. Pero la historia con más poso, la que más interesa, va más allá del trofeo. Y no por buscar lo macabro o la parte más escabrosa, sino todo lo contrario, por la ayuda que puede prestar a otro. Lo que contó Woodland después de ganar tiene mucha enjundia. Lo que vivió el viernes. Las dificultades que ha pasado en silencio en los últimos cuatro años y cómo ha conseguido salir de ese túnel oscuro.

Woodland explicó que en los últimos diez hoyos de la segunda ronda pasó un momento muy duro. “En el 9, unas personas detrás de las cuerdas se me acercaron demasiado y me puse extremadamente hipervigilante”, relató. El término no es casual. Hace tres semanas hizo público en Golf Channel que sufre estrés post-traumático como consecuencia de la operación cerebral de 2023, cuando le extirparon un tumor que presionaba la zona del cerebro que controla la ansiedad y el miedo.

La gran victoria de Gary Woodland

Lo que le ocurrió el viernes en Houston fue un episodio relacionado con ese problema. Y Woodland fue muy claro al explicarlo. “Os diré esto: si no llega a ser por la seguridad del Tour y por mi seguridad personal, Zach, esta semana, no habría manera de que yo estuviera sentado aquí ahora mismo”, aseguró.

Es la confesión de alguien que lo ha pasado muy mal y que se ha dado cuenta de que, si bien no ha dejado atrás su síndrome, sí que ha conseguido mantenerlo más o menos bajo control. “Estaba destrozado en los últimos diez hoyos de ese día. Entré a entregar la tarjeta, Zach se acercó a mí, la seguridad del Tour estaba visible, yo los veía y eso me calmó. Entré a la zona de entrega de tarjetas, me puse a llorar desconsoladamente, reseteé y pude volver a salir y ocuparme de todo después”, contó.

Es la otra cara del triunfo. La dificultad de vivir cada día con un trauma. Woodland no sólo ha jugado un gran torneo. Ha ganado mientras seguía manejando una situación personal muy delicada. Y lo ha hecho, según él mismo explica, mucho más liberado desde que decidió dejar de esconderlo. Verbalizar. “Salir, hablar y pedir ayuda, eso no lo hice el año pasado. No lo hice tampoco al principio de este año”, dijo. Y añadió: “Estoy en una pelea. Y con el amor y el apoyo que tengo a mi alrededor, tengo esperanza”.

La liberación empezó hace tres semanas, cuando decidió contar públicamente lo que le sucede. Woodland admitió este domingo que aquello le quitó un peso enorme de encima. “Me liberó un poco. Me quitó mucho peso de encima. Me permitió centrar mi energía donde tengo que hacerlo, que es en mí y en cuidarme”, señaló.

Esa es otra de las claves de la semana. Antes, gran parte de su esfuerzo se iba en intentar que nadie notara lo que estaba pasando. Ahora, no. “Cuando estoy aquí fuera jugando y la gente me habla y todo eso, y yo estoy intentando ocultar la batalla que estoy librando, estaba desperdiciando muchísima energía en eso. Ahora que la gente sabe con qué estoy luchando, centro mi energía en intentar bajar mi ritmo cardíaco, en intentar bajar la velocidad de mis pensamientos”, explicó.

Woodland venía dando señales. Falló el corte en THE PLAYERS, acabó 14º en el Valspar y en Houston terminó de rematar una semana gigantesca. Ganó con autoridad, aunque él no lo vivió así desde dentro. “En mi cabeza se sintió mucho más cerca que esos cinco golpes de margen”, dijo. Eso sí, reconoció que el nivel de golf fue altísimo. “Probablemente, de principio a fin, este ha sido uno de las mejores semanas de golf que he jugado en el Tour, quizá el mejor. Esta semana he estado completamente en control, por encima incluso del US Open de 2019”.

También dejó claro que el triunfo no nace de la nada. “Sabía que físicamente mi juego era tan bueno como siempre. Solo tenía que pelear con otras batallas con las que estoy luchando, y esta semana pude hacerlo”, apuntó.

Woodland habló con enorme cariño de la gente que le ha sostenido en este proceso. Especialmente de su mujer, de Randy Smith, su entrenador, y todo su equipo. “No puedes librar esta batalla solo, y por suerte yo no la estoy librando solo”, resumió. Sobre su esposa fue todavía más lejos: “Ella ha sido la roca durante todo este proceso. No podría hacer esto sin ella y no estaría aquí sin ella”.

Y sobre Randy Smith, mucho más que un entrenador, dejó una confesión preciosa. “Mi mujer me dijo que necesitaba algo más que un entrenador de golf y que llamara a Randy”, explicó. “Lo necesitaba para mucho más que el golf. Dio un paso al frente y me ha ayudado a llegar a este punto”.

La escena final, con Woodland cerrando el triunfo y soltando el aire, tuvo mucho de desahogo. “Simplemente, agradecido”, dijo. “Me he repetido todo el tiempo que no iba a dejar que esta cosa que tengo en la cabeza me ganara. Desde que me diagnosticaron esto en el cerebro, toda la idea era que no iba a dejar que ganara. Hoy fue una prueba de ello”.

Esa es la noticia. Sí, Woodland ganó en Houston. Sí, vuelve al Masters. Sí, suma su quinta victoria en el PGA Tour. Pero lo más importante es otra cosa. Que el viernes lloró. Que pidió ayuda. Que la recibió. Que no se escondió más. Y que dos días después levantó un trofeo con una historia detrás mucho más grande que el propio torneo.