Cuando se dice en el mejor de los sentidos que un deportista va sobrado, normalmente puede significar tres cosas según el contexto.
Una. Que el talento que atesora rezuma por cada uno de sus poros, gane o no gane.
Dos. Que es capaz de ganar o de conseguir un objetivo sin llegar a rendir al ciento por ciento.
Tres. Que verdaderamente está convencido de que es el mejor y transmite esa confianza propia al resto de competidores.
En el contexto en que se mueve hoy Rory McIlroy, número uno del mundo y flamante ganador del Cadillac Match Play, sirven las tres acepciones a un tiempo.
–También podía decirse lo mismo del mejor Tiger Woods en muchas situaciones y contextos, aunque haya diferencias. La primera y principal: Tiger tenía más desarrollado el instinto asesino y, además, había asimilado un plan tan sencillo como bestial: batir todos los récords que se cruzaran en su camino.
–A McIlroy, no obstante, le va muy bien el hecho de no barajar cifras ni registros. Al menos no hacerlo públicamente. Dejar que las cosas sucedan. Esa presión extra que era (¿es?) gasolina para el Tigre, podía transformarse en un lastre en el caso del norirlandés, que supo huir de las comparaciones en el momento preciso, escogiendo con tino el camino a seguir y su propio estilo.
–Queda la duda de cuál hubiera sido el comportamiento de Rory esta misma semana en un cara a cara con la estrella emergente, con Jordan Spieth, que aparentemente es la mayor amenaza que se cierne sobre el trono. Hubiera sido interesante. Sin embargo, no hay prisa ni cuidado: este mismo verano, si no esta misma semana en el THE PLAYERS, terminarán luchando ellos dos, allá arriba, mano a mano. Es una encrucijada ineludible, inevitable.



